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sábado, 18 de septiembre de 2010

La casa por la ventana


Lo más destacado de la casa son sus ventanas, ventanas altas y bajas, a un palmo del suelo, andaluzas, bellamente enrejadas, más por la belleza de su forjado que para impedir el asalto de posibles ladrones, sus valores materiales, aunque lo hay son humildes, y mantienen a una familia generosa y desprendida. Ya se sabe que los mayores ladrones entran sigilosamente en tu casa y en tu bolsillo por otros lados, puertos francos del ladrón de cuello blanco, ineludibles en esta sociedad de papel moneda, dinero deuda que no es más que extracto digital en una red de usura. Pero la economía no preocupa a Aurora, matriarca de la casa, sultana Azahara y hasta madre milagrosa de este rincón del mundo. Pues no pasa un día en que su voz de agua vivifique las corrientes de la vida familiar que ella bien sabe que son lo único importante, la vida misma, un espacio de convivencia, un recinto privado en mitad de la calle, bañado con la luz que a todos alumbra. Allí las vecinas y vecinos son a menudo intimidad de tranco, las menos veces cal y canto, y siempre un continuo visillo o una hiedra de tapia con sus raíces en otro domicilio. Aurora sabe que hay que dejar en la puerta la película diaria, respirar en el recibidor el aroma de casa, calzarse las babuchas de la humildad, buscar una prenda sincera y, viendo oportunidades más que problemas en el día a día, tomarse el baño reconfortante del cariño.
Ella lo oyó de su abuela, que era guapa, elegante y escribía largos poemas, y su abuela a saber de quien, decía que las personas son como las cebollas, tienen dispuestas sobre sí distintas capas, veladuras que envuelven otras. Unas son los deseos del cuerpo y sus pasiones locas; otras la hipocresía, la vanidad, la simulación de aparentar lo que no se es; que siempre te adoren y obedezcan sería otra de estas capas, y la avaricia y la envidia las más gruesas y profundas. Si comienzas a mondar tu propia cebolla, y poco a poco te vas deshaciendo de casco tras casco, de veladura tras veladura: ahora los deseos vanos, ahora las vanidades, las envidias también; al cabo, después de llantos incontenibles y picor en el alma, tras la última capa: no hay nada. Sin embargo Aurora prefiere contárselo a su nieta de esta otra manera, libre de velos revive la nada, el espacio vacío entre los latidos de la vida, que es el principio y final de todo lo creado, otra cebolla pero esta más trasparente todavía que la luz, más fina que las alas de los ángeles, y cuya esencia es el Ser, el silencio elocuente, la paz, la sabiduría, el amor de Cristo… ¡Y Al´lah!, exclama la amiguita de su nieta de nombre Jadiya, que muchas tardes viene a jugar a casa. Sí, cariño, Allah también.
La familia de Jadiya es descendiente de los últimos moriscos que fueron expulsados de Granada, pero también de otros muchos puntos de España hace ahora cuatrocientos años. Sí, Mi abuelo tiene la llave de su casa de Granada, es muy grande y la guarda en una cajita de taracea, dice Jadiya cuando se le pregunta. A los miembros de aquellas familias españolas los obligaron a echar la casa por la ventana, y a tirarse ellos detrás dejando allí suelo, ladrillos y mobiliario; es decir, a llevarse lo puesto y lo que apenas cogía en un arca, dejar sus casas, sus animales o sus huertas, subir en multitudes a un barco y arribar días después en otra orilla, en una tierra extraña, en la que con todo lograron salir a adelante, siempre con la nostalgia de su tierra. Allí les llamaron “los andaluces” y la cultura y costumbres que traían con ellos, ha permanecido hasta nuestros días. Incluso una niña como Jadiya, de nueve años, se atemoriza de las razones de tan magno destierro: Los grandes de España y sus cómplices de sotana no podían soportar el hecho de que los herederos de Al Andalus, además de llevar con elegancia, eficiencia y humildad los oficios y la fuerza de la cultura que sus antepasados construyeron, osaran seguir prefiriendo su fe (o mejor dicho: su manera de experimentar el mundo y el camino espiritual) y le rezaran a Dios (para ellos Al´lah, el Único, el que no tiene copartícipes) más veces (cinco al día) y de manera distinta (por supuesto, esta idea, aun concebida por cristianos, no tenía nada de cristiana); y para colmo hablaban con Dios en otra lengua, la misma en la que fue descendida la palabra recitada del Corán; una lengua que había corrido en tinta científica, filosófica y literaria durante siglos en esas mismas tierras, que había convivido con el romance hasta que éste se hizo castellano aportándole miles de vocablos. Por estas cerrazones y envidias cerraron definitivamente España después de haberles robado católicamente a los millones de moriscos el oro, la plata, las casas y las tierras; a muchos de ellos la vida en la hoguera, a todos el recuerdo y la repintada historia; pero nunca la dignidad. Tal vez en la escuela tampoco le alcancen a decir a esa niña de 9 años, que la expulsión de los moriscos constituye uno de los temas capitales de nuestra historia. Pues la tolerancia religiosa que había proliferado en la Edad Media, ejemplarizada en lo mozárabe, sefardí y mudéjar, (y hasta en el espíritu y letra de las capitulaciones de Santa Fe incumplidas al poco tiempo por lo cristianos), fue sustituida con la llegada de estos tiempos modernos, por esa política sectaria, inquisidora y asimiladora que los reyes católicos y sus sucesores impusieron en España.
