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viernes, 17 de julio de 2009

Olores y perfumes


Olores y perfumes

Por Diego
Al bajar del avión fue a recoger las maletas. El asombro por todo lo que veía a su alrededor le impedía pensar y se dejó empujar por la multitud hasta la cinta por la que desfilaban los equipajes. Iban desapareciendo a gran velocidad y se preguntó si en aquel desbarajuste su maleta no desaparecería antes de que pudiese siquiera localizarla. Al poco tiempo, lo que le pareció un fantástico milagro, la localizó e, imposibilitado por el gentío para acercarse en su dirección, esperó pacientemente que llegase a su alcance, dudando siempre que alguien no se le adelantase. Las extrañas condiciones en que se desenvolvía todo le hacían desconfiar de todo y de todos. El milagro se realizó plenamente y pronto tuvo consigo sus queridos enseres, en realidad nada de lo que no hubiese podido fácilmente prescindir. Le sirvió sobre todo para relajar su ansiedad expectante.
Con la maleta en la mano se dirigió a la parada del autobús del aeropuerto. Pagó una suma insignificante a alguien que le ofreció un papel arrugado e indescifrable y con el en la mano subió al autobús.
Aún quedaba algún asiento libre y se sentó. Al poco entraron varias familias y se levantó para ofrecer su asiento a una anciana. Esta lo miro extrañada y no se inmutó. Quince minutos después el vehiculo rebosaba de viajeros y equipajes y permanecía con el motor apagado. Cuando por fin se oyó rugir el motor el contacto entre los cuerpos allí amontonados era exactamente el mismo que el de las sardinas en una lata. El aire había dejado de moverse y la temperatura, ya de por sí bastante alta, había subido algunos insoportables grados. El olor a humanidad iba sustituyendo al oxigeno y pronto se vio haciendo esfuerzos para respirar.
El autobús tomó por una autovía en construcción y con un lento ronroneó fue recorriendo sus baches. Esbeltas mujeres semidesnudas, descalzas, portaban espuertas de esparto llenas de tierra sobre sus cabezas.
El hormigueo de trabajadores era apabullante. Luís observaba todo con los ojos muy abiertos pese a la intensa luminosidad del día.
Cuando llegó al centro de la ciudad y descendió del autobús sintió como una bofetada de olores de todo tipo, imposibles de identificar como perfumes diferenciados. Sus sentidos se sintieron inundados por aquel caos de sensaciones.
“He llegado a mi destino”, se dijo.

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