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lunes, 31 de agosto de 2009

El negocio farmacéutico


El Negocio Farmacéutico


Diego Sánchez


Occidente investiga y produce la mayor parte de las posibles drogas utilizadas para restaurar la salud. En el sistema sanitario español como en el de la mayoría de los otros países desarrollados, la sanidad de los ciudadanos es una cuestión de estado, siendo su gratuidad desde casi absoluta a relativamente precaria.
El sistema público español de sanidad garantiza a todos los ciudadanos el acceso a los recursos materiales y humanos del estado cuando nos encontramos enfermos. Sobre cómo se eligen esos recursos y el tipo de medicina a la que se puede tener acceso no hay ningún debate.
Los españoles que tienen la cultura suficiente para tener acceso a otras formas de recuperación de la salud, suelen tener los medios económicos para procurársela. Esto último queda favorecido en general por la enorme diferencia positiva de costes de la mayoría de medicinas alternativas.
No obstante, el estado ha ido históricamente seleccionando la medicina farmacopeica. Esto tiene sin duda una sencilla explicación: las empresas farmacéuticas, y por encima de ellas, los laboratorios tienen unos enormes beneficios. Sólo estados en necesidad extrema y, normalmente acusados de revolucionarios y mal vistos por la comunidad internacional se atreven ocasionalmente a producir genéricos, es decir la parte activa, efectiva, de una medicación, y a ponerlos en venta a su precio real.
Generalmente el ciudadano, de manera más o menos subvencionada paga sumas exorbitas por las medicaciones patentadas por los laboratorios que fijan sus precios con una total ausencia de competencia. El precio en diferentes farmacias de un mismo medicamento es exactamente el mismo, salvo que sea una medicina alternativa, en cuyo caso el precio es libre y la competencia hace que los precios sean muy variados. Incluyo en estos el agua destilada, por ejemplo, un producto que puede variar entre 60 cts. y 4 euros litro sin una apreciable diferencia de calidad.
La farmacéutica, tocante al gran negocio de la medicina oficial, es un lobby perfectamente cerrado. Cada farmacia tiene un territorio adjudicado y nadie más puede competir dentro de su territorio. Las normativas ministeriales, bajo el mando de los laboratorios y el lobby farmacéutico, impedirán que los productos alternativos puedan tener una publicidad y comercialización. No están prohibidos sino sometidos a pruebas aplicables exclusivamente a la farmacéutica química. Un producto ha de contener una cantidad conocida e invariable de sustancias químicas para poder ser reconocido. Esto excluye como medicina cualquier producto natural, es decir todo aquello que ayudó a conservar la salud de la humanidad durante miles de años, para cederle el puesto a la producción químico-sintética de las últimas décadas.
Estos productos mayoritariamente sintéticos son compuestos artificialmente
simples, descompensados por tanto. Cada día vamos descubriendo sus perniciosos
efectos secundarios tanto en las personas que los usan como en el medio ambiente
en general. Su coste social y económico es enorme. ¿Cómo detener, reformar al
menos, este sistema sanitario, convertirlo en un sistema al servicio de los ciudadanos?
Creo que la respuesta está en frenar el poder del lobby farmacéutico, la liberación de
la salud y el debate sin tabúes por toda la sociedad del modelo de sanidad que deseamos.
El beneficio a muy corto plazo compensaría el esfuerzo y sería nuestra mejor inversión
en el futuro de la humanidad pues- sin duda en esto estemos todos de acuerdo- la salud
es lo primero.

sábado, 22 de agosto de 2009

Buenas compañías



Alicia Gaona

Préstame tu oído, cuando así lo necesite
yo te prestaré mi voz.
Préstame tu voz que hoy la necesita mi oído.
Préstame tu fuerza, te la devolveré en agradecimiento.
Préstame tu alegría
y solo tomaré lo que necesito, para dejarte aún alegre.

No absorbas mi esencia,
nací libre como los pájaros,
libre como el agua del manantial,
libre como las palabras salidas de mi boca.
En libertad te encontré,
en libertad te elegí y en libertad te perderé.

Acompáñame, pero no intentes guiarme.
dame aire, mucho aire,
para respirar sin sentir tu perfume.
para decidir sin notar tu influencia,
para vivir sin amarras.
Entonces, sí volveré a ti
con el corazón dispuesto.

martes, 4 de agosto de 2009

El amor





A veces la vida, siempre tan tragicómica y juguetona, nos toca con su varita mágica y nos encontramos en medio de un torbellino al que podemos intentar identificar como torrente hormonal o caos bioquímico o, simplemente, dejar de lado la sinrazón de la razón y reconocer que nos hemos enamorado.

