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lunes, 12 de diciembre de 2011

El loco




Los estrechos límites de su localidad le asfixiaban. No tenía, por otro lado, medios para viajar a ninguna parte. Pero en su mente se dibujaban paisajes insólitos, mares por descubrir, personajes desconocidos que le llamaban en sus noches sin sueño. Enseñoreaban sus días cavilaciones sin término, deslizándose sigilosas formas entre la espesura de sus cabellos, hormigueando subrepticiamente por entre las corcovas de sus dedos, creándole una inquietud, un malhadado desasosiego que no le dejaba vivir.

Apenas sin darse cuenta se encontró en el camino. Un zurrón a su espalda guardaba sus posesiones. Una rama de sauce, tomada descuidadamente del camino, le apoyaba en su marcha. Se alejó por entre los cerros innombrables, cruzando ríos sin cauce y arroyos secos, guiándose por las estrellas en sus desveladas noches de insomnio. Por el camino desierto no encontró conversador alguno, salvo acechantes alimañas que no perturbaron su caminar ensoñado.

Después de muchas leguas pensó en detenerse para, como entendía ser de rigor, descansar. Pero no estaba cansado. Una incertidumbre lo poseía y lo impulsaba a avanzar, siguiendo los caminos o vadeando las aguas a su paso, sin meta y sin parámetros, como brizna en caída libre, representando un papel que no conocía. Sentía sus pasos flotar, como sin rozar la superficie, recorriendo en sordina, sin ruido de hojarascas, chasquidos ni chapoteos, avanzando a velocidad vertiginosa sobre una tupida superficie móvil que escapaba hacia atrás bajo sus pies, perdiéndose, enrollada como una alfombra, en la infinitud del pasado. Las montañas desaparecían convertidas en profundos valles y las llanuras aparecían y se transformaban en desiertos, para desvanecerse en espejismos sin cuento. Había olvidado cuanto tiempo hacía desde que dejo su lugar, pero la memoria lo había abandonado, o había quedado entre los enseres que dejó olvidados atrás. Todo parecía en movimiento salvo las estrellas que definían los límites del cielo. Fijaba sus ojos en ellas como intentando comprender su significado, si algún significado tenían, mientras sus pies seguían volando ágiles, insensibles a la materialidad de la tierra que ya no pisaban. Un canto monótono escapó de su garganta, acompasando el vaivén de sus miembros. Sintió como aquellos puntos luminosos lo atraían, cada vez con más fuerza, mientras una liviandad se iba apoderando de su cuerpo, que ya apenas sentía, como si flotase en un líquido efímero y temperado. Apenas percibió el momento del cambio, si lo hubo, cuando se encontró voluptuosamente sobrevolando la tierra hasta que fue perdiéndose como un punto más en el infinito espacio sideral.


Diego Pérez Sanchez.

lunes, 28 de noviembre de 2011

El Minotauro

Por Franjamares

Lo llamaban recelosamente la sombra y no era sino la vergüenza del hombre y el desliz de los dioses; peligroso al tiempo que de alta estirpe; un monstruo con cuerpo de varón y cabeza de toro, resultado de la unión entre Basifa, la bella esposa de Minos, seductora enamorada, y aquel toro de blancura deslumbrante que Poseidón mandara en señal de aprobación por parte del Olimpo del flamante reinado de Minos en aquella ínsula.

El Minotauro que así le pusieron por nombre al engendro, fue mandado encerrar. Eligió Minos para su perpetua ocultación un palacio en forma de laberinto, cuyas obras fueron diseñadas por el insigne Dédado, aunque éste las había cogido de Atenea, su ingeniosa mentora e iniciadora en las tareas del arte y de la industria.

Del interior de aquel laberinto nadie podía escapar, tampoco el Minotauro. Todo aquel que entraba en su seno, por voluntad o por accidente, quedaba cautivo de por vida de sus muros, y moría devorado por las soledades del hambre y del frío o por el propio monstruo que mugía sediento en sus entrañas.

El peligro, aunque oculto, seguía existiendo en su aciaga latencia, y para conjurar esta desgracia cada nueve años el rey Minos exigía de entre sus sometidos súbditos a catorce púberes vírgenes, siete varones y siete hembras, para que el Minotauro los devorara.

--Un momento, creo que te has desviado del tema, ¿qué tiene que ver toda esta historia con la psicología humana?

--Mucho, querida mía. Los mitos son nuestra forma de expresión más temprana. Es decir: a todos nos atañe la simbología de los mitos desde los estratos más profundos y esenciales de la psique, a cada persona como singularidad y a la humanidad entera como colectivo. Sería algo así como el modo de manifestar la “verdad sentida” que más se acerca a la realidad. Forma parte de un sistema puramente vital, que no conceptual, asentando su reino en los sustratos mentales más recónditos. Se puede decir que los mitos emergen desde el núcleo mismo de la conciencia universal. De ahí que sea irrelevante si un mito corresponde o no a un hecho real o histórico, siempre será real porque conforma cuanto sucede. Su realidad es más real que la realidad histórica, de la misma manera que un molde es siempre más real que lo moldeado (1).

--Visto así, Emilio, todo cambia. Puedes seguir con la leyenda Soy toda oídos. Mi profundidad mítica te escucha.

-Bien. Fueron pasando los años, hasta que a la sazón de la tercera demanda de púberes vírgenes, en joven Teseo llegó a la isla entre los jóvenes que iban a ser sacrificados. Teseo y Minos tenían en común una cosa, eran hijos de importantes dioses del Olimpo, Zeus y Poseidón, respectivamente, la luz y las profundidades, lo que le otorgaba a ambos rasgos de heroicidad innata, que Teseo demostraría en breve. Pero su primera experiencia fue con Ariadna, la hija de Minos, de la que sintió un amor repentino nada más conocerla.

Como mandaba el sacrificio, iba a ser encerrado con las víctimas pero antes, Ariadna, que también correspondía a su amor, le entregó un ovillo de hilo mágico, madeja proporcionada por Dédalo a demanda suya, diciéndole: “Abre la puerta de entrada al laberinto, pero antes ata el cabo suelto del ovillo al dintel. Y no temas, porque el ovillo, por sí mismo rodará por el suelo y, tras recorrer sinuosos caminos llenos de recodos, llegará hasta el escondrijo donde se halla el Minotauro. Debes sorprenderlo cuando duerma, momento en el que lo agarraras por los cabellos. De este modo el monstruo se te someterá y podrás llevarlo sagazmente a la luz. Y no te preocupes por el camino de salida, será suficiente con que vayas recogiendo hilo y así iras desandando lo andado alcanzando la puerta por la que entraste.”

Teseo procedió de este modo y logró llegar al escondrijo del Minotauiro. Lo halló adormilado y, como le aconsejado, con un movimiento rápido y certero lo trincó por las erizadas cerdas de su pelaje. Y cuál fue su sorpresa cuando de pronto vio que se le sometía, sin mostrarle mayores resistencias que las de su propio y pesado cuerpo. Luego, gracias a la guía del hilo dorado lo fue arrastrando hasta la salida, sacándolo por los pelos hasta la luz del día. Un sol radiante les daría la bienvenida, y ante la multitud, mostró al Minotauro liberado, pacífico, como si fuera un recobrado habitante más de la isla.

--Bella historia. Aunque yo creía que mataban al Minotauro.

--Eso ocurre en las versiones posteriores, no en la original. Además, ha de entenderse que este mito tiene una simbología clave. El ascenso desde la oscuridad del hades hasta la superficie terrestre bañada por el sol. Es decir: los traumas recibidos, las sombras reprimidas, los minotauros sepultados en el laberinto del inconsciente, que oscurecen y deforman la adecuada visión de la realidad, sacados a la luz por el hijo de las profundidades, auspiciado por la hilo de luz de Ariadna, hija de Minos y nieta de Zeus el dios solar por antonomasia.

--Por cierto, ¿qué pasó con ella, con Ariadna?

--Quieres decir que si hubo boda. Pues verás. Sí y no. Teseo zarpó de la isla en la noche llevando consigo a su prometida Ariadna. Tuvieron sus nupcias íntimas, sus misterios carnales sobre la cubierta de la nave en la que huían. Pero antes en plena madrugada, Teseo mostró el repentino deseo de descansar en tierra. Por lo que desembarcaron en la isla de Día. Por la mañana Ariadna despertó y vio afligida que su amado Teseo la había abandonado en la isla.

--Enamorada y abandonada, ¿por qué?

--Cuanta la leyenda en su versión más antigua que Teseo, vio en sueños a Dionisos, y que éste se le rebeló amenazante, exigiéndole que le entregara a Ariadna. Poco antes del alba, algo le despertó del sueño y como un autómata creyó ver la flota de Dionisos avanzar en dirección a la isla. Presa del terror, que no era sino un miedo inducido por los hechizos de Baco, huyó olvidando la promesa que le había hecho a su amada Ariadna.

Dionisio recogió a la prometida en la isla y se casó con ella. Esa fue la boda y no la de Teseo. Y al desposarla Dionisos le colocó en la cabeza la corona de Tetis, fabricada por el olimpo Hefesto, el mejor de los orfebres, con oro color fuego y joyas de la india colocadas en forma de rosas. Y esa misma corona, más adelante, fue puesta entre los astros por el propio Dionisos formando la Corona Boreal.

