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martes, 29 de diciembre de 2009

El Áura de Navidad

Por Diego Pérez Sánchez

Aquel descubrimiento del siglo XXI de que el cerebro y la mente no eran más que una misma cosa exponenció el cambio. Para algunos la noticia fue un alivio. El libre albedrío y todas esas supersticiones habían quedado enterrados definitivamente. La mente se movía por pura respuesta a estímulos externos. La Nueva Era y todas las religiones que aún se propagaban en aquel tiempo quedaron fulminadas. Ya no habría más danzas del fuego, no más navidades, no más culto a ídolos de ninguna idea; la autoayuda era una ficción, toda la espiritualidad no era sino un placebo. Artes, literatura, música o poesía eran simples juegos automáticos, que respondían a programaciones cerebrales que se habían creado, a su vez, en respuesta a situaciones emocionales, que a su vez respondían a programas de supervivencia, en un big bang de respuestas condicionadas.

Otros, en cambio, recibieron la noticia como un jarro de agua fría. Sus programas mentales les habían condicionado a valorar en extremo sus capacidades egóticas, a menudo para salvaguardar su supervivencia. Habían estado sometidos a situaciones extremas en algún momento de sus vidas y, para la supervivencia de su cerebro lógico, para evitar perder el control racional, se habían refugiado en ideas idealizadas, supuestos fijos, que ahora les impedían adaptarse a la nueva situación. Sus cerebros se habían encallecido y esa rigidez resulto fatal para su supervivencia: los suicidios fueron masivos.

Algunos sobrevivieron gracias a la actuación apresurada de los psicocirujanos que sometieron sus cerebros a ondas magnéticas unidireccionales, mientras daban tiempo a la obtención de suficientes órganos cerebrales para su oportuno trasplante.

Los más adaptados comenzaron a crear proyectos de desarrollo en las nuevas circunstancias. Sus planes se basaban en la intuición, único recurso fiable: toda idea que hubiese necesitado más de un segundo para aparecer en su consciencia era inmediatamente desechada como inútil por contaminada. El tiempo les dio a razón, y, al cabo de pocas generaciones, la mente funcionó por sí misma, como el corazón y el resto de órganos vitales, dejando así que la vida se desarrollase con toda libertad.

Fue quizá este proceso evolutivo -aunque algunos no descartan alguna mutación genética provocada en el tiempo de la aún no explicada salida de Giclas de su orbita, la enana marrón a 50 años luz de la Tierra- lo que originó el enorme desarrolló del aura, y con ello el inicio de la tecnología de transformación bidireccional de materia en energía que nos permite hoy día, inseminado mío, los viajes interplanetarios, que tanto te gustan.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Microrrelatos-Sara Vidal Tanaka


MICRORRELATOS - Sara Vidal Tanaka - (I)


Era un niño que quería llorar copos de nieve. Viajó muy, muy lejos hacia el norte buscando el frío necesario para ello, pero no lo conseguía.

Desistió. Creció. Se convirtió en un adulto más, ridiculizando en su mente todo lo que uno quiere olvidar para no sentirse ridículo.

Un día llegó a helarse por dentro lo suficiente como para cumplir su sueño infantil.

Pero ya no podía saberlo.

Ni siquiera recordaba cómo se derraman las lágrimas.

(Entre lo imposible y lo inalcanzable)

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Fijaba la vista en una nube y me engañaba hasta convencerme de que era yo el que se encontraba en movimiento.

(Sugestionables días de viento)

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Dos espejos frente a frente, a diez centímetros de distancia; y en un lugar equidistante de ambos, flotando en el aire, una pequeña esfera negra.

¿Cuántas esferas se reflejan en los espejos?

(Puntos de vista)

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Moría, me desintegraba, me volvía a recomponer automáticamente. Al igual que todos los que me rodeaban.

Y estaba más preocupado en discutir que ya no se podía decir que estuviéramos “vivos”, puesto que no podíamos morir, que en alegrarme o alarmarme por la novedosa noticia de la inmortalidad.

(Filosofando hasta la muerte)

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Abría los libros y estaban totalmente en blanco. No quedaba un solo libro escrito en la faz de la Tierra, porque todas las letras habían decidido ir a suicidarse al mar.
(Huelga de cultura)

sábado, 12 de diciembre de 2009

La sinestesia



Por Pepe Guerrero

La vida se hacía insoportable en el planeta. Hasta los gatos no saciaban sus sentimientos. Los gestos cansinos y monótonos afloraban por los rincones. El letargo obligado de los moradores ya harto enfurecidos alargaba sus garras por los recovecos más recónditos sin ningún miramiento y fue proliferando como setas en el bosque dormido de la vida. No arribaban soluciones a fin de evitar la mortandad incomprensible que se expandía calladamente en mitad de la tormenta.
EL mundo de los humanos no caminaba alegre, satisfecho; iba como viejo navío haciendo aguas por todas partes. La vida peligraba y las criaturas se habían quedado estupefactas, inmóviles, sin voz en las gargantas, sin armas ni entusiasmo. Adolecían de empuje, de una efusión rabiosa que derribara los muros de su existencia.
Todo ello hizo que estallaran las metralletas del arte, la pintura, la música, la escritura, la escultura. Las palabras pronto sacaron el pie del tiesto, se soltaron el pelo y se echaron a la calle exhibiendo sus mejores galas. Nunca habían visto la luz esos fenomenales fonemas tan disparatados e incoherentes a simple vista. Siempre habían sido abortados, tildados de sórdidos o antipáticos, no se sabe el porqué.
Las nuevas corrientes no tardaron demasiado en florecer. Un buen día, allá por tierras helenas y romanas se bajaron los pantalones los industriosos de la creación ante el expectante foro que los contemplaba, y se fueron tatuando e inundando los papiros, los papeles, los muros y las pizarras de fisonomías y posturas nuevas, imágenes inéditas, metáforas inimaginables, surgiendo de su vientre, de su ferviente tinta un hermoso y genuino hallazgo, la locura del vocablo en carne viva, lo que todos estaban ansiosamente buscando.
La túnica de la sinestesia, como el manto de la tarde, fue cubriendo dulcemente los sembrados de los cultivadores de la escritura, Se disfrazaron a ojos vistas de los más incrédulos, lo que se dice a lo bestia, de forma que no los conociera ni la madre que los alumbró en una noche tan especial. De repente los colores, los números más dispares se pusieron el mundo por montera y exclamaron todos a una, revolución, subversión, adelante mis compinches, esta batalla la vamos a ganar, y pasaremos a los enemigos de la mezcolanza de los sentimientos, del universo sensible a sangre y fuego de besos irrepetibles e irreparables.
Hasta aquí hemos llegado, pensaron, y desde ahora en adelante la tristeza será dulce si la untamos con rica miel de la Alcarria, y la tarde la haremos de plata de ley, o para que no sean menos los esbeltos álamos del río los vestiremos de púrpura para oírles murmurar en una fuga de almíbar.
Los hombres opinaban que las desdichas todavía tenían remedio y cirugía, que estaban a tiempo, y empezaron a disfrazar y enriquecer las sensaciones en una gigantesca caldera donde echasen a hervir exquisitos cócteles de fríos o chillones colores y sordas alegrías que asomarían con su pico y ojos por un cálido horizonte de perros, o acaso nubes de chispeantes golondrinas como antesala de una primavera nunca jamás vivida.
En un esplendoroso repertorio de flautas, guitarras, acordeones y pianos de verdes sonidos, bailarían sevillanas en la bruma de la vida, besándose con la mirada y acariciando con el resplandor del alma los alientos más sutiles o pusilánimes.
Entre tanto la humedad de oro de su mano relucía en la lejanía del collado sobre los roncos pasos de una tierra amarga, que sin embargo se sentía acariciada por el azul claro de un refulgente amanecer, una inolvidable y maciza alborada brotando cual cristalina agua del firmamento.