Sucede entre dos y cinco veces a lo largo de la vida humana, pero una es suficiente para no olvidarlo jamás.

De repente, nuestros sentidos eligen otras normas de conducta, otras reglas de juego, nuestra mente baila al son de una música que no sabes muy bien cómo has compuesto a medias con otra persona. Trastocas completamente tu orden de prioridades y, por decirlo en pocas palabras, vas por la vida sin saber muy bien si vas o vienes.

Tan intenso es a veces el juego, que son muchos los que dejan transcurrir su vida rehuyendo volver a caer en él una vez que lo han conocido. El miedo, siempre tan libre, manda o intenta mandar imponiendo su patética tiranía.


Por el contrario, si no temes navegar esos mares de extrañas tormentas agridulces, al cabo del tiempo caes en la cuenta de que de casi todo te puedes enamorar, y es entonces cuando la vida, acostumbrada a ser generosa con quien lo es, te empieza a señalar las claves para navegar: las olas de las emociones ya no son peligrosos juegos malabares, sino el ciclo lúdico de un tiovivo y ya no importa qué sucederá, sino captar en cada instante cuanto sucede y saborearlo.


De esta forma la vida, transformándonos en locos lúcidos, nos apadrina y nos protege del miedo al miedo, de la vida sin color y de los colores únicos, nos toma en sus brazos y, con la amabilidad de una buena amiga, nos enseña la lección más hermosa, la que nos hará pasear de su mano en adelante: que sin importar mucho la forma que adopta, nada existe que valga la pena vivir que no vaya acompañado de amor.



Nekovidal 2009 – nekovidal@arteslibres.net

viernes, 17 de julio de 2009

Olores y perfumes


Olores y perfumes

Por Diego
Al bajar del avión fue a recoger las maletas. El asombro por todo lo que veía a su alrededor le impedía pensar y se dejó empujar por la multitud hasta la cinta por la que desfilaban los equipajes. Iban desapareciendo a gran velocidad y se preguntó si en aquel desbarajuste su maleta no desaparecería antes de que pudiese siquiera localizarla. Al poco tiempo, lo que le pareció un fantástico milagro, la localizó e, imposibilitado por el gentío para acercarse en su dirección, esperó pacientemente que llegase a su alcance, dudando siempre que alguien no se le adelantase. Las extrañas condiciones en que se desenvolvía todo le hacían desconfiar de todo y de todos. El milagro se realizó plenamente y pronto tuvo consigo sus queridos enseres, en realidad nada de lo que no hubiese podido fácilmente prescindir. Le sirvió sobre todo para relajar su ansiedad expectante.
Con la maleta en la mano se dirigió a la parada del autobús del aeropuerto. Pagó una suma insignificante a alguien que le ofreció un papel arrugado e indescifrable y con el en la mano subió al autobús.
Aún quedaba algún asiento libre y se sentó. Al poco entraron varias familias y se levantó para ofrecer su asiento a una anciana. Esta lo miro extrañada y no se inmutó. Quince minutos después el vehiculo rebosaba de viajeros y equipajes y permanecía con el motor apagado. Cuando por fin se oyó rugir el motor el contacto entre los cuerpos allí amontonados era exactamente el mismo que el de las sardinas en una lata. El aire había dejado de moverse y la temperatura, ya de por sí bastante alta, había subido algunos insoportables grados. El olor a humanidad iba sustituyendo al oxigeno y pronto se vio haciendo esfuerzos para respirar.
El autobús tomó por una autovía en construcción y con un lento ronroneó fue recorriendo sus baches. Esbeltas mujeres semidesnudas, descalzas, portaban espuertas de esparto llenas de tierra sobre sus cabezas.
El hormigueo de trabajadores era apabullante. Luís observaba todo con los ojos muy abiertos pese a la intensa luminosidad del día.
Cuando llegó al centro de la ciudad y descendió del autobús sintió como una bofetada de olores de todo tipo, imposibles de identificar como perfumes diferenciados. Sus sentidos se sintieron inundados por aquel caos de sensaciones.
“He llegado a mi destino”, se dijo.

domingo, 5 de julio de 2009

Dama de noche

Por Franjamares

No, no hablaré de la dama de noche. Ella será quién dirá de mí a su momento. Su perfume de anochecer es ya todo un discurso. Mi discurso. Habla de recobrada armonía, de regocijo, de paz… Así me siento en este instante de mi vida, en esta meseta cálida en la cual ya puedo merecer, donde el horizonte es de roca lejana y el aire limpio deja en el corazón y los pulmones una delectación incomparable. No importa el pasado, no es más que un montón de escombros de memoria que tendré poco a poco que barrer. No importan los problemas del día a día, suelen ser pequeñas voces que te dicen cosas: hay que sacar de ellas lo sustantivo, sin más apuro. La belleza de la vida es lo más importante. Esta noche incipiente la puedo comprobar, no ya con mis sentidos, que se fascinan con ese cielo encendido de rojo, los rayos de sol invicto tras la montaña, y su luz vesperal que atraviesa las formas alumbrándolas por dentro, sino también veo la belleza con los ojos de mi alma de hombre.