--Una historia triste, pero real.

--No lo dudes.

1.- Inspirado en el libro: Las claves de la enfermedad, Tratado de Anatheóresis, de Joaquín Grau.


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Encuentro de escritura en acción, Cuevas de Maro, Nerja. Tertulia Entrelíneas. 5 noviembre 2011

El día en que murieron los políticos

No murieron todos de golpe; pero sí casi todos (una valiosa mayoría) tras el golpe de estado y la guerra que dio paso a un régimen totalitario, perdón autoritario; aquel que produjo una larga paz de miedo, con millares de políticos muertos. No eran estos sin embargo, políticos de profesión, sino gente de a pie que había creído por convicción, o simplemente por simpatía, que un mundo mejor y más justo era posible. Una vez más no iba a ser posible.

En aquel funeral de políticos de a pie, de hombres y mujeres del pueblo, se siguieron diciendo misas de réquiem para los victoriosos, y fallidas confesiones de cadalso para los vencidos y humillados, gente que de frente a la muerte seguían fieles a su conciencia sin creer en todas las farsas, y quienes sentían que morían en balde, con la sola esperanza de que sus hijos llegarían a valorar su lucha por un mundo más justo y humano.

Pero el tiempo que lo oxida casi todo, hizo que la cadena acabara soltando con los años algunos eslabones, que ciñera menos, aunque solo fuera para asegurar la supervivencia de un nuevo cerco, en apariencia menos controlador.

Fue en esa toma de aire fresco cuando resurgió, del inconsciente colectivo, un nuevo día de libertad. En ese día utópico sí harían falta otros políticos, también utópicos, aunque para eso el hombre tendría por fin que descerrajar las cadenas de su propia mente.

El secreto de la cueva

Aquel lugar era profundo y cálido. Sus paredes rosadas y rocosas temblaban bajo el ritmo mineral de las estrellas, al compás sincopado del movimiento del cosmos, del amor instintivo hecho carne y deseo, del abandono a la voluntad de la vida, a la comprensión de lo que es arriba como es abajo…

Entramos todos jubilosos, nos acompañaba el único propósito de nuestra existencia, que no era sino el deseo, incognoscible en su causa, de unirnos con aquello que refulgía en el seno abisal de la cueva y que para nosotros era su gran secreto.

Lo que parecía una carrera en pugna no lo era, pues no había en ella señales de competencia, más bien de colaboración. Unos y otros nos ayudábamos a seguir prosperando en aquellos abismos, llenos de peligro y también de esperanza.

Uno solo de nosotros lograría conocer el secreto. Uno, pero con la ayuda imprescindible de todos: por lo que habría que decir que serían todos los agraciados de este drama, aunque uno solo fuera el actor, el mismo que moriría para renacer, fundiendo su esencia y sustancia con la esencia y sustancia del secreto insondable de la gruta. El santo grial que envolvía el sueño de la vida con el misterio de la muerte.

Pero a medio camino el sueño de amor se vio de pronto frustrado. Una inmensa barrera de látex trocó el secreto voluntarioso de la cueva, en su accidental sorpresa.

Franjamares, Cuevas de Maro, Nerja. 5 de noviembre de 2011.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Encuentro de Escritura en Acción - Nerja

La perdedora de tiempo

María caminaba hacia atrás. Decía que no quería perder el tiempo y aseguraba a sus incrédulos oyentes que la única manera de recuperar el tiempo perdido era caminando hacia atrás. Y en ello pasaba sus afanosas horas, recuperando cada paso, decidida a recuperarlos todos, hasta el último, que no sería, lógicamente, sino el primero. “Entonces”, decía, “caminaría hacia delante, pero sin prisa, recogiendo todo el tiempo a su paso.” Pero no quería perder el tiempo en explicaciones, por lo que seguía su camino, hacia atrás y sin detenerse mientras hablaba.
Dicen las malas lenguas que cuando llegó al origen, tropezó en el vacío y estuvo cayendo durante siglos sin cuento.
Otros dicen que nunca llegó. Lo cierto es que aquellos que avanzaban hacia delante nunca la volvieron a ver.
Moraleja: el tiempo es lineal…o no existe.


¿Qué hacemos ahora?

Estuvimos remando durante horas, dejando que el agotamiento inundase nuestros miembros entumecidos. Los espejismos de una costa lejana se sucedían a cada golpe de remo. Remábamos a dúo sincronizado, con la mirada perdida en el horizonte sin fondo de la opacidad azul del mar y del aire. Un cielo sin nubes derramaba sus rayos sobre las aguas, reflejándose en su superficie desnuda. Por fin nos venció el agotamiento y dejamos caer los pesados remos.
-¿Qué hacemos ahora?-pregunté.
Un silencio sobrecogedor respondió a mi pregunta. Y fue así que recobré la consciencia de que estaba solo, de que siempre había estado solo en aquella barca sin remos que arrastraba la marea.

El secreto de la cueva

Un rayo de luz penetró la obscuridad de sus ojos. El negro de su pupila reflejó el dolor de su alma. Le tomó la mano que balanceaba insegura y lo atrajo hacia sí. Salieron juntos de sus miradas perdidas y se encontraron más allá.
Más allá del sentimiento, en lo más profundo de su secreto. Y, el descubrirse, los liberó de ellos mismos.

El día que murieron los políticos

Había una vez en un lugar del universo, que aún carece de nombre, una flor que se negaba a marchitar. Llegáronse los doctos del lugar para dilucidar cómo socavar su moral y, tras largas y enconadas discusiones alrededor de una bien servida mesa, decidieron que solo podrían vencer la terquedad de la flor retirando la tierra de sus raíces. Y así lo hicieron. En esto llegó una fuerte ráfaga de viento y la flor surcó los cielos, dejando tras de sí una lluvia de pétalos y semillas que descendieron sobre los escasos espacios de tierra que en la superficie quedaban.
La primavera siguiente vio como brotaban flores por doquier inundando con sus olores el aire hasta hacerlo irrespirable. Murieron así los políticos y con ellos se marchitaron las discusiones, mientras cada flor, una y todas iguales, miraban al cielo, titilando sus pétalos al compás de las estrellas.

Diego Pérez

martes, 8 de noviembre de 2011

Encuentro de Escritura- Cueva deNerja

El día que murieron los políticos

¿Se quedó desamparado el mundo? ¿Perdimos de repente a nuestros mesiánicos salvadores?¿Ocupó su lugar un sátrapa dictadorzuelo que prometía también protegernos a todos?
La verdadera muerte de los políticos se produce, se ha producido en el momento mismo en que se convirtieron en profesionales de la política.
Entonces el arte de gestionar el bien público se convirtió en otra empresa privada mas; con marketing, encuestas, índices de aceptación y participación, control de imagen y venta final del producto.

El Secreto de la Cueva:

Un viento gélido empezó a soplar de repente, las nubes se fueron arremolinando en el cielo y una capa espesa de agua empezó a manar del cielo.
Qué pequeño se sentía de repente ante el poder de la naturaleza.
Consiguió llegar sin saber cómo a lo que parecía la entrada a una cueva. Lo que más ansiaba en aquellos momentos era encontrar un lugar seguro y caliente donde poder guarecerse.
Calentar su cuerpo y su ánimo. Titubeó unos instantes, la lluvia ya era torrencial en aquellos momentos y esto terminó de darle el empujón que necesitaba y decidió por fin adentrarse en la cueva.
Cuando hubo avanzado unos pocos metros la oscuridad allí dentro era casi absoluta. Pero no tenía elección. Se acurrucó lleno de miedos e incertidumbres en un rincón. Sólo tenía un mechero que le podía servir para alumbrarse un poco en medio de aquella penumbra.
Le temblaban las manos mientras sacaba el encendedor de uno de sus bolsillos. A la luz titubeante de aquella pequeña llama vio unas pinturas en la pared.
Hombres y animales en escenas de caza tal vez. Aquellos dibujos le reconfortaron por unos instantes, y por unos segundos desapareció su sensación de miedo y soledad. Siempre le había asustado la oscuridad, pero ahora comprendía que a veces la oscuridad esconde secretos y misterios esperando ser descubiertos.

¿Qué hacemos ahora?

Ya se habían acabado todas las excusas posibles. Sin remedio tenía que enfrentarse con la realidad. Había pasado demasiado tiempo engañándose a sí mismo. Había llegado el momento de preguntarles a todos ¿Qué hacemos ahora?
¿Dejamos que nos sigan engañando o ponemos punto y final a todo esto?
Ojala mañana todas las urnas del mundo aparezcan vacías .Se darán cuenta entonces de que no tienen a nadie a quien representar.

La perdedora de tiempo

Solía pasarse las horas contemplando el mar, o la montaña, el río, las hojas de otoño, los pájaros, la lluvia caer, la nieve en los tejados, las flores recién abiertas, las nubes en pandilla sondeando el cielo, incluso los desconchados del techo.
Sus padres desconcertados la habían llevado a un especialista. Después de muchas pruebas y análisis, el doctor les había citado en su consulta. Ya tenía un diagnóstico. Se quitó sus gruesas gafas y clavó sus ojillos en los desconcertados progenitores.
Les dijo gravemente: Ya sé lo que le pasa a su hijita: es una “perdedora de tiempo”.
Y dicho esto volvió a colocarse sus gruesas gafas con las que parecía mirarles desde una lejanía inescrutable.