lunes, 30 de noviembre de 2009

la ceguera



Por Alicia Gaona


En la oscuridad de la sinrazón no veo nada, no siento nada, ni frío ni calor, ni un tacto suave ni una superficie rugosa, el silencio me inunda como en la peor pesadilla, y no hay aromas en el aire. No sé donde estoy ni por qué no tengo recuerdos, sólo a veces me parece flotar entre elementos que también flotan a mi alrededor, pero no los veo, no los huelo, ni los escucho, tampoco los saboreo, no me trasmiten ni frío ni calor. 
De repente , algo me atrae fuertemente y empiezo a escuchar los ruidos propios de un hospital, huelo profundamente la asepsia y los medicamentos, los sabores amargos me invaden la boca, me revuelvo entre suaves y cálidas sábanas, poco a poco siento mi cuerpo dolorido aunque aún no entiendo qué ha sucedido, no recuerdo nada, sólo sé que estoy en algún lugar y respiro.
Sin embargo la oscuridad aún me rodea, muchas voces discutiendo forman una gran algarabía en este lugar con sentidos asépticos, ellos dicen, ha vuelto, ha regresado, ahora podemos mantener la esperanza. Sin embargo, aun sin poder recordar sigo moviéndome en la oscuridad.
No veo, mis ojos se mueven pero no veo, no sé quienes son ellos ni quién soy yo. No sé quién soy si no veo, no sé quienes son si no los veo, no reconozco las voces, aparentemente volví a la vida aunque no sé de donde.Pero qué vida es esta que me espera sin saber quien soy, adonde voy y de donde vengo, sin ver caras queridas si las tuve, sin ver los peligros que me rodean. Siento manos amenazantes por todos lados, me tocan, me abrazan, son cálidas, pero tengo miedo, adonde estoy, quien soy, de donde vengo, quiero ver, no me importa no oler, no quisiera escuchar, que mis papilas gustativas no reconozcan nunca mas, ni el dulce, ni el amargo, ni la acidez , que no escuche mas las melodías que algún día salieron de un instrumento, que no escuche voces, pero dame luz, quiero ver, tengo miedo, no puedo vivir sin luz, tengo miedo.

lunes, 23 de noviembre de 2009

El Guitarrista de la Esquina




Por Lola Carmona


Gustavito era un niño perfecto, orgullo de sus padres y preferido de sus maestros. Era un niño que todo lo intentaba hacer como los adultos querían. Gustavito no te ensucies en el parque y él se sentaba en un banco viendo jugar a los demás, pero quedándose impecable. Por mucho que disfrutaran los demás niños jugando, más disfrutaba él cuando regresaba a su hogar y recibía las alabanzas de todos los que allí en ese momento estaban. Os comunico que su madre tenía una peluquería, barata y clandestina, en el salón de su casa. Eran muchas las admiraciones y alabanzas referentes a lo buenísimo que era, y eso, a él le gustaba.
En el colegio ocurría algo parecido pues su maestra sabía que las mejores libretas y los libros más cuidados eran siempre de nuestro amigo. Cuando hacía falta que alguien hiciera algo, allí iba Gustavito, y eso, a él le encantaba.
Fue pasando el tiempo y nadie se dio cuenta de que se estaba mimetizando en una sombra que reflejaba los deseos de los demás y en la que él había pospuesto los suyos confundido por la necesidad de aprobación.
Un día, al pasar por una plaza, se encontró en una esquina con un hombre que hacía saltar sentimientos al rasgar las cuerdas de su guitarra. Gustavo, pues ya había crecido y dejado el diminutivo, se quedó extrañado ante el desajuste emocional que estaba ocurriendo en su interior. El cantante era de edad indefinida, por lo menos para nuestro muchacho y bastante desarrapado; pero lo que más llamaba la atención de Gustavo eran los sonidos expulsados con las manos y que iban adornados con gestos de la cara.
Se sentó en un banco de la plaza y estuvo un montón de horas embobado contemplándolo y sintiendo cada nota que saltaba de aquel instrumento de madera como si fueran chispas de un fuego. Poco a poco dejo de ser él y empezó a convertirse en dedos en gestos, en música. Allí estuvo hasta que aquel guitarrista dejó de tocar. Con las notas en la cabeza y una sonrisa extraña se fue a la casa donde estaban preocupados por el retraso, inconcebible en él.
La mesa puesta con el padre, la madre, la tía y el abuelo esperando para cenar. Él por primera vez en su vida no daba ninguna explicación sólo expresaba aquella extraña sonrisa ante la mirada sorprendida de los demás. Al final de la cena cuando terminaron de saborear las natillas con galleta que había de postre dijo solemnemente. “Ya sé lo que voy a ser, guitarrista de la esquina”

domingo, 8 de noviembre de 2009

Una mirada al mar

Por Begoña R.J.

Lanzo una nueva mirada al mar, camino despacio contemplando con entusiasmo esa inmensa mancha azul que inunda mis sentidos, que me transmite la grandeza y enorme belleza de la naturaleza, de la tierra.

Un ser vivo que lucha como nosotros por mantener su equilibrio, que responde a las agresiones de su entorno. Una leve brisa acaricia mi rostro y no puedo evitar una pequeña punzada de nostalgia en mi estómago. A veces parece que el mar nos llama como si aún fuéramos peces y en parte todavía le perteneciéramos. Encamino mis pasos hacia el centro de la ciudad, y allí los bares se encuentran abarrotados, la ciudad bulle en sus entrañas y busco refugio en un pequeño local que trae a mi memoria la bohemia parisina .Me acomodo en rincón algo apartado pero agradable.

Desde mi estratégica posición veo a la gente que entra y sale, a los que ya han consumido su tiempo, a los que buscan saciar su hambre. Un par de tipos llama mi atención, su atuendo desaliñado contrasta con el del resto de la clientela. Se acomodan en una mesa cercana a la mía. El más joven parece estar hambriento, tal vez una noche de juerga ininterrumpida o tal vez quehaceres más inconfesables. Me aventuro a pensar que son chaperos.

Algo en su aspecto me ha inclinado a este pensamiento; incluso puede que se trate de una pareja que realiza de forma ocasional este tipo de servicios para salir adelante. La realidad posee diversas capas, espacios en los que cada uno de nosotros se mueve; capas que a veces se mezclan, se tocan,

que asaltan nuestra retina y nos hace partícipes de una postal que no es la que estamos acostumbrados a ver. En los escasos metros de cualquier local, se pueden mezclar de forma totalmente azarosa.

Adivino en esta pareja de amigos o de amantes, un cansancio cercano al tedio. y ese tedio inunda mi ánimo por unos instantes. Por las miserias de nuestro mundo que se entrelazan con sus grandezas y nos dejan en el paladar un regusto agridulce De manera incansable y a veces inconsciente busco el sentido de toda esta realidad y más aún el de mi propia existencia.

Rastreo las posibles señales en una senda difuminada en la que a veces un pequeño destello da sentido a todo. Cada vez me angustia menos esa búsqueda, voy adivinando poco a poco que encierra en sí misma su propio secreto.

jueves, 22 de octubre de 2009

La responsabilidad


Nekovidal

Si todo lo humano es en si mismo subjetivo, pocos conceptos lo son tanto como el de responsabilidad. Incluso en el de libertad, que puede incluir desde ideas esotéricas a la pretendida libertad de arrebatar la libertad ajena, suele haber una parcela compartida: la de que libre es quien puede desplazarse en el espacio sin limitaciones a su cuerpo. Pero en cuanto hablamos de responsabilidad, es imposible encontrar una sola coincidencia en la que se encuentren todos los seres humanos:

Todos los tiranos y dictadores que en la historia han sido decían sentirse responsables ante algún dios o ante la patria, y era esa responsabilidad la que les empujaba al asesinato o al genocidio. De igual forma, sintiéndose responsables ante sus semejantes o ante determinado concepto de libertad, respeto o derecho, puede un ser humano lanzar una bomba entre una multitud de seres a los que desconoce, provocando un baño de sangre. Sintiéndose responsable ante las instancias más altas, las divinas, se llega a matar sin un atisbo de remordimiento: “Dios lo quiere” gritaban los cruzados cristianos durante la Edad Media mientras iban arrasando ciudades enteras a su paso, sin respetar siquiera la vida de niños o ancianos. Idéntico esquema se repite en la visión integrista de cada religión, tan oportuna siempre para mentes asustadas y acomodaticias. Responsable de sus hijos se siente quien comparte con ellos su tiempo y emociones tanto como los padres que se limitan a proveerles de un mínimo de alimento y ropa, e incluso quien ni de eso se hace cargo.

Responsable ante sus amigos se siente quien se limita a compartir con ellos los últimos datos futbolísticos tanto como quien abre sinceramente su corazón. Y todos, del primero al último, se sentirán personas responsables.

Si alguien, ocasionalmente, admite ser irresponsable, lo hará, muy posiblemente, para refugiarse en la falsa sinceridad de un defecto admitido, evitando así tener que subsanarlo.

Responsable de todos y cada uno de sus actos, estando dispuesto a admitir y reparar cualquier error cometido, no recuerdo haber conocido a nadie, pero tengo la memoria llena de gestos y acciones propios y ajenos encaminados a la auto justificación de todo tipo de errores y egoísmos.

