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martes, 29 de diciembre de 2009

El Áura de Navidad

Por Diego Pérez Sánchez

Aquel descubrimiento del siglo XXI de que el cerebro y la mente no eran más que una misma cosa exponenció el cambio. Para algunos la noticia fue un alivio. El libre albedrío y todas esas supersticiones habían quedado enterrados definitivamente. La mente se movía por pura respuesta a estímulos externos. La Nueva Era y todas las religiones que aún se propagaban en aquel tiempo quedaron fulminadas. Ya no habría más danzas del fuego, no más navidades, no más culto a ídolos de ninguna idea; la autoayuda era una ficción, toda la espiritualidad no era sino un placebo. Artes, literatura, música o poesía eran simples juegos automáticos, que respondían a programaciones cerebrales que se habían creado, a su vez, en respuesta a situaciones emocionales, que a su vez respondían a programas de supervivencia, en un big bang de respuestas condicionadas.

Otros, en cambio, recibieron la noticia como un jarro de agua fría. Sus programas mentales les habían condicionado a valorar en extremo sus capacidades egóticas, a menudo para salvaguardar su supervivencia. Habían estado sometidos a situaciones extremas en algún momento de sus vidas y, para la supervivencia de su cerebro lógico, para evitar perder el control racional, se habían refugiado en ideas idealizadas, supuestos fijos, que ahora les impedían adaptarse a la nueva situación. Sus cerebros se habían encallecido y esa rigidez resulto fatal para su supervivencia: los suicidios fueron masivos.

Algunos sobrevivieron gracias a la actuación apresurada de los psicocirujanos que sometieron sus cerebros a ondas magnéticas unidireccionales, mientras daban tiempo a la obtención de suficientes órganos cerebrales para su oportuno trasplante.

Los más adaptados comenzaron a crear proyectos de desarrollo en las nuevas circunstancias. Sus planes se basaban en la intuición, único recurso fiable: toda idea que hubiese necesitado más de un segundo para aparecer en su consciencia era inmediatamente desechada como inútil por contaminada. El tiempo les dio a razón, y, al cabo de pocas generaciones, la mente funcionó por sí misma, como el corazón y el resto de órganos vitales, dejando así que la vida se desarrollase con toda libertad.

Fue quizá este proceso evolutivo -aunque algunos no descartan alguna mutación genética provocada en el tiempo de la aún no explicada salida de Giclas de su orbita, la enana marrón a 50 años luz de la Tierra- lo que originó el enorme desarrolló del aura, y con ello el inicio de la tecnología de transformación bidireccional de materia en energía que nos permite hoy día, inseminado mío, los viajes interplanetarios, que tanto te gustan.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Microrrelatos-Sara Vidal Tanaka


MICRORRELATOS - Sara Vidal Tanaka - (I)


Era un niño que quería llorar copos de nieve. Viajó muy, muy lejos hacia el norte buscando el frío necesario para ello, pero no lo conseguía.

Desistió. Creció. Se convirtió en un adulto más, ridiculizando en su mente todo lo que uno quiere olvidar para no sentirse ridículo.

Un día llegó a helarse por dentro lo suficiente como para cumplir su sueño infantil.

Pero ya no podía saberlo.

Ni siquiera recordaba cómo se derraman las lágrimas.

(Entre lo imposible y lo inalcanzable)

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Fijaba la vista en una nube y me engañaba hasta convencerme de que era yo el que se encontraba en movimiento.

(Sugestionables días de viento)

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Dos espejos frente a frente, a diez centímetros de distancia; y en un lugar equidistante de ambos, flotando en el aire, una pequeña esfera negra.

¿Cuántas esferas se reflejan en los espejos?

(Puntos de vista)

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Moría, me desintegraba, me volvía a recomponer automáticamente. Al igual que todos los que me rodeaban.

Y estaba más preocupado en discutir que ya no se podía decir que estuviéramos “vivos”, puesto que no podíamos morir, que en alegrarme o alarmarme por la novedosa noticia de la inmortalidad.