Begoña Ramírez Joya.

Encuentro de Escritura en Acción - Nerja

El día que se murieron los políticos

Los ciudadanos andábamos de un lado a otro turbados, optimistas, pesimistas, riendo, llorando pero siempre muy alborotados. Un grito unánime se oía en todos lados “Se han muerto los políticos”. Unos cantaban y saltaban por las calles diciendo “Se nos acabaron nuestros problemas” mientras otros clamaban entre lamentos “Esto es el fin del mundo” Ni lo uno ni lo otro ocurrió. Cambiaron caras, cambiaron palabras pero no cambió el problema. Al cabo de poco tiempo todo volvía a ser parecido o igual que antes.
La responsabilidad del problema no es sólo de un oficio, un título, un cargo o un grupo de la sociedad. Todos y cada uno somos parte del problema en la medida que no nos responsabilizamos de ella. No nos engañemos, no somos mejor ni peor por estar arriba o abajo sino por la actitud que tenemos y las decisiones que tomamos en cada momento. En todos lados hay gente generosa que quiere ayudar a los demás y gente egoísta que sólo le importa su propio interés.
Me llama la atención como criticamos a los dirigentes lo mismo que hacemos nosotros en la medida que podemos.
El problema está dentro de los seres humanos: en la desidia, en el deseo de poder, en la avaricia, en el egoísmo, en la pasividad, en la comodidad y en todo lo que favorezca la manipulación. Existe una cierta ventaja en que nos dirijan, en ser tratados como niños. Podemos criticar y ponemos en otros toda la responsabilidad de las consecuencias sin necesidad de asumir la nuestra.
Sólo cuando seamos capaces de responsabilizarnos de nosotros mismos, de nuestro entorno y de nuestra gran comunidad entonces no será necesario que mueran los políticos pues habrán perdido toda su fuerza manipuladora y oscura. Mientras tanto, tendremos necesidad de que nos dirijan, nos organicen y habrá siempre personas que lo hagan en su provecho sin importarle las consecuencias y nosotros podremos criticar a los dirigentes (padres) como (niños) libres de toda responsabilidad.
Cambiemos nosotros y cambiarán los que nos gobiernan.

Lola Carmona , 5 de noviembre del 2011

¿Qué hacemos ahora?

Dijo en voz alta para que Luisa lo escuchara desde otra habitación. Siempre que llegaban las 5 de la tarde Virgilio, como un resorte, se despertaba del letargo y quería actividad; sin embargo, pretendía que su mujer fuera la que le tuviera organizado lo que tuvieran que hacer.
No escuchó respuesta, lo que le dejó con gran preocupación pues él se sentía incapaz de decidir por sí mismo algo en qué ocupar la tarde ya fuera de trabajo u ocio. Volvió a repetir la frase, pasado un tiempo prudencial y siendo consciente de que algo raro ocurría se fue directo a buscarla por la casa para recriminarle su falta de atención. Al cabo de un rato sin resultado alguno y con la cara descompuesta encontró un papel sobre la mesa de la cocina que ponía. “Me voy porque no te aguanto más, yo voy a hacer lo que me de la gana y tú vete a hacer puñetas.

La perdedora de tiempo

Mariquilla era una niña a la que le gustaba pasar las horas imaginándose historias o viendo simplemente el vuelo de los pájaros, por eso en su casa siempre le decían que dejara de perder el tiempo. Eran tantas las veces que se lo dijeron que empezó a perderlo de verdad. Un día se dio cuenta que había perdido una hora pero a la semana siguiente fue toda una tarde.
Mariquilla fue creciendo y con ella el tiempo perdido. Las horas se convirtieron en días, los días en semanas, las semanas en meses y los meses en años.
Al principio no quiso darle mucha importancia pero cuando las horas pasaron a días decidió apuntar en su diario el tiempo que perdía pues cada vez era mayor el espacio que quedaba fuera de su sitio.
Ante tamaño problema ella no se amilanó sino que se dispuso a hacer todo lo que estuviera en su mano para poder encontrar el tiempo que le faltaba. Investigó todos los métodos para encontrar cosas: hizo control mental, rezó a San Antonio, molestó a San Cucufato y todo lo que se le dijo que funcionaba. Ella empezó a utilizarlos concienzudamente y funcionaron; sin embargo, no conseguía el resultado esperado pues en vez de encontrar la hora de ese mismo día encontraba la de hace unos 7 años y a vez que hacía ella con esa hora que ya se le había quedado chica y no le servía, cuando la que necesitaba era la que tenía la cita con el peluquero para esa tarde.
Cuando empezó a encontrar masivamente aquella cantidad de tiempo, que no sabía en qué ocupar pues le llegaba con retraso, se vio abocada a liquidarlo como única solución de control. Así que parte de su vida la dedicó a matar el tiempo.
Alguien le comentó alguna vez que por qué no se dedicaba en esas horas muertas a inventarse historias o simplemente contemplar los pájaros es decir, disfrutar de la vida.