Sin embargo, este olor de la dama de noche, mujer ideal, que cruza el jardín como un recuerdo intenso, no deja llamarme, de provocarme. Siento ahora, en este instante presente y dilatado, que puedo estar en paz con mi vida, con mi conciencia, con mis recuerdos, incluso puedo estar en paz con mis errores, con mis sombras… con las manías, con ese destino pegado a mi carne que me hizo caer hasta las pecinas en el alveolo de la locura. Sí a veces estoy loco... Y entonces lo estuve… En aquel tiempo la dama me tenía obsesionado, no sabía qué hacer para tenerla, para compartir un mismo espacio, aunque fuera a la fuerza… Estaba ciego a tal punto: que fui yo quien desconectó los cables de la batería de su coche, quien fingió salir en ese momento y ofrecerse para llevarla al trabajo; quien sufrió una especie de calentura, de remolino de ideas que confundía su cariño de amiga por la entrega total de una amante esclava, fui en definitiva quien en medio de este ventarrón mental intenté hacerla mía sin la respuesta de su sonrisa…

Pero no fue mía, ni podía serlo jamás de ese modo. La dama de noche retuvo para sí su perfume no dejándome olerlo… y yo cercené mis narices para no poder sentir más esa delicia irresistible, esa tentación. Huí, como un niño tras una travesura imperdonable. Estuve lejos tanto un tiempo hasta serenar mi conciencia y soltar por el desagüe la culpa ya bendecida, hasta que el péndulo de mi alma volvió a subir y me hice más liviano, más permeable al amor, capaz de amar por encima de todo.

Regresé y su nombre seguía escrito en el buzón de la verja al lado del mío. La vi pasar un día junto a mí: ella desvió la mirada. Esta tarde busqué las mejores rosas del jardín, abrí la verja temeroso y toqué en su puerta… Me abrió con gesto serio. Los segundos pasaron lentos… Al fin sonrió levemente y me hizo pasar…

--Preciosas rosas, y lo bien que huelen… ¿qué andarás buscando hoy?

--Son el regalo perfecto, para su hermosa dama, de un marido enamorado…

--No, si lo que es labia no te falta… Anda, pasa para adentro… voy a poner las rosas en agua… Ahí en la cocina he preparado té. Lo tomamos y recogemos a la pequeña.

sábado, 27 de junio de 2009

El anciano


El anciano

Por José Vasanta


En noches de luna llena Paco lucía sus mejores galas y pegaba cabriolas como nadie. Se iluminaba su rostro como un espejo en la negra oscuridad y se sentía un Orfeo amansando fieras en el bosque cotidiano, las que encontraba a su paso por los dispersos vericuetos por donde se deslizaba con la guitarra a cuestas, playas, supermercados o en el bar. De la esquina jugándose unas copas a las porras con algunos conocidos.

Era siempre una persona cabal pero de culillo de mal asiento, por lo que se movía más que un pez en alta mar, por eso el hecho de ausentarse de su domicilio a menudo por cuestiones de trabajo no le resultaba nada oneroso, sino que le abría el apetito, los sentidos y le despertaba una inusitada fruición por conocer y saborear los caldos, el pan tierno de los acontecimientos, innovando conductas u horadando brechas en los frentes más cerriles en su época de plenitud, aunque lo llevase a cabo a requerimiento de la clientela en el ejercicio de abogado del diablo o de oficio.

Ello le permitía alejarse de los meandros rutinarios, de las esferas pegajosas de costumbre y hacer la mar de kilómetros de incógnito viajando a toda pastilla, pernoctando durante ese tiempo en el apartamento que poseía en el litoral mediterráneo donde morían los embates de las olas, aviso a navegantes. En esas jornadas no se daba tregua y aprovechaba al máximo el tiempo para limar asperezas interiores, lavando el paño de las heridas y satisfaciendo las necesidades y caprichos.

Mientras devoraba leguas por la carretera no se saltaba los semáforos del cerebro, no ingería ni gota de alcohol por muchos compromisos que se le ofreciesen, y de paso intentaba alegrarse la existencia y llenar los pulmones de brisas nuevas -contactando con los puntos que más le alucinaban- llevando una vida sencilla, de auténtico anacoreta por los diversos escenarios que frecuentaba.