Será que yo mismo no soy lo suficientemente responsable como para admitir el estado de primitiva irresponsabilidad en que se encuentra mi especie.



domingo, 4 de octubre de 2009

No me da la gana

Por Begoña R. Joya

Aunque no exista el tiempo y todo sea un eterno sin principio ni fin, las estaciones se suceden una tras otra y donde ayer era verano ahora es otoño, igual a todos los anteriores otoños del transcurso de nuestra vida. Esta semejanza quieta, este repetirse una y otra vez como la rueda de una noria en la que a veces se está arriba y a veces abajo, esta permanencia en forma de ley natural dota a la realidad de una sincronía en la que todo vuelve y se repite como la cadencia de la propia vida.

Ana se despertó aquella mañana con la sensación de que todo seguía igual aunque todo hubiera cambiado. No me da la gana pensaba una y otra y otra vez. ¿Por qué he de asumir esa responsabilidad? ¿Por qué hacen cada día el recuento de las desgracias del mundo? ¿Qué puedo hacer yo, a parte de intentar cambiar por dentro? ¿Qué puedo hacer por toda esa agente que muere a diario? ¿¿Y ante la injusticia y el crimen? ¿A qué viene tanta y tan variada información? ¿Por qué no hay un diario de buenas noticias?

La noche anterior había tenido un sueño extraño, en el que alguien que no llegó identificar le decía una y otra vez “Despierta, despierta y vive, antes de que el otoño de la propia vida te alcance, despierta y vive y así cuando llegue, puedas seguir viviendo con la experiencia acumulada””Despierta, despierta" ,se despertó de repente pero empapada en un sudor frío y con una sensación de extrañeza en el alma.

martes, 22 de septiembre de 2009

Malas compañias




Por Chiara Franchini

Trastorna el sueño con pesadillas,
hace luchar contra el sufrimiento,
no permite felicidad sin pensamientos,
sugiere no olvidar tu ego,
hace pensar en el ayer y el mañana olvidando el presente,
hace pensar en lo que no tienes y no eres olvidando lo que tienes y eres,

Te dirige hacia el miedo en vez de a la sorpresa:
es la mala compañia que todos llevamos dentro,
con la que nos queda la esperanza de hacer amistad,
apretando la mano izquierda a la derecha
en signo de la uniòn que nos lleve a la paz.


¿POR QUÉ ME ENGAÑASTE?

Te engañé porque fui sincera en un momento de irrepetible emoción

EN FUGA

La prepotencia del invierno enviaba burlona, con cuarenta y nueve dias de anticipaciòn, sus suaves copos, blancos de engañosa pureza. El dìa se anunciaba vacìo, sin ningun aliciente, excepto aquella unica cita vespertina que servìa de meta comùn al pueblo entero. El reloj de cucù que cuando era pequeña querìa tanto, parecìa haberse transformado en su peor enemigo. Las manecillas, que de niña se divertìa en adelantar, hurtando el tiempo para ver repetidas veces el pajarito de madera rebotar fuera de su casita anunciando la hora, rompìan el silencio destacando el tictac del reloj. Margherita las miraba trastornada, imaginando que eran baquetas de director de orquesta paradas, las baquetas de las órdenes que ella misma dirigìa: “Antes que el tiempo concluya, tienes que hacer esto, después eso y después aquello...!” Se había dado esa orden por miedo, ya que recordaba al pajaro cuco marcar momentos felices, del mismo modo, si no hubiera
hecho pronto algo especial, en el futuro no habria recordado la vida que llevaba ahora. Pensaba que si hubiera roto la monotonìa del tiempo en que ella se estaba disipando, hubiera recordado el tiempo que vivìa en aquel momento. Estaba convencida de que haciendo algo inusual, aùn cuando aquella empresa hubiera concluido, no se desvanecerìa, prolongada en el recuerdo de haber hecho algo extraordinario.
Era la angustia del tiempo que pasa sin dejar recuerdos, su prisión, y Margherita se evadìa cabalgando el tiempo a base de pasar páginas. Leía. Leìa historias de personajes desconocidos con quienes se identificaba, delegando en ellos su destino, historias en las que se mezclaban pasado y futuro. El pasado empapado del sentido que sólo la razón del después sabe dar, y el futuro, cargado de la responsabilidad de custodiar la esperanza en la felicidad. Margherita encargaba al pasado la tarea de resolver el enigma de una existencia ya vivida, y al futuro la tarea de dar derecho de ciudadanìa a los deseos. A través de la lectura, Margherita había entendido que, en cualquier lugar al que se dirigiese, siempre llevarìa con ella una maleta que nunca vaciarìa sino que llenarìa, y se prometiò a si misma que intentaría llenarla cada dia de la manera mejor. Se trataba del equipaje de su memoria, lo más estable que podìa poseer: por siempre y en
cualquier lugar.
Pero, sin imbargo, al haber tenido esta preciosa intuiciòn, mientras el tiempo fluìa monótono, Margherita se quedaba absorta en la eternidad de los pensamientos, leyendo y fantaseando con la mente, asì que su equipaje se quedaba igual por miedo a ser llenado de malos recuerdos. De esta manera pasaba sus dias y asì un sentido de nauseabunda amargura la asaltaba cuando el dia morìa sin dejarse recordar.
“Tic, tac, tic tac”, en la habitaciòn de Margherita el tiempo sonaba con insoportables pasos de tirano.

En las otras habitaciones de la casa todo parecía moverse a una velocidad diferente: “¿Dónde diablos has puesto mi jersey negro?”
La hermana de catorce años de Margherita, Carlotta, gritaba a Daniela, su gemela, acusándola de robarle siempre la ropa que ella solía preparar la vispera de las escasas ocasiones importantes en las que se concedía disfrutarlas. Los pasos enfadados de Carlotta hacía la habitación de Daniela retumbaban en toda la casa, uniendose a los reproches del padre: “¡Siempre con retraso!” y a los gritos de la madre: ”¡Dejad de pelearos y moveos que falta un cuarto de hora, no quiero quedar como la que siempre llega con retraso!”

Margerita miró en su armario, ningun vestido la invitaba a despojarse de lo que llevaba. Apartó la cortina y con la punta de la nariz pegada al vidrio se puso a seguir a los primeros paesanos que salían de casa.. El alcalde y su esposa, la beata ama de llaves de la iglesia y su familia, el contable Perfectos con su señora, la arquitecta Rosetón con su marido pintor que unos metros atrás esbozaba una carrera para alcanzarla y así siguiendo a todos los demás hasta confluir en la misma calle que llevaba al cementerio.

“Vamos que las campanas ya han dado los primeros toques, cojed los cirios que nos vamos”.
Todos estaban ya preparados para salir de casa, todos menos Margherita que había elegido no acudir a aquella cita. Su madre entró en su habitación asombrandose al verla todavía con su ropa de casa: “¿Todavía estas así?”, le preguntó “¿Qué haces, no vienes?” Margherita se giró hacía ella y después de un impercetible momento de duda suspiró sin dar respuesta, regresando con la mirada a los transeuntes. La madre molesta se contuvo, cerrando enfadada la puerta y saliendo de casa con el resto de la familia.

Era el dos de noviembre y como cada año se recordaba a los difuntos camino del cementerio para visitarles.
La nieve empezaba a tejer su capa sobre las calles hasta cubrir cada hueco.
Margherita cerró la puerta a su espalda y se puse en la cola con los ultimos del pueblo que se dirigián a la ceremonia.
Al llegar al cementerio Margerita lo superó proseguiendo en dirección del parque infantil. En el ultimo trecho de la calle se cruzó más de una vez con la mirada estremecida de los paesanos que avanzaban en dirección opuesta a la suya, saludó visiblemente incomoda y sintió respuestas con tono de pena. Pareció leer entre los pensamientos de aquellas personas un “¡paz a su alma!”

Finalmente alcanzó el pequeño parque de juegos y puntó la mirada directamente al juego previamente elegido. Se sentó, apenas cabía entre las dos cadenas, habian transcurrido varios años desde cuando balancearse en el columpio era una diversión diaria y se sentía euforica ante la idea de repetirlo.
El columpio oscilaba atrás evitando la nieve, después adelante soltando los copos que resbalaban en gotas sobre la cara de Margherita.

Adelante y atrás, adelante y atrás, un zumbido de oraciones en la lejanía se iba debilitando, adelante y atrás, hasta desvanecer. Las luces de los cirios en el horizonte se difuminaban cada vez mas, hasta desaparecer, adelante y atrás, adelante y atrás.

Fugándose del tiempo, una solitaria Margherita en invierno:
Adelante y atrás, adelante y atrás, adelante...

miércoles, 16 de septiembre de 2009

¿Por qué me engañaste?

Por Franjamares

¿Por qué me engañaste? Quizá porque no sabías tratar sin complejos ni obsesiones con la verdad, de igual modo conmigo, tampoco contigo mismo… ni con nadie… Y yo, sólo esperaba ser engañado.