Lola Carmona 5 de noviembre del 2011

domingo, 23 de octubre de 2011

Penélope






Penélope se sienta como cada mañana ante el espejo y empieza a peinar sus largos cabellos. Ahora lucen grises, casi blancos, pero hubo un tiempo en el que fueron del color de algunos atardeceres, rojizo. Balancea su muñeca en el consabido gesto mecánico de alisar y este gesto cotidiano y habitual, este momento de ensimismamiento siempre le produce el mismo efecto, los recuerdos se agolpan en su mente y se ve de repente en otro tiempo, en otro lugar. Se transporta a sus veinte años, cuando estudiaba ciencias puras en la universidad y conoció a Ulises. Por aquel entonces Ulises lucía una barbita interesante, militaba en grupos de acción estudiantil y era portavoz en la mayoría de las asambleas universitarias .Le encantaba escuchar su voz potente y enardecida por la pasión, hablando de huelgas y manifestaciones.
Pero no fue hasta un tiempo más tarde cuando empezaron a conocerse. Recuerda que aquella tarde llovía torrencialmente. Ella llevaba aún sandalias porque el verano acababa de terminar y el incipiente otoño se había mostrado caluroso. Se refugiaba como la gran mayoría de estudiantes bajo los soportales del campus universitario. Lo vio pasar empapado y cruzaron una mirada. Algo pasó en aquel momento, aunque Penélope tímida y reservada bajó apresuradamente los ojos no fuera a ser que él leyera en ellos la turbación que sentía en aquellos momentos.
Semanas más tarde fueron presentados en una fiesta estudiantil. Y a partir de ese momento se hicieron casi inseparables. Acudían juntos a mítines y manifestaciones y luego se comían a besos en cualquier rincón de cualquier cafetería. Aún le parece sentir el picor de esos pelillos punzantes de su barba que le dejaban luego el cutis, en exceso sensible, enrojecido y sobre todo su olor cálido, mezcla de café, tabaco de pipa, y colonia barata, que el presupuesto de estudiante no daba para otra cosa. Y sobre todo sus manos, esas manos grandotas, fuertes, contundentes, que a veces golpeaban la mesa con decisión y enfado .Esos gestos bruscos, que le recordaban que eran iguales pero diferentes. Pero sobre todo sus manos acariciándola. Ella le había intentado enseñar a acariciar levemente, como acaricia una pluma. Esa caricia suave, casi imperceptible la excitaba poderosamente, tanto como esas otras rabiosas y contundentes, explícitas, directas. Todo era como un juego, dulce, salado, suave, rabioso.
Terminó el curso y Ulises debía regresar a su ciudad de origen, a su casa familiar.
Ella también, y el descanso estival convirtió las vacaciones en una despedida.
Ulises partió hacia el norte de donde procedía. Se prometieron cartas y recuerdos.
Penélope recuerda que no pudo evitar derramar unas lágrimas cuando él balanceó su mano en señal de despedida desde la ventanita de l autobús. Se sentía ridícula y sobre todo infinitamente triste.
Durante el verano sólo recibió de él dos cartas. En la segunda le anunciaba que no volvería ese año a la universidad. Su padre había fallecido y su madre había decidido mandarlo a un colegio mayor.
Ambos siguieron sus vidas, cada cual por su lado, pero en el fondo de su corazón Penélope añoraba a Ulises, su héroe estudiantil de manos fuertes y mirada desafiante.
Durante ese año empezó a salir con otros chicos. Ulises por su parte, como ella supo más tarde, tenía una novia formal. Una chica de familia acomodada. La época de la militancia había terminado. Ahora cada cual buscaba eso que se llama provenir.
Pasados unos años Ulises contraía uno de esos matrimonios de conveniencia.
La pareja no tuvo hijos y pasado un tiempo prudencial ambos se dedicaron a llevar vidas paralelas, aunque siempre salían juntos y sonrientes en las fotos oficiales.
Ulises empezó a destacar en política y como una obligación más de su cargo comenzó a viajar por todo el mundo. Después de largas reuniones los caballeros solía frecuentar locales de alterne con prostitutas de lujo. Señoritas cuidadas, con las caras repintadas pero sin demasiado exceso y unas uñas largas y cuidadas de un rojo encendido. Los cuerpos delicadamente estilizados. Lugares para el relax después de la lucha política encarnizada.
Ulises disfrutaba de aquellos cuerpos, se encumbraba con ellos en las cimas de un intenso placer, y con alguna de aquellas chicas practicaba las caricias de pluma.
Rondaba ya la cincuentena cuando empezó a hacerse de nuevo preguntas para las que no encontraba respuesta.¿Qué sentido tiene todo esto?
Ya retirado de la política y después de haber pasado una profunda crisis existencial viajó de nuevo con alguno de sus antiguos compañeros que se empeñaron en rendirle un homenaje.-hacéis que me sienta viejo-murmuró
-Calla tonto qué viejo ni viejo..
Después te tenemos preparada una sorpresa mejor, te llevaremos al local más placentero de la ciudad.
Cuando llegaron al local, ya con algunas copas de más Ulises echó un vistazo a su alrededor .No le apetecía volver a las andadas pero algo llamó poderosamente su atención.
-Quiero a la pelirroja.-Le susurró Ulises a Arturo, el organizador del festín
-No te la recomiendo-le dijo socarronamente su amigo-lleva tiempo liada con las drogas. No sé ni cómo la dejan seguir trabajando aquí.
-No me importa,…
Volvió a mirarla, y pudo ver cómo se le acercaba un camellito de lúgubre aspecto, delgado en exceso, algo bizco por lo que pudo observar, de mirada torva, el pelo largo y descuidado. Podía haber encarnado perfectamente el papel de la muerte en cualquier representación teatral. Por suerte para Ulises uno de los gorilas del local lo echó a empujones.
Ulises se acercó tranquilamente a la barra y abordó a la chica.
-¿Cómo te llamas?
-Penélope
-¿Esperas a alguien?
-No, ya no
-Hace tiempo conocí a alguien que se llamaba como tú
Ahora es ella la que pregunta
-¿Estas casado? –
- Sí pero hace tiempo que ya no funciona.
-Eso dicen todos…
-En mi caso es la verdad
¿Tienes hijos?
-¿No haces muchas preguntas?
-Es parte de mi trabajo, hablar con clientes.-
- No, no tengo hijos
-Y tú ¿estás casada?
-Lo estuve pero no funcionó
- Eso dicen todas…
- En mi caso también es verdad-
Se ha hecho de repente un silencio espeso entre ambos que él intenta traspasar con el filo de sus palabras
-¿Subimos arriba?
-No sé últimamente no trabajo mucho
- No te preocupes…charlaremos
Penélope esboza una tímida sonrisa y sube con él
Ulises acacia su pelo, luego el cuello y finalmente su espalda, suavemente
Como aprendió a hacerlo hace mucho tiempo
-Has tardado mucho tiempo-dice Penélope en un susurro
-Sí. Repetí curso muchas veces en la escuela de la vida. Crecer no es fácil.
-A lo mejor si hubieras tenido hijos, te habrían enseñado.
-No, nadie aprende si no tiene la voluntad de hacerlo, aunque esa voluntad sea un leve destello. Aprendemos cuando surge en nosotros la necesidad de conocer. Esa es la tarea del buen maestro, prender fuego de esa pequeña mecha que es nuestro afán de conocer.
- ¿ Y cómo se yo que eres tú en realidad?
-¿Acaso enseñaste a otros alguna vez a acariciarte así…?
- Ha pasado mucho tiempo- susurra ella a modo de respuesta
- No me encaja contigo el tema de las drogas y mucho menos que trabajes en un lugar así- comenta él intentando no romper el hilo de comunicación que se ha establecido entre ambos.
- Las drogas según cuales y cómo se consuman ayudan a veces… a mitigar el dolor
Aunque reconozco que son un atajo nada recomendable. Pero no te preocupes, estos de abajo creen que me meto de todo .Así me dejan en paz y me los quito de encima.
En cuanto a mi trabajo, todos nos prostituimos en algo ¿no? Alguien me dijo que te dedicas a la política.
- No, esa época pasó
- Creí que ya no volverías a mí
- Tuve que vencer el canto de las sirenas, la ira de Poseidón, el rapto de la ninfa Calipso y enfrentarme con la medusa
- Eso lo explica todo

sábado, 3 de septiembre de 2011

Una mancha en el vestido


Estaba Andrés paseando una noche de primavera mascullando sus dudas existenciales y sin dar palo al agua, en su indecisión de como pasar esa noche, cuando se cruzó con una dama bellísima de cabello oscuro y de piel blanquísima. Un largo vestido blanco cubría su desnudez, si bien la primavera se presentaba cálida, no le pareció que fuera suficientemente abrigada.
Nunca supo muy bien por qué su mano se deslizó al ala de su sombrero, a la vez que su boca espontáneamente le decía:
- Buenas noches, señorita,¿ no siente frío usted?
Ella se detuvo, aunque tardó bastante en reaccionar y contestarle:
-No, no lo siento, en realidad estoy estupendamente.
Una sonrisa apareció en su bonito rostro, que negaba la presencia de algo que enturbiara su vida.
Sorprendido ya que la primera impresión que recibió de ella fue un gesto de preocupada concentración, se animó a decirle :
-Quiere usted compartir un café conmigo?
Ella lo pensó un breve instante y sonriendo le respondió:
- Porque no, vamos.
Él la cogió del brazo para ayudarla a cruzar la ancha avenida que los separaba de una cafetería,en la que luego comprobaron que la música buena era lo habitual y el café excelente.
Las horas pasaron inexorablemente entre cafés, murmullos y risas a esas alturas de la noche, Andrés se dio cuenta, que en las pocas horas que habían compartido, se estaba enamorando de ella.
De repente algo la sobresaltó y al dar un pequeño respingo volcó algo de café, que manchó la inmaculada falda de su vestido. Hizo un gesto de contrariedad y le dijo a Andrés:
- Lo siento debo irme.

Él como buen caballero de la época, no permitió que se fuera sola y se prestó a acompañarla en un taxi.
Al subirse ella se dirigió al conductor diciéndole escuetamente:
- Lléveme a Chacarita
Al llegar bajó apresuradamente del coche mientras Andrés le decía:
-Detente, espérame, no me has dicho tu nombre, ni donde vives, ¿puedo verte otra vez?
Ella volviéndose lentamente le contestó:
Mi nombre es Laura, Laura Canteros y sin más desapareció en la noche.
Andrés, volvió a subir al coche y dándole sus señas al chófer se relajó esperando la llegada a su casa.
Pasaron algunos días y Andrés no lograba sacarse a Laura de la cabeza,empezó a dar paseos por la zona en que ella se bajo del taxi, por el lugar del primer encuentro pero nada, no daba con ella.
Un día decidió buscarla en el listín telefónico, después de todo su apellido no era tan común y si tenia teléfono, allí estaría, ya que eran pocos los aparatos que había en Buenos Aires, encontró cinco en total y fue llamando uno a uno, recibiendo siempre la misma respuesta:
- Aquí no vive ninguna Laura.

Fue al llegar al cuarto número de la guía, cuando después de varios pitidos una voz de hombre seria y poco amistosa respondió:
- ¿Quién es?
Andrés lo saludó primero, diciéndole a continuación, si estaba Laura en casa.
El hombre después de un silencio lo espetó:
- ¿Quien es usted? ¿por qué nos hace esto?
Andrés, no entendía nada, balbuceó una disculpa e intentando hacerse comprender le explicó:
- Mi nombre es Andrés, no quiero molestarlo ni perjudicarlo, solo quiero hablar con Laura, hace algunas noches compartimos un café y no me dió mas que su nombre, vive allí alguna Laura?
La voz del hombre se oía cada vez mas descompuesta:
- Energúmeno, borracho, quien le ha mandado a hacer esta broma de tan mal gusto.
Andrés le respondió:
Disculpe señor pero no lo entiendo y yo no lo he ofendido o eso creo.
Nuevamente la voz tronó en el teléfono:
Laura, nuestra Laura murió hace seis meses.
Un silencio infinito se produjo en la linea telefónica, Andrés no sabía que decir y mucho menos que pensar, cuando recuperó el habla, se deshizo en disculpas, al punto de pedirle formalmente permiso para visitarlo y aclarar esta situación.
Al día siguiente a las cinco en punto, estaba esperando en la puerta de una hermosa casona en Villa del Parque. Las manos le temblaban levemente acusando su nerviosismo, un hombre de mediana edad, aunque su cabello era totalmente blanco, le franqueó la entrada, haciéndolo pasar a un salón en el que había un controlado desorden. Tal como se representa una casa que no solo se habita, sino que se vive,
Paseó por el salón mientras su anfitrión iba a buscar una taza de té para ofrecerle. De repente sus ojos se posaron en una fotografía que reposaba sobre la mes, desde ella una joven le sonreía.
- ¡¡¡¡¡¡No puede ser, es Laura!!!!!
No salia aún de su sorpresa cuando el hombre volvió con una bandeja, cuando vió el rostro de Andrés se sobresaltó, era solo una máscara blanca.
- ¿Qué le sucede? ¿qué ocurre? ¿perdió el valor? ¿ya no quiere disculparse?
Andrés solo balbuceaba frases ininteligibles y se echaba las manos a la cabeza. Parecía verdaderamente un poseso. El padre de Laura lo hizo sentar y beber algo de té. Poco a poco Andrés logró contarle su loca noche con Laura, tal como la vivió. Ahora era el rostro del hombre el que se había tornado ceniciento.
Al día siguiente, ambos se dirigieron al cementerio de Chacarita, el buen hombre con todo su dolor hizo exhumar el cadáver de su h¡ija. Al quedar al descubierto, todo estaba perfectamente en orden, su mayestática belleza permanecia incólume, su vestido blanco como la nieve, intacto, algo sin embargo les llamo la atención, su falda llevaba impresa una mancha de café.