(Filosofando hasta la muerte)

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Abría los libros y estaban totalmente en blanco. No quedaba un solo libro escrito en la faz de la Tierra, porque todas las letras habían decidido ir a suicidarse al mar.
(Huelga de cultura)

sábado, 12 de diciembre de 2009

La sinestesia



Por Pepe Guerrero

La vida se hacía insoportable en el planeta. Hasta los gatos no saciaban sus sentimientos. Los gestos cansinos y monótonos afloraban por los rincones. El letargo obligado de los moradores ya harto enfurecidos alargaba sus garras por los recovecos más recónditos sin ningún miramiento y fue proliferando como setas en el bosque dormido de la vida. No arribaban soluciones a fin de evitar la mortandad incomprensible que se expandía calladamente en mitad de la tormenta.
EL mundo de los humanos no caminaba alegre, satisfecho; iba como viejo navío haciendo aguas por todas partes. La vida peligraba y las criaturas se habían quedado estupefactas, inmóviles, sin voz en las gargantas, sin armas ni entusiasmo. Adolecían de empuje, de una efusión rabiosa que derribara los muros de su existencia.
Todo ello hizo que estallaran las metralletas del arte, la pintura, la música, la escritura, la escultura. Las palabras pronto sacaron el pie del tiesto, se soltaron el pelo y se echaron a la calle exhibiendo sus mejores galas. Nunca habían visto la luz esos fenomenales fonemas tan disparatados e incoherentes a simple vista. Siempre habían sido abortados, tildados de sórdidos o antipáticos, no se sabe el porqué.
Las nuevas corrientes no tardaron demasiado en florecer. Un buen día, allá por tierras helenas y romanas se bajaron los pantalones los industriosos de la creación ante el expectante foro que los contemplaba, y se fueron tatuando e inundando los papiros, los papeles, los muros y las pizarras de fisonomías y posturas nuevas, imágenes inéditas, metáforas inimaginables, surgiendo de su vientre, de su ferviente tinta un hermoso y genuino hallazgo, la locura del vocablo en carne viva, lo que todos estaban ansiosamente buscando.
La túnica de la sinestesia, como el manto de la tarde, fue cubriendo dulcemente los sembrados de los cultivadores de la escritura, Se disfrazaron a ojos vistas de los más incrédulos, lo que se dice a lo bestia, de forma que no los conociera ni la madre que los alumbró en una noche tan especial. De repente los colores, los números más dispares se pusieron el mundo por montera y exclamaron todos a una, revolución, subversión, adelante mis compinches, esta batalla la vamos a ganar, y pasaremos a los enemigos de la mezcolanza de los sentimientos, del universo sensible a sangre y fuego de besos irrepetibles e irreparables.
Hasta aquí hemos llegado, pensaron, y desde ahora en adelante la tristeza será dulce si la untamos con rica miel de la Alcarria, y la tarde la haremos de plata de ley, o para que no sean menos los esbeltos álamos del río los vestiremos de púrpura para oírles murmurar en una fuga de almíbar.
Los hombres opinaban que las desdichas todavía tenían remedio y cirugía, que estaban a tiempo, y empezaron a disfrazar y enriquecer las sensaciones en una gigantesca caldera donde echasen a hervir exquisitos cócteles de fríos o chillones colores y sordas alegrías que asomarían con su pico y ojos por un cálido horizonte de perros, o acaso nubes de chispeantes golondrinas como antesala de una primavera nunca jamás vivida.
En un esplendoroso repertorio de flautas, guitarras, acordeones y pianos de verdes sonidos, bailarían sevillanas en la bruma de la vida, besándose con la mirada y acariciando con el resplandor del alma los alientos más sutiles o pusilánimes.
Entre tanto la humedad de oro de su mano relucía en la lejanía del collado sobre los roncos pasos de una tierra amarga, que sin embargo se sentía acariciada por el azul claro de un refulgente amanecer, una inolvidable y maciza alborada brotando cual cristalina agua del firmamento.