Lo estoy pensando
, pero también estoy pensando en esto y en aquello y en lo de más allá, y en cosas que ni siquiera puede acercar a la luz del consciente porque se piensan con la mente profunda… Lo estoy pensando pero la maraña de todos mis pensamientos no me deja pensar. La celosía afiligranada que siempre quise que fuera mi mente, el encaje bello y perfecto de mis ideas ideales, se retuerce casi siempre entre temblores de ondas pasadas, destemplanzas dispares, contingencias y peligros del porvenir y por todo cuanto mi mente piensa que hay que hacer o teme que puede pasar…
Lo estoy pensando… pero prefiero detener mis pensamientos por un mágico instante de silencio, rasgar la telaraña o el encaje de mis ideas y desnudo entonces de juicios y prejuicios, abandonado a la emoción del miedo para observarlo en su verdadero hábitat ilusorio, flotar por un instante en las aguas del infinito de donde surgimos un día y adonde iremos otro sin más remedio.
Lo estoy pensando: es mejor no pensar para observar desde la quietud de mi ser, quién es el que piensa por mí.

lunes, 31 de agosto de 2009

El negocio farmacéutico


El Negocio Farmacéutico


Diego Sánchez


Occidente investiga y produce la mayor parte de las posibles drogas utilizadas para restaurar la salud. En el sistema sanitario español como en el de la mayoría de los otros países desarrollados, la sanidad de los ciudadanos es una cuestión de estado, siendo su gratuidad desde casi absoluta a relativamente precaria.
El sistema público español de sanidad garantiza a todos los ciudadanos el acceso a los recursos materiales y humanos del estado cuando nos encontramos enfermos. Sobre cómo se eligen esos recursos y el tipo de medicina a la que se puede tener acceso no hay ningún debate.
Los españoles que tienen la cultura suficiente para tener acceso a otras formas de recuperación de la salud, suelen tener los medios económicos para procurársela. Esto último queda favorecido en general por la enorme diferencia positiva de costes de la mayoría de medicinas alternativas.
No obstante, el estado ha ido históricamente seleccionando la medicina farmacopeica. Esto tiene sin duda una sencilla explicación: las empresas farmacéuticas, y por encima de ellas, los laboratorios tienen unos enormes beneficios. Sólo estados en necesidad extrema y, normalmente acusados de revolucionarios y mal vistos por la comunidad internacional se atreven ocasionalmente a producir genéricos, es decir la parte activa, efectiva, de una medicación, y a ponerlos en venta a su precio real.
Generalmente el ciudadano, de manera más o menos subvencionada paga sumas exorbitas por las medicaciones patentadas por los laboratorios que fijan sus precios con una total ausencia de competencia. El precio en diferentes farmacias de un mismo medicamento es exactamente el mismo, salvo que sea una medicina alternativa, en cuyo caso el precio es libre y la competencia hace que los precios sean muy variados. Incluyo en estos el agua destilada, por ejemplo, un producto que puede variar entre 60 cts. y 4 euros litro sin una apreciable diferencia de calidad.
La farmacéutica, tocante al gran negocio de la medicina oficial, es un lobby perfectamente cerrado. Cada farmacia tiene un territorio adjudicado y nadie más puede competir dentro de su territorio. Las normativas ministeriales, bajo el mando de los laboratorios y el lobby farmacéutico, impedirán que los productos alternativos puedan tener una publicidad y comercialización. No están prohibidos sino sometidos a pruebas aplicables exclusivamente a la farmacéutica química. Un producto ha de contener una cantidad conocida e invariable de sustancias químicas para poder ser reconocido. Esto excluye como medicina cualquier producto natural, es decir todo aquello que ayudó a conservar la salud de la humanidad durante miles de años, para cederle el puesto a la producción químico-sintética de las últimas décadas.
Estos productos mayoritariamente sintéticos son compuestos artificialmente
simples, descompensados por tanto. Cada día vamos descubriendo sus perniciosos
efectos secundarios tanto en las personas que los usan como en el medio ambiente
en general. Su coste social y económico es enorme. ¿Cómo detener, reformar al
menos, este sistema sanitario, convertirlo en un sistema al servicio de los ciudadanos?
Creo que la respuesta está en frenar el poder del lobby farmacéutico, la liberación de
la salud y el debate sin tabúes por toda la sociedad del modelo de sanidad que deseamos.
El beneficio a muy corto plazo compensaría el esfuerzo y sería nuestra mejor inversión
en el futuro de la humanidad pues- sin duda en esto estemos todos de acuerdo- la salud
es lo primero.

sábado, 22 de agosto de 2009

Buenas compañías



Alicia Gaona

Préstame tu oído, cuando así lo necesite
yo te prestaré mi voz.
Préstame tu voz que hoy la necesita mi oído.
Préstame tu fuerza, te la devolveré en agradecimiento.
Préstame tu alegría
y solo tomaré lo que necesito, para dejarte aún alegre.

No absorbas mi esencia,
nací libre como los pájaros,
libre como el agua del manantial,
libre como las palabras salidas de mi boca.
En libertad te encontré,
en libertad te elegí y en libertad te perderé.

Acompáñame, pero no intentes guiarme.
dame aire, mucho aire,
para respirar sin sentir tu perfume.
para decidir sin notar tu influencia,
para vivir sin amarras.
Entonces, sí volveré a ti
con el corazón dispuesto.

martes, 4 de agosto de 2009

El amor





A veces la vida, siempre tan tragicómica y juguetona, nos toca con su varita mágica y nos encontramos en medio de un torbellino al que podemos intentar identificar como torrente hormonal o caos bioquímico o, simplemente, dejar de lado la sinrazón de la razón y reconocer que nos hemos enamorado.

Sucede entre dos y cinco veces a lo largo de la vida humana, pero una es suficiente para no olvidarlo jamás.

De repente, nuestros sentidos eligen otras normas de conducta, otras reglas de juego, nuestra mente baila al son de una música que no sabes muy bien cómo has compuesto a medias con otra persona. Trastocas completamente tu orden de prioridades y, por decirlo en pocas palabras, vas por la vida sin saber muy bien si vas o vienes.

Tan intenso es a veces el juego, que son muchos los que dejan transcurrir su vida rehuyendo volver a caer en él una vez que lo han conocido. El miedo, siempre tan libre, manda o intenta mandar imponiendo su patética tiranía.


Por el contrario, si no temes navegar esos mares de extrañas tormentas agridulces, al cabo del tiempo caes en la cuenta de que de casi todo te puedes enamorar, y es entonces cuando la vida, acostumbrada a ser generosa con quien lo es, te empieza a señalar las claves para navegar: las olas de las emociones ya no son peligrosos juegos malabares, sino el ciclo lúdico de un tiovivo y ya no importa qué sucederá, sino captar en cada instante cuanto sucede y saborearlo.


De esta forma la vida, transformándonos en locos lúcidos, nos apadrina y nos protege del miedo al miedo, de la vida sin color y de los colores únicos, nos toma en sus brazos y, con la amabilidad de una buena amiga, nos enseña la lección más hermosa, la que nos hará pasear de su mano en adelante: que sin importar mucho la forma que adopta, nada existe que valga la pena vivir que no vaya acompañado de amor.



Nekovidal 2009 – nekovidal@arteslibres.net

viernes, 17 de julio de 2009

Olores y perfumes


Olores y perfumes

Por Diego
Al bajar del avión fue a recoger las maletas. El asombro por todo lo que veía a su alrededor le impedía pensar y se dejó empujar por la multitud hasta la cinta por la que desfilaban los equipajes. Iban desapareciendo a gran velocidad y se preguntó si en aquel desbarajuste su maleta no desaparecería antes de que pudiese siquiera localizarla. Al poco tiempo, lo que le pareció un fantástico milagro, la localizó e, imposibilitado por el gentío para acercarse en su dirección, esperó pacientemente que llegase a su alcance, dudando siempre que alguien no se le adelantase. Las extrañas condiciones en que se desenvolvía todo le hacían desconfiar de todo y de todos. El milagro se realizó plenamente y pronto tuvo consigo sus queridos enseres, en realidad nada de lo que no hubiese podido fácilmente prescindir. Le sirvió sobre todo para relajar su ansiedad expectante.
Con la maleta en la mano se dirigió a la parada del autobús del aeropuerto. Pagó una suma insignificante a alguien que le ofreció un papel arrugado e indescifrable y con el en la mano subió al autobús.
Aún quedaba algún asiento libre y se sentó. Al poco entraron varias familias y se levantó para ofrecer su asiento a una anciana. Esta lo miro extrañada y no se inmutó. Quince minutos después el vehiculo rebosaba de viajeros y equipajes y permanecía con el motor apagado. Cuando por fin se oyó rugir el motor el contacto entre los cuerpos allí amontonados era exactamente el mismo que el de las sardinas en una lata. El aire había dejado de moverse y la temperatura, ya de por sí bastante alta, había subido algunos insoportables grados. El olor a humanidad iba sustituyendo al oxigeno y pronto se vio haciendo esfuerzos para respirar.
El autobús tomó por una autovía en construcción y con un lento ronroneó fue recorriendo sus baches. Esbeltas mujeres semidesnudas, descalzas, portaban espuertas de esparto llenas de tierra sobre sus cabezas.
El hormigueo de trabajadores era apabullante. Luís observaba todo con los ojos muy abiertos pese a la intensa luminosidad del día.
Cuando llegó al centro de la ciudad y descendió del autobús sintió como una bofetada de olores de todo tipo, imposibles de identificar como perfumes diferenciados. Sus sentidos se sintieron inundados por aquel caos de sensaciones.
“He llegado a mi destino”, se dijo.