Alicia Gaona

domingo, 21 de agosto de 2011

A cenicienta se le va a caer la ropa



Leonor lucía sus mejores galas en las fiestas del barrio o peñas culturales por las que transitaba; y allí era donde sacaba pecho y lo mejor de sí misma, repartiendo sonrisas y parabienes con entusiasmo, yendo y viniendo con dosis evanescentes por el ambiente variopinto, variando el repertorio según la dirección del viento.
En las tardes veraniegas del lento agosto salía con la fresca a los campos más cercanos a oxigenarse, distraerse y aliviar los turbios humores o perfidias, si las hubiere, pues pese a todo ostentaba en la familia la etiqueta de cenicienta y la duda de que la hada madrina le favoreciese, porfiando con unos y otros sobre quién resultaría ser más fuerte a la hora de la verdad, empecinada en sus silogismos tan sutiles, o quién atesoraba una mayor contundencia viril u hormonal. Las cosas se iban sucediendo en un continuo fluir de engranajes y desvaídas cataratas, destilando llamativos modales mediante una idiosincrasia muy propia, que doblegaba al más pintado o rebelde.
El teatro no le era ajeno, hasta el punto de haber colaborado en breves apariciones o cameos, como acontece con insignes personajes del mundo artístico, y en verdad no se le daba mal, dominando las tablas con aplomo y precisión, pero la función no la finalizaba en el escenario al bajar el telón, sino que la prolongaba en la alfombra roja del día a día, era el espejo donde se plasmaban sus pensares o pesares, y a cada paso que daba se posicionaba en su tesis napoleónica, o montaba toda una pieza teatral a su medida a la intemperie en un periquete, utilizando selectos trucos de demiurgo, insertándolo todo en las páginas en blanco de la convivencia, y reflejando a la postre lo opuesto a lo que había apuntado en la trastienda del guión, en sus entrañas, pero que a ojos del auditorio relucía con nitidez su imagen de persona emprendedora y brillante, brillando con luz propia, haciéndose acreedora de suntuosos halagos y excelsas virtudes, revistiéndola de desbordantes sentimientos de tolerancia y comprensión la mar de exquisitas.
En su quehacer rutinario, sin quererlo o a sabiendas, interpretaba mil versiones de la misma canción, dado su carácter versátil y polivalente, no dando nada por perdido de antemano, o relataba mil y un cuentos a la luz de la luna, o sacaba a la palestra pasajes de célebres comedias y tragedias clásicas, pero hurgando en entresijos banales y a veces procaces, o se preocupaba por el paso del tiempo, filosofando sobre la eternidad del instante o por qué mueren los ríos en el mar y nacen en las cumbres, de modo que a nadie disgustaban los exabruptos o desplantes que exhibía, generando una concordia entreverada con aires inconsistentes, que surtían un efecto embriagador por frescos y espontáneos, de suerte que al analizarlos los presentes así de pronto lo daban por bueno, influidos por el ropaje del envoltorio, aunque no rezumara ni una brizna de sustancia, y el contraste de esdrújulos y agudos acompañados de su gestualidad y aparente grandilocuencia hacían el resto.
Sin embargo era en ese punto donde exprimía el mejor jugo, estrujando limones u otros cítricos de la huerta que cultivaba internamente, o cocinando croquetas de flacos pensamientos servidos en envidiables vajillas, de forma que fascinaba a los comensales de turno mordiendo, hambrientos como estaban, con fruición los exóticos parlamentos que propalaba, desprovistos de atisbos cognitivos; o recitaba célebres sentencias con recetas o raciocinios preñados de montaraces provocaciones utilizando las herramientas más idóneas para sortear los escollos, o se entretenía en hacerse tirabuzones o altaneros moños discurriendo por enrevesados vericuetos.
A veces tonteaba con ciudades literarias –Macondo, Comala, Santamaría- o reminiscencias librescas sobre autores antiguos o modernos, aunque con la argucia de tergiversar las intenciones del creador, nadando contracorriente por turbulentas aguas, no exentas de elucubraciones fantasiosas. Lo ejecutaba con la divisa de pitonisa romana, que lo mismo servía para un roto que para un descosido, al quedarse flotando en la superficie del concepto, sin tocar fondo.
Así un buen día, como si se hubiese empapado a propósito del poema lorquiano, La casada infiel, a pesar de que detestaba ciertas razas –pues tricotaba con blanca lana los guantes de invierno-, fue sorprendida a quemarropa con un obsequio jamás soñado, un canastillo de cañavera –enseres que le chiflaban-, con unos ardientes higos chumbos dentro, trenzado con el duende y la magia de manos gitanas, abordándola por el camino, en un alarde un tanto presuntuoso pero legítimo, impulsado quizá por el espíritu de los ancestros, al surcar por entre sus sienes tales palpitaciones, como la historia del regalo del costurero camino del río, y de esa manera robustecer la leyenda de la raza, y proclamar al mundo la nobleza e hidalguía gitanas, no traspasando las fronteras establecidas, lejos de los desfiladeros de la lujuria,

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
La regalé un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme…

Entre tanto Leonor deambulaba con petulancia de patricia romana, hechizada por el regalo del canastillo, sintiéndose cortejada y protagonista por la súbita conquista por aquellas agrestes campiñas mediante sus sensuales e inteligentes armas.
Los programas de la tele, manantial inagotable de emanaciones estelares, que proliferan por doquier, le suministraban los nutrientes pertinentes para levantar el vuelo y picotear en los ansiados frutos, merced a la ferviente delectación nocturna de tan sublimes empresas, en donde ilustres personajillos, con melena o calvos, luchan a sangre y fuego por labrarse un porvenir, el más encumbrado posible, emulando peripecias o ínclitas epopeyas, raptos de elenas, veleidades de penélopes, intrigas mitológicas, incansables viajes de apuestos ulises o gulliveres, gestas de sansones interviniendo en los reality shows de supervivientes u otros similares, cada uno de su madre y de su padre, haciendo de su capa un sayo en islas perdidas por los mares del sur o del norte, enfrentándose en una sucia pelea por la subsistencia, como parodia del destierro del paraíso terrenal por su testarudez o mala uva, debiendo ganarse el sustento con el sudor de su frente, cazando o pescando chismes en aquellos infranqueables parajes. Tales lugares son presentados a los telespectadores como misteriosos y perdidos en la vía láctea, pero elegidos a conciencia por egregios cerebros, previo meticuloso y detallado estudio del share de oro del que va a disfrutar, con idea de hacer su agosto, extrayendo la máxima rentabilidad, y allí, con sus respectivas máscaras, cada cual juega el papel que se le ha asignado en el minúsculo teatrillo que asoma por la pantalla, donde se fragua o fomenta la gresca, la idiotez, lo esperpéntico, lo rijoso, lo chocante, lo insulso, a través de íntimas puñaladas, zancadillas, besos escandalosos, heridos abrazos, odios, rumores de órdago, manejando a su antojo todos los hilos los jerifaltes. Escenifican auténticas batallas campales remedando los espectáculos romanos entre las fieras y los gladiadores en los anfiteatros –pan y circo-.
Y es precisamente en esos escenarios tan cuidados y selectos donde se amasan las trazas de la tramoya de Leonor, muy circunspecta y orgullosa de sí misma, al engullir con voracidad los dislates de los concursantes, consiguiendo gran acopio de material para satisfacer las inquietudes más trascendentales, que en noches de ociosa desventura o en futuras actuaciones llevará a la práctica, configurando todo un universo displicente e inane en el entorno íntimo de la pareja, acorde con los detritus que poco a poco se han ido sedimentando en las capas cerebrales, formando la estructura de su trauma mental.
Por ende el canastillo de cañavera, en su caso, con frescos higos chumbos, podría servir de sustento para la supervivencia de quien, a falta de pan tierno y sentido común, se enrede en trapisondas baldías o descarnadas de la vida, con lúbricas ensoñaciones que probablemente coadyuven a que a cenicienta se le vaya a caer la ropa.