Hoy Aurora recibe a su marido con una sonrisa que la delata y una pregunta indirecta, pero tan clara como el sol de la tarde de septiembre. ¿Qué día es hoy, Enrique? Él es un hombre alto y un poco cargado de hombros, siempre lo fue, aunque ahora con la edad se le acentúa todavía más. Alguien le dijo que muchos hombres llevan la curva de la felicidad en el vientre pero que él la lleva a la altura de los hombros; Enrique había agachado la cabeza muchas veces en su vida, pero nunca lo hizo por miedo o por cobardía, eso solo atrofia el gesto y encorva el cuello, él sólo lo hacía por respeto a la propia conciencia, que es una manera limpia de mirar el mundo y de vivirlo. Fue Siempre un hombre de fe, de esa fe no devota de ningún dogma religioso establecido, sino libre, destilada y decantada en el alma colectiva de su gente, por eso nunca desatendió a la razón. Recuerda las palabras del poeta: Si se intenta percibir a Dios por el camino de la razón conquistadora, Dios desaparece. Pero cuando la razón se descalza, mira el cielo desde la azotea, tira la casa por la ventana, y es capaz de entregarse, entonces se va desvelando el Misterio no como un enigma ni como una frontera, sino como el fondo sustentador del acto mismo del pensar. Y Ese Misterio nunca se puede averiguar, sólo se puede recibir.
Cierta vez, cuando Aurora ya entraba y salía de casa como una más, el tío Alfredo le desveló a Enrique el secreto de la convivencia en pareja. Consiste en dos cualidades principales, le decía como si la propia experiencia avalara sus palabras. Y debía de ser así, pues cada vez que lo veía con su mujer, la tía Encarna, siempre estaban haciéndose carantoñas o masajeándose los pies con una ternura de alfarero. Hay una cualidad para cada sexo, modelaba el tío su idea, que pueden ser también recíprocas y completarse con otras virtudes: el hombre tiene que darle a su mujer cariño: demostrarlo cada día, con un gesto, una palabra, una mirada…; el cariño es el mimo que toda planta precisa para que florezca; incluso en los momentos de enfado o reprimenda hay que usar un tono comedido y nunca deshonroso para ella. La mujer por su parte ha de darle a su hombre apoyo. Tener siempre dispuesto el oído y la atención para con sus cosas, abrirle su comprensión las más de las veces y estar a su lado en los momentos en que amenaza el traspié o la calamidad se avecina. Nada más se precisa para hacer que una pareja envejezca de la mano: cariño y apoyo.
¿Hoy?, pues creo que es 11 de septiembre, contesta Enrique con afilada ironía. Aurora tuerce el gesto y desvía por un momento la mirada. No se te ocurre nada más, pregunta de nuevo Aurora. A ver que piense… feliz aniversario, cariño, y el hombre la toma de la cintura para darle un beso. ¿Feliz aniversario?, dice ella esquivándolo. En mitad de la frase Enrique saca de su bolsillo una cajita de joyería. Felicidades, dice poniéndola entre sus manos. ¿La abres? Ahora mismo. La tapa se separa de la caja. Un anillo de oro blanco con un hermoso brillante surge en su interior. ¡Pero esto que es! Exclama con el fulgor de la piedra en sus pupilas. Un diamante de 50 quilates, los mismos que años llevamos en esta tarea. Esto será carísimo, ¿te has propuesto tirar la casa por la ventana? Prefiero gastar todo el dinero del mundo y agradecer que tú seas mi única y preferida anfitriona.
Franjamares,Septiembre 2010