domingo, 5 de julio de 2009

Dama de noche

Por Franjamares

No, no hablaré de la dama de noche. Ella será quién dirá de mí a su momento. Su perfume de anochecer es ya todo un discurso. Mi discurso. Habla de recobrada armonía, de regocijo, de paz… Así me siento en este instante de mi vida, en esta meseta cálida en la cual ya puedo merecer, donde el horizonte es de roca lejana y el aire limpio deja en el corazón y los pulmones una delectación incomparable. No importa el pasado, no es más que un montón de escombros de memoria que tendré poco a poco que barrer. No importan los problemas del día a día, suelen ser pequeñas voces que te dicen cosas: hay que sacar de ellas lo sustantivo, sin más apuro. La belleza de la vida es lo más importante. Esta noche incipiente la puedo comprobar, no ya con mis sentidos, que se fascinan con ese cielo encendido de rojo, los rayos de sol invicto tras la montaña, y su luz vesperal que atraviesa las formas alumbrándolas por dentro, sino también veo la belleza con los ojos de mi alma de hombre.

Sin embargo, este olor de la dama de noche, mujer ideal, que cruza el jardín como un recuerdo intenso, no deja llamarme, de provocarme. Siento ahora, en este instante presente y dilatado, que puedo estar en paz con mi vida, con mi conciencia, con mis recuerdos, incluso puedo estar en paz con mis errores, con mis sombras… con las manías, con ese destino pegado a mi carne que me hizo caer hasta las pecinas en el alveolo de la locura. Sí a veces estoy loco... Y entonces lo estuve… En aquel tiempo la dama me tenía obsesionado, no sabía qué hacer para tenerla, para compartir un mismo espacio, aunque fuera a la fuerza… Estaba ciego a tal punto: que fui yo quien desconectó los cables de la batería de su coche, quien fingió salir en ese momento y ofrecerse para llevarla al trabajo; quien sufrió una especie de calentura, de remolino de ideas que confundía su cariño de amiga por la entrega total de una amante esclava, fui en definitiva quien en medio de este ventarrón mental intenté hacerla mía sin la respuesta de su sonrisa…

Pero no fue mía, ni podía serlo jamás de ese modo. La dama de noche retuvo para sí su perfume no dejándome olerlo… y yo cercené mis narices para no poder sentir más esa delicia irresistible, esa tentación. Huí, como un niño tras una travesura imperdonable. Estuve lejos tanto un tiempo hasta serenar mi conciencia y soltar por el desagüe la culpa ya bendecida, hasta que el péndulo de mi alma volvió a subir y me hice más liviano, más permeable al amor, capaz de amar por encima de todo.

Regresé y su nombre seguía escrito en el buzón de la verja al lado del mío. La vi pasar un día junto a mí: ella desvió la mirada. Esta tarde busqué las mejores rosas del jardín, abrí la verja temeroso y toqué en su puerta… Me abrió con gesto serio. Los segundos pasaron lentos… Al fin sonrió levemente y me hizo pasar…

--Preciosas rosas, y lo bien que huelen… ¿qué andarás buscando hoy?

--Son el regalo perfecto, para su hermosa dama, de un marido enamorado…

--No, si lo que es labia no te falta… Anda, pasa para adentro… voy a poner las rosas en agua… Ahí en la cocina he preparado té. Lo tomamos y recogemos a la pequeña.

sábado, 27 de junio de 2009

El anciano


El anciano

Por José Vasanta


En noches de luna llena Paco lucía sus mejores galas y pegaba cabriolas como nadie. Se iluminaba su rostro como un espejo en la negra oscuridad y se sentía un Orfeo amansando fieras en el bosque cotidiano, las que encontraba a su paso por los dispersos vericuetos por donde se deslizaba con la guitarra a cuestas, playas, supermercados o en el bar. De la esquina jugándose unas copas a las porras con algunos conocidos.

Era siempre una persona cabal pero de culillo de mal asiento, por lo que se movía más que un pez en alta mar, por eso el hecho de ausentarse de su domicilio a menudo por cuestiones de trabajo no le resultaba nada oneroso, sino que le abría el apetito, los sentidos y le despertaba una inusitada fruición por conocer y saborear los caldos, el pan tierno de los acontecimientos, innovando conductas u horadando brechas en los frentes más cerriles en su época de plenitud, aunque lo llevase a cabo a requerimiento de la clientela en el ejercicio de abogado del diablo o de oficio.

Ello le permitía alejarse de los meandros rutinarios, de las esferas pegajosas de costumbre y hacer la mar de kilómetros de incógnito viajando a toda pastilla, pernoctando durante ese tiempo en el apartamento que poseía en el litoral mediterráneo donde morían los embates de las olas, aviso a navegantes. En esas jornadas no se daba tregua y aprovechaba al máximo el tiempo para limar asperezas interiores, lavando el paño de las heridas y satisfaciendo las necesidades y caprichos.

Mientras devoraba leguas por la carretera no se saltaba los semáforos del cerebro, no ingería ni gota de alcohol por muchos compromisos que se le ofreciesen, y de paso intentaba alegrarse la existencia y llenar los pulmones de brisas nuevas -contactando con los puntos que más le alucinaban- llevando una vida sencilla, de auténtico anacoreta por los diversos escenarios que frecuentaba.

Sus argumentos se basaban únicamente en dos o tres principios, los mínimos exigibles para su intelecto cumpliéndolos al pie de la letra: un amigo en quien confiar, y sus hobbys favoritos, la práctica del tenis y el canto de la guitarra.

En consonancia con sus preferencias coleccionaba raquetas de ensueño, como si se tratase de un niño mimado por la familia con un arsenal de juguetes, provenientes lo mismo de países europeos que de allende los mares, las distancias nunca le amedrentaron, y para ello seguía la pista a los cabezas de serie, consiguiendo aquellas que más le fascinaban aunque calibrando en cada momento los distintos aspectos, bien la empuñadura o el tipo de red conforme al prestigio en el ranking internacional o por la calidad que encerraba.

Una vez saciada la vena deportiva, a renglón seguido se entregaba en cuerpo y alma a las veladas órficas, a los impulsos de la guitarra como un virtuoso, según apuntaban los más encendidos competidores, incluso los más allegados pese a la inquina montada en su contra, con esas hechuras cuando caía alguna en sus manos vibraba el ambiente de tal suerte que bailaba como un trompo hasta el gato que se tragó las raspas del pescadilla, cayendo durante la delectación en un profundo éxtasis al pulsar las cuerdas mediante el plectro con ágil pericia.

A veces se confundían el crujido de los huesos de Paco con la notas agudas del instrumento, lo cual le irisaba el ánimo como los rayos solares en los cristales de la ventana, y en tales casos no lo decía lo musitaba entre dientes pesaroso, ¡ojalá tenga suerte y me vaya antes de caer en el pozo, en un estado calamitoso de extrema dependencia y me tachen de anciano insonrible!

Cuando cruzaba el portal de la casa con el equipaje la familia repicaba las campanas respirando dichosa, como si le quitaran una pesada piedra del camino y se percibía en la oquedad de la casa un horizonte de alegría, inhalando aromas celestiales. Era obvio que los vientos familiares soplaban en otra dirección y apenas respetaban sus formas y aires vitales.

No era extraño oír por la escalera de la vivienda comentarios como:

-Es un desaborido – decía alguien soto vocee.

-Sería un castigo inmerecido, no quiero pensar que un día llegue a viejo y tenga que cargar con una persona anciana en mi hogar, lo que me faltaba, espero que Dios sea justo y se lo lleve a su santo reino antes, menuda cruz, y no te digo si quedara inválido en silla de ruedas, incapacitado para moverse, uuuf ¡qué horror!, Piliii, rápido, agua corre dame un trago de algo que me muero, por todos los santos del cielo, Virgen santísima del Perpetuo Socorro.- vociferaban los labios de Ángela.