Por Pepe Guerrero



sábado, 30 de julio de 2011



LA MEDUSA AUSENTE

El día era extremadamente caluroso y no conseguía respirar con la normalidad acostumbrada. El calor me convertía en agua: pelo, ropa y cuerpo chorreaban por todos lados; mientras que en una extraña contradicción parecía ser lo que me faltara. Si me movía, sudaba y si me quedaba quieta, también. La incomodidad era grande y el deseo de buscar una solución rápida, aunque fuera momentánea, mayor.
Saqué un helado del congelador que, si bien era algo delicioso de tomar, no me solucionó ni una pequeña pincelada del problema.
Me fui a la playa donde chapoteé en el agua y allí pude disfrutar un rato y conseguir mi objetivo hasta que un gran revuelo cubrió la costa. Los gritos y carreras tomaban todas las direcciones y yo, esperando lo peor, salí rápidamente del agua y por no desmerecer, me puse a correr. Como no veía nada y nadie parecía dispuesto a contarme lo que ocurría, me fui a un chiringuito a tomarme un refresco. Un camarero bastante locuaz me explicó que la causa del terror era el regreso de una medusa que todos conocían pues residía allí por temporadas y se había ausentado, por cuestiones familiares. Por eso, no la esperaban. Cuando terminé mi refresco, la playa parecía haber sido el lugar donde se había desarrollado una batalla campal. Las sombrillas, tumbonas, hamacas y demás accesorios playeros estaban desperdigados y tirados por todos lados. Una numerosa cantidad de personas se encontraban en diversas posiciones, como heridos de guerra pues era de un tamaño bastante respetable y regresó como dueña del medio acuático expulsando por las buenas y por las malas a todo el que se hubiera atrevido a invadir su hogar.
El enfrentamiento estaba claro. De un lado, la medusa que se pavoneaba dentro del agua y nos miraba con descaro. Del otro lado, los bañistas y sucedáneos que la mirabamos con respeto y temor. La tensión se podía cortar. El silencio era tan grande que hasta el aire se calló.
¿Cómo podíamos llevarla mar adentro o tierra afuera? No era fácil el diálogo con ella.
Se hizo una asamblea en la playa y se creó una comisión. Ella se quedó extrañada pues no conocía las formas democráticas. En su mundo prevalecía la ley de la fuerza y le llamó la atención. Ella ponía mucho interés de todo lo que se comentaba y tanto interés puso que quiso intervenir y cuando le dejaron la palabra se perdieron del todo pues tiene muchos brazos que levantar y cogido el gusto no hay quien la haga callar.
Ahora se reúne en las plazas y quiere ir a Bruselas como una indignada más.



Lola Carmona

lunes, 27 de junio de 2011

Vikingos






Alguien me preguntaba, hace un tiempo, qué fue lo que hizo de los griegos uno de los pueblos clave de la cultura occidental. Puesto que era algo sobre lo que me había interrogado a mi mismo hacía años, respondí con la conclusión a la que llegué en su momento: ser un pueblo tan viajero como curioso.
Si se compara con la cultura egipcia, más antigua y sin duda más poderosa en muchos aspectos, pero de mucha menor influencia en la historia, se comprende fácilmente la diferencia. Los egipcios vivieron durante decenas de siglos prácticamente encerrados en torno al Nilo, mientras que los griegos viajaron incansablemente y tuvieron, además, la suerte de que uno de sus primeros y mejores viajeros fuera también un buen historiador: Herodoto.
Herodoto, viajero incansable, aprendió a mirar lo diferente sin juzgar, algo que hoy sabemos imprescindible en cualquier buen historiador, pero esa actitud era una innovación en su época, como sigue siendo una rareza en la nuestra. Lejos de hablar de pueblos o personas salvajes, crueles o primitivos, se limita Herodoto a describir sus costumbres, sus ropas y formas de expresarse, siempre evitando adornar o deslucir esa información con cualquier opinión personal.
Ese arte de evitar el juicio cargado de prejuicios les llevó a dudar, y a partir de la duda germinó la filosofía, luego la aritmética, y de la mano del pensamiento matemático, el embrión de la ciencia. Surgió luego la oratoria, para debatir y poder, siempre de la mano de la duda, aumentar los conocimientos adquiridos compartiéndolos. En lo social nació, inevitablemente, algo parecido a lo que hoy día llamamos democracia.
Se transformó así Grecia en una cultura que aún hoy nos asombra en algunos aspectos, mientras en otros no puede evitar mostrar la rudeza de la época en que floreció, una cultura que es estudiada en las escuelas de prácticamente todas las demás culturas humanas.
Un papel similar de pueblo viajero, aprendiz y maestro a la vez de las diferentes tonalidades a que puede dar lugar la imaginación humana, lo tuvieron en la mitad norte de Europa los vikingos o normandos, que no se dedicaban, como nos han contado las crónicas cristianas medievales, exclusivamente a la piratería, sino mayoritariamente al comercio de ideas y mercancías.
Su enorme influencia en la mitad norte del continente fue decisiva para crear una forma de vida que, vista desde nuestro ombligo cultural, el Mediterráneo, nos puede parecer simple o primitiva, pero que fue lo suficientemente pujante como para tomar el relevo de los imperios y culturas del sur en los últimos dos siglos, aunque ello diera lugar tan sólo, justo es decirlo, a dos siglos más de colonialismo europeo.
Se puede decir, simplificando la historia, que esos dos pilares de pueblos viajeros y navegantes, ambos aficionados a buscar lo desconocido, incluso dentro de sus propias mentes, son los que han soportado el peso de nuestros complejos, carencias y grandezas culturales.
Ese fue el principio del camino de una cultura, la occidental, tan agresiva y guerrera como cualquiera, pero que supo conservar el tesoro del saber dudar, ese ejercicio que todos creemos saber hacer y tan pocos son capaces de llevar a cabo.
Ese tesoro, la duda, compensó en parte una historia llena de guerras de colonización, genocidios y dolor porque, a través de la duda, surgió en algunas de esas mentes occidentales la ciencia, de la que podemos estar orgullosos, y esa misma duda hizo surgir poco después los derechos humanos, pues alguien se atrevió a dudar que algún dios hubiera decidido para los humanos un eterno e inamovible sistema de castas.
La duda es, al mismo tiempo, el mejor ejercicio y alimento para la mente, tanto como un veneno que puede destruirla, pues es tal su poder, que la dosis debe ser exactamente la justa y, paradójicamente, sólo una mente sana sabe apreciar cuál ha de ser esa dosis.
Si hablamos con un buen científico, asombra con que facilidad asume la duda cuando no encuentra una respuesta ante determinada pregunta. Por el contrario, una persona integrista, bien en ideas políticas, religiosas o de cualquier tipo, o una mente enferma, son incapaces de cuestionar, ni por un instante siquiera, la idea o credo en que se encuentran cerradas.
El autoengaño ha destruido la capacidad de dudar, tal vez como patético mecanismo de defensa, y la mente ya se habrá transformado en un erial donde ninguna idea razonable o constructiva puede germinar.
De ese pequeño pueblo que supo alimentarse con la duda seguirán hablando los seres humanos durante siglos, mientras a los otros, poderosos, crueles y autoengañados en su enajenación, le reservará la historia el espacio gris de las guerras y los imperios.
Porque la civilización, o la persona, que ha perdido la capacidad de dudar estará, en consecuencia, absolutamente convencida de que es el resto del mundo, o al menos a quien no pueda manipular y sumergir en su juego, quien tiene un problema, y ese es y será, para su desgracia y la de quienes estén cerca, su gran e irresoluble problema.

Nekovidal 2011 – nekovidal@arteslibres.net


PARADOJAS

El concepto de paradoja, cuando profundiza en él, atemoriza al ser humano, especialmente al occidental, porque lo presiente como un peligro para su ego, para lo que cree equivocadamente que es la esencia de su ser.
Es una incertidumbre similar a la sentida ante la idea de la muerte, el eterno miedo humano a cuanto no puede incluir en su fantasía constante de creer que puede controlar algo de lo que acontece a su alrededor.
Nekovidal 2011 – nekovidal@arteslibres.net

martes, 7 de junio de 2011

Nosotros también estamos Indignados


¡¡LA DECISION!!