Sus argumentos se basaban únicamente en dos o tres principios, los mínimos exigibles para su intelecto cumpliéndolos al pie de la letra: un amigo en quien confiar, y sus hobbys favoritos, la práctica del tenis y el canto de la guitarra.

En consonancia con sus preferencias coleccionaba raquetas de ensueño, como si se tratase de un niño mimado por la familia con un arsenal de juguetes, provenientes lo mismo de países europeos que de allende los mares, las distancias nunca le amedrentaron, y para ello seguía la pista a los cabezas de serie, consiguiendo aquellas que más le fascinaban aunque calibrando en cada momento los distintos aspectos, bien la empuñadura o el tipo de red conforme al prestigio en el ranking internacional o por la calidad que encerraba.

Una vez saciada la vena deportiva, a renglón seguido se entregaba en cuerpo y alma a las veladas órficas, a los impulsos de la guitarra como un virtuoso, según apuntaban los más encendidos competidores, incluso los más allegados pese a la inquina montada en su contra, con esas hechuras cuando caía alguna en sus manos vibraba el ambiente de tal suerte que bailaba como un trompo hasta el gato que se tragó las raspas del pescadilla, cayendo durante la delectación en un profundo éxtasis al pulsar las cuerdas mediante el plectro con ágil pericia.

A veces se confundían el crujido de los huesos de Paco con la notas agudas del instrumento, lo cual le irisaba el ánimo como los rayos solares en los cristales de la ventana, y en tales casos no lo decía lo musitaba entre dientes pesaroso, ¡ojalá tenga suerte y me vaya antes de caer en el pozo, en un estado calamitoso de extrema dependencia y me tachen de anciano insonrible!

Cuando cruzaba el portal de la casa con el equipaje la familia repicaba las campanas respirando dichosa, como si le quitaran una pesada piedra del camino y se percibía en la oquedad de la casa un horizonte de alegría, inhalando aromas celestiales. Era obvio que los vientos familiares soplaban en otra dirección y apenas respetaban sus formas y aires vitales.

No era extraño oír por la escalera de la vivienda comentarios como:

-Es un desaborido – decía alguien soto vocee.

-Sería un castigo inmerecido, no quiero pensar que un día llegue a viejo y tenga que cargar con una persona anciana en mi hogar, lo que me faltaba, espero que Dios sea justo y se lo lleve a su santo reino antes, menuda cruz, y no te digo si quedara inválido en silla de ruedas, incapacitado para moverse, uuuf ¡qué horror!, Piliii, rápido, agua corre dame un trago de algo que me muero, por todos los santos del cielo, Virgen santísima del Perpetuo Socorro.- vociferaban los labios de Ángela.

La familia se frotaba las manos siempre que oteaba desde su atalaya la fuga, que vigilaban expectantes para dispararle de lleno por la espalda con las armas que guardaban en secreto detrás de la puerta junto al artilugio casero que utilizaban para acabar con moscas e insectos. Esperaban ansiosos como el perro a su amo sus salidas, y según transcurrían los años las reclamaban a voces con mayor urgencia.

Los viajes le daban aliento, formaban parte del sustento, era su modas vivendi, siendo ya algo muy normal en el entorno familiar, casi una necesidad, así que cuando traspasaba la puerta de la calle se afanaban todos en sus quehaceres propios con más ahínco si cabe y sin acordarse de él en absoluto, pese a no advertir el más mínimo eco de sus gruesas pisadas, el roce de las raquetas por entre las cortinas ni los suspiros de la guitarra que chocaban con los suyos, disminuyendo los decibelios a la hora del almuerzo o el zumbido de la cisterna al cruzar por el pasillo, desembocando en un descarado relajamiento de las normas de convivencia, yendo cada cual a su conveniencia, soltándose el pelo o acometiendo cuanto le venía en gana.

Los días se alargaban o acortaban como de costumbre según las estaciones, la vida sigue, y es raro que se repitan en su totalidad, ya que surgen inesperadas briznas en el horizonte que tumban lo anterior, aunque la mutación se disfrace y llegue en ciertos aspectos con caracteres casi imperceptibles.

La hora de la entrada triunfal de Paco en la mansión no sonaba en el reloj. Aquellas semanas se hacían soporíferas, eternas, en esos instantes todos con la oreja puesta en sus pisadas, a la espera del regreso.