La familia se frotaba las manos siempre que oteaba desde su atalaya la fuga, que vigilaban expectantes para dispararle de lleno por la espalda con las armas que guardaban en secreto detrás de la puerta junto al artilugio casero que utilizaban para acabar con moscas e insectos. Esperaban ansiosos como el perro a su amo sus salidas, y según transcurrían los años las reclamaban a voces con mayor urgencia.

Los viajes le daban aliento, formaban parte del sustento, era su modas vivendi, siendo ya algo muy normal en el entorno familiar, casi una necesidad, así que cuando traspasaba la puerta de la calle se afanaban todos en sus quehaceres propios con más ahínco si cabe y sin acordarse de él en absoluto, pese a no advertir el más mínimo eco de sus gruesas pisadas, el roce de las raquetas por entre las cortinas ni los suspiros de la guitarra que chocaban con los suyos, disminuyendo los decibelios a la hora del almuerzo o el zumbido de la cisterna al cruzar por el pasillo, desembocando en un descarado relajamiento de las normas de convivencia, yendo cada cual a su conveniencia, soltándose el pelo o acometiendo cuanto le venía en gana.

Los días se alargaban o acortaban como de costumbre según las estaciones, la vida sigue, y es raro que se repitan en su totalidad, ya que surgen inesperadas briznas en el horizonte que tumban lo anterior, aunque la mutación se disfrace y llegue en ciertos aspectos con caracteres casi imperceptibles.

La hora de la entrada triunfal de Paco en la mansión no sonaba en el reloj. Aquellas semanas se hacían soporíferas, eternas, en esos instantes todos con la oreja puesta en sus pisadas, a la espera del regreso.

Sin embargo la familia por otro lado dormitaba en el fondo tranquila en la sala de estar y elucubraba con distintas resoluciones hipotéticas, que acaso se le habría acumulado el trabajo, lo que serían unos chispazos de buena salud, sobre todo económica, lo que era un signo de regocijo y orgullo para todos, o que se hubiese presentado algún contratiempo en el viaje, pero sin que generase apenas ningún nerviosismo en el ambiente.

Se sucedían las noches y los días y seguían sin noticias, no sabían nada de su paradero, le telefonearon pero no daba señales de vida.

Al cabo de más de veinte días de lo acostumbrado la familia comenzó a moverse. Lo encontró la policía dentro del vehículo con el cuerpo embotado, la boca abierta y el corazón partío. El forense determinó el veredicto, un infarto había acabado con él a orillas de las tranquilas aguas mediterráneas donde tenía el refugio, y ésa fue su mayor frustración porque le hubiera encantado haber pernotado en su apartamento por los siglos de los siglos.

En este caso se cumplió a rajatabla el proverbio popular, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. La maltrecha viuda se quedó en la gloria de los justos, pero deseaba que no le saliese gratis el viaje al barquero de Caronte, y nada le impidió arrojarse a las llamas del averno para rescatar de sus garras al pobre Orfeo con su rico seguro de vida, lo que sin duda creía que le pertenecía, una suculenta suma de las finanzas del fallecido.

Se presentó a todos los programas basura de televisión como el que no hace la cosa y como un buitre carroñero fue picoteando por los distintos canales abriendo en canal el cuerpo y los secretos del difunto, haciendo valer los llantos y la pena que la embargaba, que vivía sumida en una tremenda depresión, que no probaba bocado desde que lo perdió ni dormía de noche ni de día y todo por mor del amor que sentía por él, y así a salto de mata sacar la entrañas al extinto si hiciera falta llevándose una buena tajada.

sábado, 20 de junio de 2009

La inmortalidad

LA INMORTALIDAD
Por Nekovidal

Mi primer cuerpo del que tengo memoria, el más denso, surgió de materia inanimada a finales del siglo XXI, cuando la cotidianeidad de los ordenadores cuánticos de quinta generación permitió grabar no sólo las memorias vitales, sino la misma personalidad única de cualquier ser vivo. Toda una vida en un disco minúsculo, todas las emociones pasadas, todo. Cada disco constituía en si un programa complejo que seguía desarrollándose interactivamente en el momento en que era ejecutado. Cada vida entraba, una vez liberada del cuerpo, en un juego de árboles fractales de conciencia.
Ese fue el comienzo, luego fuimos, poco a poco, librándonos de todo tipo de materia y sus servidumbres, hasta que toda la vida consciente del mundo discurría, apenas dos siglos más tarde, y en forma de energía, por la fina capa de gas que recubría el planeta. Continuamos avanzando, el gas nos resultó pesado y nosotros, que ya sólo pensábamos colectivamente, deseábamos la levedad absoluta, alas aún más ligeras que el viento.
Y así llegamos a la luz, a viajar en fotones a través de espacios enormes que antes apenas podíamos mensurar. Y así pudimos, por primera vez, observar y leer atónitos el libro maravilloso que se extendía ante nosotros cada noche de cielo estrellado. Aprendimos que cada rayo de cada estrella era un mensaje, una idea o un poema, algo aprendido por algún ente en algún recodo del universo que era lanzado en un mar de estrellas para ser descodificado por cualquier especie que hubiera llegado a ese estado evolutivo. Dejamos de formar parte de las especies agresivas que competían por el control de un espacio que creían con derecho a llamar suyo. Fuimos, cuantos más fuertes y sabios, más ligeros, y ya mirábamos con sonrisa benevolente a las especies mortales que nos llamaban dioses.
No recuerdo mi edad, pero sé que hace mucho que habitamos esta estrella.
Y aquí estoy, estamos, ya inmortales, intentando imaginar que es la mortalidad como nuestros antepasados anhelaban o intentaban concebir la inmortalidad. Abandonada la angustia del deseo, de la incertidumbre material, sin miedo a nada, pues nada puede destruir cuanto no somos y sólo la sutil fuerza de una idea decide que somos o dejamos de ser. Ahora soy tan sólo un rayo de luz, uno de los trillones emitidos cada segundo por esta estrella que es y será nuestro hogar durante millones de años.
Atravieso una ventana y me poso, a flor de piel, sobre las manos y rostros de quienes han trasladado sus pesados y primitivos cuerpos de materia densa a un cubículo al que llaman Aula 11 y me encuentro con antepasados que escriben con nostalgia sobre un futuro que aún no saben que es su pasado y que apenas pueden imaginar.
Nekovidal 2009 – nekovidal@arteslibres.net