Mariano se levantó aquella mañana, totalmente decidido, se afeitó se duchó, desayunó a conciencia y como era hombre precavido, preparó un tentempié por si acaso. Fina, su mujer, seguía con la vista todas sus maniobras sin decir ni pio, tan solo un gesto contrariado en la cara y el movimiento de cabeza denotaban su disgusto.
El estaba feliz, se sentía vivo y joven, como ya no recordaba cuando.
Fina no pudiendo aguantar más, abrió la boca. – ¡Pero Mariano, recapacita! Que tú ya no estás para esos trotes
-Para esos y para muchos más –contesto él.
-Te recuerdo que tú ya estás jubilado.
-Tú lo has dicho mujer, jubilado ¡pero no muerto! Y siguió preparando su mochila, mientras notaba como la adrenalina le corría por las venas haciéndole sentir en ebullición.
-¡Que alegría haber tomado las calles otra vez! Recordaba sus años de estudiante, las carreras esquivando a los guardias, los palos, los gases lacrimógenos, los días de cárcel, el mayo francés, los ideales que poco a poco sin apenas darnos cuenta fueron enfriándose, para convertirnos en autómatas que formaban parte de un sistema con el que nunca estuvo de acuerdo. Ahora iba a unirse a los indignados, porque así se sentía él. Desde que se jubiló y dejó de formar parte del engranaje del sistema, volvió a ser persona, a ser él mismo, un día sí y otro también gustaba de andar perdido por esos mundos, informándose, aprendiendo, descubriendo otras culturas otras formas de vida. Aquella ventana abierta por la que se introducía para perderse por esos mundos cibernéticos le hizo reafirmarse en lo que ya sabía, ¡lo bella que es la vida! Y que a pesar de los pesares, en el corazón de los humanos sigue anidando el amor. Existen aún cosas buenas en la mayoría de nosotros, esperanzas, ideales, ilusiones y ganas de cambiar el mundo. Pero también comprendió que nada había cambiado, el planeta entero seguía regido por una horda de canallas sin conciencia ni escrúpulos, donde lo que imperaba era el poder y el dinero.
- Escucha mujer, no podemos seguir mirando para otro lado,
Mientras ellos se reparten el pastel, el pueblo recoge las migajas.
Pero como gota a gota el agua horada la piedra ha llegado el momento de las preguntas, de cuestionar las cosas, de abrir los ojos, de tomar conciencia, las gentes se rebelan y toman las calles y protestan y piden justicia, trabajo digno, salarios justos, protestan contra el sistema, contra los endiosados gobernantes, los prepotentes banqueros, los corruptos empresarios, los quiero y no puedo y los incontables lameculos.
Es un movimiento no sólo de jóvenes, son los parados, parejas con niños, emigrantes, jubilados y todos los que han despertado.
Por eso yo me voy a tomar las calles, voy a estar con ellos, a apoyarlos, me voy y no sé cuando volveré o si volveré.
-¡Y yo Mariano! Yo también voy – Dijo Fina en un arrebato- También yo he despertado.
- ¡Temblad proxenetas de la justicia!
- ¡Temblad políticos fariseos!
-¡Temblad especuladores!
-Las masas están abriendo los ojos, las ovejas se convierten en leones, es una reacción mundial en cadena, el pueblo tiene hambre y sed de justicia. Nadie ha dicho que sea fácil, nosotros solo lo vislumbramos, las generaciones futuras lo vivirán.
Mirándose a los ojos sonrieron, y cogiéndose de la mano, salieron a tomar las calles.
MARÍA BUENO. (TERTULIA ENTRELINEAS)

miércoles, 27 de abril de 2011

Día del libro y sábado de gloria


23 de Abril de 2011
día del Libro y Sábado de Gloria

Por Begoña Ramirez Joya



Y dijo el Quijote a Sancho,”Amigo Sancho con la iglesia hemos topado”



En la esquina un reciente marido embotarga la tarde, haciendo engordar su estómago, comiendo todo lo que solícitamente le ofrecen esposa y suegra una a cada lado, mientras deshoja la margarita del aburrimiento bien avenido, con la bendición de la santa madre iglesia. La procesión ya ha salido, la amenaza de lluvia la ha retenido casi media hora pero las calles se han impregnado de olor a incienso y poco a poco va tomando forma la representación. Los de los carritos de chuchearías se incorporan con cara desnortada, sin saber muy bien a qué carta quedar, pues la lluvia los ha mantenido bajo cobijo toda la mañana. Quitan cuidadosamente el plástico que envuelve la mercancía, a lo mejor todavía la tarde se enmienda y mejor para todos .Menuda Semana Santa sin santos en la calle, dónde y cómo ahuyentar la sombra del temido aburrimiento. En la acera de enfrente Pilar ,la hija del médico ,el único que entonces había en el pueblo, le arregla al lazo a una niñita, reciente abuela es de suponer. Todos viven en la capital, los pueblos no sirven para educar a los hijos de la gente con posibles, como se decía antes. Al pueblo se vuelve para las fiestas de guardar. En mi niñez visité un par de veces a su padre. Como no había seguro social la gente se pagaba el médico como podía. Y siempre me llamó la atención que su casa estuviera justo enfrente de la Iglesia. La lucha por la vida y los misterios de la muerte se daban la mano, puerta con puerta, por así decir. El olor a incienso es tan fuerte que te embriaga en una especie de sopor no sé si denominarlo místico. El caso es que entre la representación de la pasión de cristo tan vehemente llevada a cabo por todos los penitentes y el fuerte olor entra uno casi en una especie de trance, en el que se mezclan tradición y fe sin que llegue uno a distinguir exactamente donde empieza una y termina la otra. A mi lado unos púberes confunden sabiamente Santidad con fiesta y para ellos está claro que el paso procesional es sólo el aperitivo de la fiesta que vendrá después. De repente suena el himno, y te preguntas qué tiene que ver el himno nacional con la fe religiosa o lo que fuere que queramos llamarlo. Pues nada, mires por donde mires, pero ahí suena en los oídos de todos los presentes dejando claro que en el mundo terrenal religión y política han ido siempre de la mano y aún más que la política se ha servido de la religión al igual que la otra ha hecho ídem llegado el punto y la necesidad. La simbiosis ha sido tal que en la guerra civil española se quemaron Iglesias como forma de protesta contra el poder político. Por eso cuando escucho esta musuquilla patria a las puertas de una iglesia y desfilan gota a gota mantillas y penitentes y penitentes y mantillas y autoridad competente, me vienen a una memoria que no tengo pues no es mi época sino otra, esas otras procesiones marcadas por la intolerancia y el autoritarismo donde o se estaba donde se tenía que estar o no se estaba. Y luego la mirada vuelve a posarse en esos rostros satisfechos al tiempo que compungidos, no olvidemos que es cristo muerto el que pasean por las calles. La orgullosa con su mantilla, y qué bien le queda la peineta y que mal los zapatos que he escogido, que aunque son muy bonitos me van a matar los pies toda la noche, pero sarna con gusto no pica y y toca hacer penitencia aunque sea con el tacón de aguja. En otro tiempo tal vez un adinerado cacique hubiera esperado ansioso a quitarle la mantilla a una supuesta conquista. Escondiendo el deseo entonces llamado pecado bajo la oscuridad de cualquier portal. Para al día siguiente ir a confesarlo y quedarse tranquilo y amparado en el secreto de confesión, rezando tres avemarías y un padre nuestro .O quizá ni eso porque ese cuento del pecado se lo creen sólo los cuatro mentecatos que trabajan para mí de sol a sol. Yo ya sé que el único Dios es el dinero y para ese vivo y trabajo y es el que purga mis deseos y mis pecados. Pero eso no ha de saberlo nadie ,al pueblo hay que tenerlo despistado y entretenido con santones y vanas esperanzas de un mundo mejor, pero no en este mundo que en este mundo con los que disfrutamos el banquete ya somos muchos y sobramos la mitad. Y si hace falta se aniquilan unos cuantos en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, amén.¿no es verdad señor cura? Que si uno mato a uno de estos infieles indeseables que a veces ni fe tienen no comete uno pecado?, y el señor cura se relame el resto de flan de huevo recién hecho que le acaban de servir de postre en casa del señor alcalde y dice que sí pausadamente inclinado la cabeza hacia adelante. Y por encima de todo esto y por detrás y por delante y por dentro y por fuera la fe de verdad de la gente de verdad que cree lo que hace y hace lo cree. Porque al fin y a la postre todo creencia es respetable si respeta, todo credo, toda fe, toda idea que defienda la integridad de las personas y defienda la vida. Por eso ahora posas la mirada en ese río de gente con la vela en la mano y sientes el mismo respeto que desearías para ti, para todos en cualquier época, en cualquier lugar, con cualesquiera que fuera tu- su pensamiento.

domingo, 3 de abril de 2011

El Génesis según Einstein


En el principio había Dios, y Dios creó al hombre, y lo hizo a su imagen y semejanza.
En la oscuridad de la noche Dios se levantó una mañana sin día y miró hacia su soledad sin límites.
Sintió un profundo aburrimiento.
Necesitaba algo con lo que entretenerse y, tras hacer algunas cabalas intemporales, su frente se iluminó. Harto de mirar a ninguna parte, decidió que había de crear el espacio y, para prolongar la existencia del mismo, el tiempo.
Nadie sabe cuánto tardó, pues aún no existía el tiempo; menos aún con qué medirlo.
Y vio Dios que aquello era bueno, y sintió que su gozo se expandía con la contemplación de aquellos vastos espacios que se multiplicaban con el tiempo.
Pero el tiempo puso límites a su imaginación, y vio Dios su vacío interior reflejarse en aquellos desnudos espacios. Se dio cuenta de su error al crear aquellos vacíos; percibió, así mismo, cómo el tiempo limitaba su espíritu, convirtiendo en monótonas secuencias, en repeticiones insalvables, su gozo primigenio. Su creatividad había quedado limitada por aquellas coordenadas que él mismo había dispuesto. Y, por primera vez, sintió que había cometido un grave error y, por su excesivo alcance, lo llamo pecado. Se sintió expulsado, sin posible vuelta atrás, sin redención, de aquel estado paradisiaco en el que, sin saberlo, había vivido previamente; de aquella nada sin límites que, en su percepción sin referentes, le había resultado tan odiosa. “El mal ya está hecho”, se dijo. Y el sentimiento escapó proyectado y ocupó los espacios infinitos.
Para ponerle puertas al campo, Dios proyectó su infinito espíritu positivo y así nacieron los cuerpos estelares y, tras ellos, la luz que les relacionaba y daba forma. Y vio Dios que esto era bueno y, su creatividad exaltada, comenzó a jugar con las luces y las sombras, con las formas y colores; reorganizando la materia y creando infinidad de vínculos entre las partículas, que chocaban entre sí, bailaban, corrían y jugueteaban en círculos y espirales. Y, por alguna ley que escapó a su control, apareció la vida: materia consciente de ser materia, reflejo del espíritu divino, capaz de reproducirse y aprender, aunque lenta y dolorosamente, con los cambios. Y Dios receló de aquello que, sin proponérselo, había creado.
Pasó muchas eras analizando aquello que progresaba en su universo, escapando a su control.
Reflexionó, como nunca antes había hecho, sobre la posible formación de aquel brote, y dedujo que su origen se encontraba en la curvatura del espacio, que hacía que se envolviese a sí mismo, creándose así la consciencia.
Buscando entre recuerdos futuros, encontró la solución. Se trataba de inculcar un cuadrado en la parte más desarrollada y, por tanto, más vulnerable, del fenómeno vital. No tardó una diezmillonésima de segundo en alcanzar su objetivo: Adán.
Ahora, debido a su irredimible estupidez de haber creado el tiempo, sólo tendría que esperar.