Sin embargo la familia por otro lado dormitaba en el fondo tranquila en la sala de estar y elucubraba con distintas resoluciones hipotéticas, que acaso se le habría acumulado el trabajo, lo que serían unos chispazos de buena salud, sobre todo económica, lo que era un signo de regocijo y orgullo para todos, o que se hubiese presentado algún contratiempo en el viaje, pero sin que generase apenas ningún nerviosismo en el ambiente.

Se sucedían las noches y los días y seguían sin noticias, no sabían nada de su paradero, le telefonearon pero no daba señales de vida.

Al cabo de más de veinte días de lo acostumbrado la familia comenzó a moverse. Lo encontró la policía dentro del vehículo con el cuerpo embotado, la boca abierta y el corazón partío. El forense determinó el veredicto, un infarto había acabado con él a orillas de las tranquilas aguas mediterráneas donde tenía el refugio, y ésa fue su mayor frustración porque le hubiera encantado haber pernotado en su apartamento por los siglos de los siglos.

En este caso se cumplió a rajatabla el proverbio popular, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. La maltrecha viuda se quedó en la gloria de los justos, pero deseaba que no le saliese gratis el viaje al barquero de Caronte, y nada le impidió arrojarse a las llamas del averno para rescatar de sus garras al pobre Orfeo con su rico seguro de vida, lo que sin duda creía que le pertenecía, una suculenta suma de las finanzas del fallecido.

Se presentó a todos los programas basura de televisión como el que no hace la cosa y como un buitre carroñero fue picoteando por los distintos canales abriendo en canal el cuerpo y los secretos del difunto, haciendo valer los llantos y la pena que la embargaba, que vivía sumida en una tremenda depresión, que no probaba bocado desde que lo perdió ni dormía de noche ni de día y todo por mor del amor que sentía por él, y así a salto de mata sacar la entrañas al extinto si hiciera falta llevándose una buena tajada.

sábado, 20 de junio de 2009

La inmortalidad

LA INMORTALIDAD
Por Nekovidal

Mi primer cuerpo del que tengo memoria, el más denso, surgió de materia inanimada a finales del siglo XXI, cuando la cotidianeidad de los ordenadores cuánticos de quinta generación permitió grabar no sólo las memorias vitales, sino la misma personalidad única de cualquier ser vivo. Toda una vida en un disco minúsculo, todas las emociones pasadas, todo. Cada disco constituía en si un programa complejo que seguía desarrollándose interactivamente en el momento en que era ejecutado. Cada vida entraba, una vez liberada del cuerpo, en un juego de árboles fractales de conciencia.
Ese fue el comienzo, luego fuimos, poco a poco, librándonos de todo tipo de materia y sus servidumbres, hasta que toda la vida consciente del mundo discurría, apenas dos siglos más tarde, y en forma de energía, por la fina capa de gas que recubría el planeta. Continuamos avanzando, el gas nos resultó pesado y nosotros, que ya sólo pensábamos colectivamente, deseábamos la levedad absoluta, alas aún más ligeras que el viento.
Y así llegamos a la luz, a viajar en fotones a través de espacios enormes que antes apenas podíamos mensurar. Y así pudimos, por primera vez, observar y leer atónitos el libro maravilloso que se extendía ante nosotros cada noche de cielo estrellado. Aprendimos que cada rayo de cada estrella era un mensaje, una idea o un poema, algo aprendido por algún ente en algún recodo del universo que era lanzado en un mar de estrellas para ser descodificado por cualquier especie que hubiera llegado a ese estado evolutivo. Dejamos de formar parte de las especies agresivas que competían por el control de un espacio que creían con derecho a llamar suyo. Fuimos, cuantos más fuertes y sabios, más ligeros, y ya mirábamos con sonrisa benevolente a las especies mortales que nos llamaban dioses.
No recuerdo mi edad, pero sé que hace mucho que habitamos esta estrella.
Y aquí estoy, estamos, ya inmortales, intentando imaginar que es la mortalidad como nuestros antepasados anhelaban o intentaban concebir la inmortalidad. Abandonada la angustia del deseo, de la incertidumbre material, sin miedo a nada, pues nada puede destruir cuanto no somos y sólo la sutil fuerza de una idea decide que somos o dejamos de ser. Ahora soy tan sólo un rayo de luz, uno de los trillones emitidos cada segundo por esta estrella que es y será nuestro hogar durante millones de años.
Atravieso una ventana y me poso, a flor de piel, sobre las manos y rostros de quienes han trasladado sus pesados y primitivos cuerpos de materia densa a un cubículo al que llaman Aula 11 y me encuentro con antepasados que escriben con nostalgia sobre un futuro que aún no saben que es su pasado y que apenas pueden imaginar.
Nekovidal 2009 – nekovidal@arteslibres.net