sábado, 13 de junio de 2009

Economía Sostenible

Economía sostenible
Por Alicia Gaona

Quiero dejar los dogmas y las doctrinas, para tanto genio como hay suelto en este mundo. Ellos saben opinar, razonar, han estudiado horas interminables sobre economía, sociología y los fenómenos varios del desarrollo de la humanidad.
Mi visión tal cual lo ve una persona con una instrucción media normal e intereses bastantes alejados de lo económico, esta basada justamente en la ignorancia, en la ignorancia que permite tener sueños, crear utopías y tratar de llevarlas adelante.
La mayoría de los progresos que se han dado a lo largo de la joven historia de la humanidad han sido porque alguien, creyó y puso fe en un proyecto, la mayoría de las veces, tachado de sin razón por el resto de sus congéneres.
Si bien las falencias del sistema capitalista ya se han demostrado a lo largo de mas de un siglo, no es menos cierto que también quedaron demostradas las mismas de otros sistemas no menos ponderados, aunque sí combatidos por el capitalismo acérrimo. Esto me conduce a tratar de imaginar en los albores de la humanidad cómo manejaban sus economías, que si bien básicas y rudimentarias, aparentemente, conformaban o por lo menos alentaban al crecimiento de la especie. ¿Que como lo sé? Bueno, es bastante elemental ya que si no hubiese sido así, no estaríamos hoy adonde estamos. Pero ¿adónde estamos y cómo estamos? Llegamos a un capitalismo salvaje adonde el que puede, no quiere y el que quiere, no puede. Y esto no sólo es un juego de palabras, es la más triste realidad.
¿Qué hubiera sido de muchos visionarios, de los que hoy disfrutamos sus genialidades, si no hubiesen tenido un esponsor que los ayudara a llevarlas adelante? Hoy por hoy cuando una persona o un grupo de personas tienen una idea, tiene que bregar con las entidades financieras, que piden complejos proyectos, para los que normalmente tampoco se tiene dinero, para poder demostrar esa famosa frase de “la viabilidad del proyecto”. Es así como la mayoría de estos mueren antes de empezar. No digamos ya si nuestro proyecto sea el que fuere, se contrapone a intereses tan espurios, que sólo ven en la idea una amenaza a su propia supervivencia.
De tal manera una economía sostenible es muy difícil de llevar adelante. Los elementos que todos conocen como sus componentes, son los mismos que conservan a los legisladores en sus bancas, los jueces en sus estrados y los pastores (de cualquier culto) en sus pulpitos.
Llegado hasta aquí, podríamos decir que la economía sostenible si la resumimos en la más elemental definición es:
La que respeta el medio ambiente y la ecología natural del planeta, comprendiendo en ella desde la hormiga hasta el ser humano.
Y justamente son los mismos elementos que la componen los que día a día son agredidos y violados, por seres humanos que considerándose a sí mismos el último eslabón de la cadena, ya sea por: merito propio, herencia o caradurez, se sitúan como los indispensables y dirigentes de toda clase.
Lo que llamamos hoy por hoy democracia, es lo más lejos de una democracia. Hoy el poder y el gobierno, ya no son la misma cosa, hoy el gobierno y el pueblo, tampoco lo son. De alguna manera, la responsabilidad, por ser mayoría, recae en el pueblo, pero evidentemente, éste, no está preparado para dar el salto, a cambiar verdaderamente los ejes del poder.
La economía sostenible, tiene que hacer un largo camino docente, enseñando a los que no lo saben que “otro mundo es posible”, que la voluntad de cada uno suma, que somos nosotros mismos los que seguimos alimentando el capitalismo salvaje que nos aqueja, con nuestra sangre, cuando renunciamos al poder de elección que todos tenemos y deberíamos ejercer. ¿Cómo?
Olvidando lo que a casi todos nos ha alimentado los últimos años; dejar de lado las marcas, la publicidad, casi siempre engañosa, volviendo a los orígenes; cuanto más nos recatemos en nuestras compras, cuanto menos necesitemos del sistema, cuando volquemos nuestra mirada a la vida natural, recurramos a las hierbas de los montes y olvidemos las farmacias, cambiemos el coche por la sana costumbre de caminar… y así con tantos actos que hacemos día a día maquinalmente y sin concienciarnos de lo que implica, siendo estos actos los que alimentan a nuestros oponentes. Si logramos no necesitarlos, más tarde o más temprano deberán empezar a respetarnos, ya que su oportunidad de sobrevivir al igual que los vampiros está en que nos dejemos chupar la poca sangre que nos queda.

domingo, 7 de junio de 2009

¿Quién cerró la puerta?

¿Quién cerró la puerta?
Por Diego

Un cura de sotana negra, redonda y fofa, un grueso cilindro con píes, mal afeitado y con el pelo a cepillo. Aliento pestilente mezcla rancia de tabaco y anís. Abrazo pegajoso y tenso violando su intimidad. Había más niños esperando, junto al confesionario, y su presencia no hacía sino agravar el malestar.
- Esos tocamientos… ¿Lo has hecho solo o quizá en compañía de otros niños?
- Bueno, alguna vez había otro niño.
- ¡Ah! ¿sí? ¿Cuántas veces? ¿Cómo se llama el otro niño? ¿Y dónde os tocabais? ¿Quizá en “esas” partes? ¿Te gustaba, sentías placer?
La confesión duró una eternidad, cada detalle buscando nuevos detalles. Pedro únicamente dejó escapar los sudores una vez que se encontró en la soledad de su banco, arrodillado mientras rezaba su penitencia. Rezaba maquinalmente, como casi siempre y el pecado, lucifer, dirigía su imaginación. Estaba con otro niño y se tocaban y era horrible, peor aún, era agradable. Estuvo a punto de tener una erección, aunque él no sabía lo que era.
Terminó con rapidez sus rezos aunque añadió tres avemarías por si acaso y se dirigió a la salida. Seguía sudando pese al frió de la nave. El “bola”, su confesor ocasional, lo fijo con una sonrisa que parecía decirle: “Sé lo que estás pensando”.
Tembló. No podía quitar de su pensamiento la imagen de su compañero, desnudo, bajo la cama. Recordaba el agradable calor de su cuerpo mientras jugaban sobre el frió suelo.
No volvería a hacerlo más.
Por la noche su compañero lo miró cuando se estaba desnudando y rápidamente bajo los ojos, se metió en la cama y se tumbo de lado.
Desde el día siguiente, Pedro se escondía en las letrinas durante el recreo y rezaba el rosario, mientras escuchaba las obscenas, jocosas, desvergonzadas conversaciones de algunos de los niños mayores que hablaban de sus partes pecaminosas con total desenfado. Las puertas no tenían cerrojo y temblaba de vergüenza pensando que pudieran descubrir lo que estaba haciendo, pero al menos él tenía la certeza de que no iría al infierno. Como Jesús, él se dejaría crucificar para así después reunirse con Dios en el cielo. De repente la puerta se abrió con un violento empujón que casi lo derriba sobre el retrete a nivel del suelo. Un cura enorme lo miraba con ojos asombrados:
- ¿Qué haces aquí?
- Re…rezando.
- ¿No sabes que esta es la hora del recreo? ¿Y no te da vergüenza rezar en un sitio tan sucio? ¡Fuera de aquí inmediatamente!
Pedro salió corriendo, con el rosario en las manos. Algunos niños habían oído os gritos y esperaban fuera atentos al desenlace. Cuando Pedro salió sus risas lo persiguieron más allá del campo de baloncesto. Corrió hasta los jardines y se escondió en lo más tupido de la algaida. Enterró aceleradamente el rosario y cubrió el montoncillo con hojarasca, sin dejar de temblar. Su corazón angustiado batía aceleradamente mientras su mente buscaba una manera de quitarle la vida.

domingo, 31 de mayo de 2009

Las tres llaves

Las tres llaves
Por Lola Carmona

Aquel día Samuel no esperaba nada porque no había nada que lo esperara. Estaba en uno de los momentos más bajos de su existencia, en esos que todo se pone en contra y nos aprisiona dejándonos sin esperanza. Ensimismado en negros pensamientos caminaba cabizbajo por una calle oscura y solitaria cuando algo le llamó la atención, un bonito sobre dorado que. Enseguida algo dentro de su cerebro se movió, creo que le sorprendió un toque de ilusión. Cambiando el gesto lúgubre del rostro por una sonrisa lo recogió del suelo, mirando con recelo a su alrededor, por si alguien se lo quería arrebatar y lo abrió con bastante nerviosismo.
El sobre contenía una invitación para ir a una casa, no ponía nombre, sí una dirección e incluía 3 llaves. Una era antigua, grande y de hierro, otra era de las más normales en las casas actuales y la última era la más extraña de las tres, transparente, pequeña y sus dientes formaban pequeñas figuras difíciles de distinguir.
Inmediatamente traspuso en dirección a la casa y mientras caminaba se sumergió en todo tipo de lucubraciones que explicaran la invitación, razones, personajes y todo lo que rodeara a esta.
Cuando llegó vio una casa algo solitaria, al final de una calle y cerca de un parque olvidado por encontrarse lejos de todas partes. La casa tenía las ventanas cerradas y parecía estar deshabitada desde casi siempre. Llamó al timbre y nadie contestó por lo que sacando las llaves comprobó que la más normal abría la puerta así que con timidez la empujó hasta poder contemplar su interior.
La puerta daba a un gran salón con una escalera de mármol que le pareció darle la bienvenida. El habitáculo disponía de escasos muebles ya que sólo contaba con un pequeño escritorio, una librería y una enorme mesa con sillas alrededor. Como decoración algunos libros, una lámpara de cristal grande de techo y un cuadro que llenaba el espacio. El cuadro era un retrato de un hombre mayor con bigote y barba que te miraba muy serio desde todos lados. Samuel se acobardó ante su mirada.
Una vez reconstruido por dentro o ahuyentado su pavor decidió inspeccionar el resto de la casa; para ello, subió la escalera en busca de otras habitaciones. Su sorpresa fue mayúscula al comprobar que la casa no disponía de más habitaciones que el salón y una buhardilla al final de la escalera con una puerta cerrada. Comprobó las llaves y descubrió que la de hierro era la adecuada así que con algo de sigilo y mucho miedo la abrió. Allí sólo había una cama muy vieja, un gran espejo y una ventana de madera que parecía romperse cuando quiso abrirla.
Algo no cuadraba allí. No había cuarto de baño, ni cocina, ni dormitorios, ni armarios… ni muchas de las cosas que consideramos fundamentales y que en aquella casa no aparecían por ningún lado.
Cansado como estaba, Samuel se echó en el camastro y fue cayendo en un sopor que dio paso a un profundo sueño donde se veía como dueño y señor de la casa. El salón empezó a llenarse de personas y objetos. Mas tarde cambiaba constantemente de forma, tamaño, color. ¡Parecía tener vida propia! En él surgían y desaparecían gran cantidad de objetos, personas y vivencias como si fueran parte ígnea de un volcán en ebullición. Todo parecía fluir entrelazándose sin orden y sentido para desaparecer dejando sitio a otras vivencias.
Samuel contemplaba el espectáculo mientras intentaba descubrir lo que allí surgía. Se sorprendió cuando encontró cosas que desde hacía mucho tiempo no había visto: el coche que le regaló su abuelo cuando cumplió 9 años, la chica que le gustaba en el instituto, las discusiones con sus padres y parejas, problemas personales, su situación económica… Entonces se dio cuenta de que eran sus recuerdos y él vio una gran cadena que los ataba a ellos. La cadena larga y con bifurcaciones se ramificaba por todos lados. Descubrió que en la parte alta estaba el coche que deseaba, mucho miedo se escondía debajo de la cama, encima el sexo más deseado, poder, reconocimiento, aplausos. Los colores eran mucho más nítidos y contrastados que los recuerdos pues en la buhardilla estaban sus ilusiones, sus miedos, sus esperanzas.
La cadena cada vez le pesaba más y no se le ocurría como quitársela hasta que se acordó de la 3ª llave, la más extraña. La buscó como pudo aunque tuvo que utilizar todas las retahílas que le enseñaron para poder encontrar los objetos perdidos. Sin saber cual fue la que le corresponde el mérito, la llave apareció. Lo malo es que no había cerradura en la cadena por lo que empezó a fijarse en las figuras que componían la llave. Encontró un hombre y al fijarse mucho reconoció que le recordaba a su padre así que girándola hacía donde estaba él notó como su imagen y la cadena que lo agarraba desaparecía. Para cada recuerdo tuvo que seguir los mismos pasos. Las ilusiones y los miedos se escapaban y escondían con rapidez por lo que no podía soltarlos, pero comprendió que estos se apoyaban en recuerdos por lo que poco a poco conforme estos desaparecían los otros se debilitaban también.
Al cabo del rato y con el trabajo terminado se acercó al espejo y comprobó bastante asustado que no era él, sino el anciano del cuadro. Había envejecido de repente 30 o 40 años. Cuando se volvió, la sala estaba vacía, sin cadenas y él se despertaba en aquella destartalada cama.
Cuando Samuel se levantó fue raudo al espejo pero no quedaba rastro del sueño. Él seguía siendo el de siempre salvo por una mirada algo extraña que le pareció percibir.
Bajó las escaleras y todo parecía estar como al principio. Su mirada descubrió el cuadro en el que no estaba el anciano pues ahora era su retrato.

sábado, 30 de mayo de 2009

Las tres Llaves

Las tres Llaves
Por Franjamares

No he cejado de pensar en la invitación desde que ayer la recibí. La suerte parece haber llegado por fin a mi vida. Ese anagrama de pantalla líquida con letras y signos ilustrados, ha caído entre mis manos en el momento justo. Presiento que ese visado en forma de mensaje, es la puerta abierta que estaba esperando y que tengo la intención que atravesar. Podré tentar ahora la intimidad de una mujer que hasta el momento se me resistía. En algún lugar leí que cuando una mujer pone sus manos sobre tu cuerpo, es decir: cuando una mujer te toca, quiere decir que cuentas a tu favor un alto porcentaje de éxito para acostarte con ella. Ayer por la tarde me tocó en dos ocasiones, una vez en los hombros con ambas manos, la otra en el brazo. Y ahora este mensaje. “Necesito tu opinión, tengo una pregunta importante…
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lunes, 25 de mayo de 2009

La mariquita

Por Noemí hernández Hidalgo

Era grande y bastante gorda. De color rojo brillante. El pequeño Diego intentaba contarle los lunares a la mariquita que descansaba tranquilamente en la hierba del patio de los abuelos.

“Mamá, mamá, creo que tiene ocho” gritó Diego emocionado.

Cogió al mariquita y la puso entre sus manos. “Voy a buscarte una caja de cartón para meterte dentro, le susurraba Diego a la mariquita. Le haré agujeritos para que respires y te pondré hierba todos los días. Serás la mariquita más feliz del mundo y seremos amigos para siempre, y te contaré los lunares todos los días. Seguro que te salen más y así tendré la mariquita con más lunares del mundo”

Tres días más tarde su madre pasó por delante del cuarto de Diego y le vio ensimismado mirando la maquita.

“Hey, peque, ¿qué haces?”

“Miro a Juana, a ver si hace algo, pero no hace nada. Y tampoco le salen más lunares”

Su madre se rió y se sentó junto a él.

“Y además de que se la multipliquen los lunares, ¿qué esperas exactamente que haga Juana?”

“Pues no sé, quiero que vuele o algo”

“Pero bueno Diego, ¿cómo pretendes que vuele si apenas le abres una rendijita de la caja?”

“¡Pero es que si la abro más se va volando y seguro que no vuelve!, protestó Diego. Y ya nunca más la veré”

“Pues no, seguro que no vuelve, le respondió su madre, pero si no lo haces tú no habrás visto volar a tu amiga, y ese es un recuerdo que seguro que nunca se va a ir de tu cabeza. Además, tú querías que Juana fuera la mariquita más feliz del mundo, y seguro que ahí encerrada echa mucho de menos a las otras mariquitas, y pasear por el césped, y volar de flor en flor…”

Diego se quedó pensando en lo que su madre le había dicho. Y ese día aprendió que en la vida todo requiere tomar decisiones que siempre significan ganar un algo y perder otro algo. Y para hacerlo lo mejor posible podemos, y debemos, sopesar los pros y los contras, y siempre siempre siempre pensar en la felicidad de aquellos a quienes amamos incluidos nosotros mismos.

“Te voy a echar de menos Juana” decía Diego despidiéndose con la mano.

Acróstico de Entrelíneas


ACRÓSTICO DE ENTRELINEAS



Enfrenta

Nuevos

Temas

Razonando

Estructuras

Libres

Intentando

Nadar

En

Abiertas

Sonrisas

Nekovidal 2009 – nekovidal@arteslibres.net

miércoles, 13 de mayo de 2009

Atrapada en el tiempo


ATRAPADA EN EL TIEMPO

Por Carmen María

Atrapada en el tiempo que no era suyo, Libertad se deshacía cada vez que tenia ocasión en cumplidos hacía su padre, año tras año perseguido por el yugo franquista.

Aquella tarde de noviembre estaba algo nublado en Valparaíso, sin embargo el verano estaba próximo, los días se sucedían más largos y las altas temperaturas incitaban al ocio.

Blas había dispuesto cerrar la tienda de comestibles que regentaba e invitar a Raquel a ir al cine, en esta labor se encontraba cuando Don Gabriel, el vecino de enfrente vino a avisarle.

-Don Blas, conferencia desde España.

-Cierra tú la cancela, Líber -gritó a su hija

Y se apresuró a coger el teléfono.

-¿Sí?, ¿quién llama?

-Blas hermano, soy José desde España.

-Hola hermano, cuanto gusto escucharle

- Blas tengo que decirte algo muy importante; ya puedes venirte a tu pueblo, el caudillo ha muerto.

Un gélido silencio se escuchó al otro lado del auricular

Tan sólo el llanto de aquel joven cargado de ideas de sublevación y revueltas se oyó durante buena parte de la charla.

Cuando Blas regresó a su casa apenas pudo balbucear algunas palabras que no fueron entendidas.

Y apresuradamente fue hasta la cocina a encender la radio.

-Papá, papá ¿qué te pasa ha ocurrido algo en España?

Que si ha ocurrido, pues claro que ha ocurrido algo, el miserable ha muerto.

Aquella noche Blas celebró la inminente vuelta a su patria y no paró de hablar de Antonio, de Miguel, de Pepín , sus amigos de siempre, poder abrazar a sus hermanos los que aún le quedaban vivos y beber agua hasta hartarse de la Fuente Cantarero.

Libertad estaba muy feliz puesto que por fin su padre podría abrazar la idea que albergaba desde hacía tanto tiempo Sin embargo, toda la dicha se ensombrecía al pensar en no volver a ver nunca más a Jorge Godoy, el joven del que estaba ennoviada a escondidas de sus padres desde que empezó en la facultad.

Ella era conciente de que un día se irían pero lo divisaba lejano y de repente el tiempo se había transformado en algo tan próximo que las siguientes navidades para las que todavía faltaban un mes, pareciera que iban a celebrarse al día siguiente o incluso esa misma noche.

La historia se jactaba en repetirse, volviendo a extraer raíces y retornando a un forzado exilio.