Diego Pérez.Tertulia Entrelineas.

domingo, 27 de marzo de 2011

Ya nos veremos



Mientras terminaba de preparar algo para cenar miraba soslayadamente el televisor donde las últimas catástrofes del día eran desgranadas por comentaristas expertos en todo tipo de cuestiones. La noticia dejó de serlo hace mucho tiempo y nació lo que llamamos opinión que consiste básicamente en opinar sobre lo que pasa en el mundo pero sin llegar a contarte con un mínimo de objetividad qué es lo que ha ocurrido en realidad. Mi serie favorita estaba a punto de comenzar; en ella los personajes todos jóvenes algo solitarios como yo misma luchan a diario por mantener sus precarias relaciones sentimentales a flote, algo bastante difícil en una tierra que ya no cree en lo de adentro sino básicamente en los valores de afuera: poder, estatus, dinero, posesiones mobiliarias e inmobiliarias. Es mi gran momento, en pijama delante del televisor con mi cena recién preparada veo a todos esos personajes enredados en relaciones posibles e imposibles .En el capítulo de Ayer Sandra que era novia de Alfredo, se enrolla con Miguel que le gustaba desde hace tiempo. Mientras a su vez Alfredo mantiene un lío secreto con Ana que es la antigua novia de Miguel. Todo muy original, trepidante como un viaje por la selva. Mi antiguo novio, Oscar solía criticarme porque decía que era bastante superficial, que no me interesaba por la problemática de nuestro planeta, que no me comprometía, con nada ni con nadie. Y a lo mejor tenía razón, pero es que no tengo tiempo para pensar tanto. Me levanto a las siete, comienzo a trabajar a las ocho, no descanso hasta las 2.Como algo cerca de la oficina y regreso a casa sobre las 6.Lo que me apetece es darme una ducha, preparar algo rico para cenar y vegetar delante del televisor viendo algo que me recuerde que somos humanos, aunque sea una serie de amoríos frívolos, pero a mi me gusta, me relaja, me hace olvidar la vida que llevo. Hace un par de semanas me apunté a unas clases de yoga porque necesito aprender a relajarme. El primer día nos presentamos todos para empezar a conocernos, dijo la monitora. Formamos un grupo bastante peculiar, pero a mi me han llamado especialmente la atención dos chicas de aspecto algo desaliñado. Mi primera impresión es que eran pareja y no las encajaba del todo en el grupo de gente que se veía por allí. Para mi sorpresa intentan por todos los medios integrarse en el grupo y caer bien a la gente. Se esfuerzan por parecer educadas, aunque está claro que dejaron la escuela bastante pronto. Sus expresiones son básicas y toscas, pero es cierto que no podemos juzgar a la gente por nuestras primeras impresiones porque nos podemos llevar bastantes sorpresas. Hoy hemos hecho un ejercicio todos cogidos de la mano formando un círculo. Me he sentido bien y tengo mas ganas de relacionarme con la gente. Hace dos día que no puedo ver mi serie favorita porque llego a casa tan relajada que después de cenar me quedo dormida. Ayer me llamó Oscar, me extrañó bastante porque como habíamos decidido que nuestra relación fuese libre y abierta su despedida se resumió en solo tres palabras ya nos veremos. Dice que tiene ganas de volver a verme, pero prefiero quedar con con alguna de mis amigas y volvernos locas comprando y luego ver cualquier peli en el centro comercial. Es mi hoby favorito ir de compras al centro comercial. Luego llego a casa cargada de paquetes y eso me vuelve loca. Aunque mi profesora de yoga nos dijo ayer que tenemos que comprometernos con nuestra realidad y nos comentó que hay mucha gente en el mundo que vive en condiciones infrahumanas y que en parte todo eso se debe a nuestra necesidad compulsiva de consumir. Me puso de mal humor, si sigo yendo a sus clases es solo porque estoy aprendiendo a relajarme, aunque no resulta nada fácil.

Begoña Ramirez Joya.Tertulia Entrelineas.Marzo 2011.

martes, 15 de marzo de 2011

La cerilla




Entre todos los números, Cerilla era la más vivaz, la más dicharachera, la que más animaba todas las reuniones, los encuentros de contabilidad o las fiestas de cálculo.
Parecía tener una llama natural con la que encendía cualquier reunión o grupo de números sobre el que se posara. Era inteligente y, a pesar de su juventud, conocía bien la personalidad de cada uno de los dígitos, sus virtudes y hasta sus manías: Sabía de la arrogancia del 1, del sentido un tanto barroco de la estética del 2, la obsesión por adelgazar del 8, o los escandalosos encuentros eróticos del 9 cuando se iba de copas con su amigote el 6, en los que acababan participando todos los números mayores del 18.
A Cerilla le habían puesto ese sobrenombre por ser hija de Cero, fallecido un par de años antes, durante la última crisis, pues tanto lo inflaron hacia la derecha, que el pobre cayó fulminado en una playa de las Bahamas, agotado y víctima del temible karooshi.
Cerilla lloró desconsoladamente la desaparición de su padre, pero concluyó que no habría mejor forma de honrarle que aprender de los errores cometidos y que le llevaron a tan trágico final, a fin de enmendar, en lo posible, los dañinos efectos de la crisis que había terminado con su vida.
Tras mucho meditar, y viendo la torpeza con que los humanos hacían uso de su mágico poder de multiplicar por diez cada cifra a la que ella se acercaba, decidió renunciar a tal poder y, dando un salto ser, desde ese momento, y para siempre, una cerilla, o un cero, de la izquierda.

Falta un tema


Falta un tema, pero no es un tema para compartir, pues sobre ese tipo de temas ya hemos demostrado sobradamente que, para nosotros, cualquier tema es bueno, que lo que no germina en una mente florece en otra y, hoy por tí y mañana por mí, nunca falta leña para encender la hoguera de las letras.

Otro asunto es el tema personal que cada uno tiene que afrontar a diario, su día a día, su universo único, intransferible y nunca lo suficientemente compartido.

Pero ese es otro tema . . .

Nekovidal 2011– nekovidal@arteslibres.net

domingo, 20 de febrero de 2011

El Extranjero


De Lola carmona

Ya sé por qué no era capaz de inspirarme ni de escribir. Los términos de mi mente han cambiado y ya no valen los métodos y sistemas de antes. Os escribo desde el Mas Allá, sí, sí desde la muerte. Me he convertido en un extranjero de vuestra propia existencia. Realmente no sé cuándo ocurrió y ni siquiera si realmente ocurrió o me lo imagino pero la verdad es que estoy muerta y ya no estoy en vuestro mundo.
Las cosas desde aquí se ven diferentes y pierden identidad. Parece increíble que lo que más importe sea lo de menos valor, lo que antes o después se pierde.

Desde aquí las formas se diluyen en partículas de energía, donde el color nos da toda la información que necesitamos. No son formas rígidas sino que están en continuo cambio y movimiento dando lugar a distintas formas. He visto como la misma partícula daba forma a un perro y luego pasaba a un charco de agua para perderse en el aire.
Observo todo con atención y entusiasmo pues me parece ver la pura creatividad ya que todo fluye y se transforma continuamente en un continuo fluir de formas y colores.
Hay partículas esféricas transparentes con arcos iris en su interior, están llenas de paz y felicidad. He visto y sentido como se acercaban a diferentes seres, algunos la rechazaban con un escudo protector, otros conseguían agrandarlas. Estas partículas se juntaban formando diversos seres que luego se descomponían transformándose en otros diferentes. Así un río se podía convertir en un espíritu del bosque y este a su vez pasaba a convertirse en flor y cuando se cansaba se diluía en una mancha multicolor.

Otras partículas son alargadas, como pequeños gusanos que se mueven en un caldo de cultivo y llevan diferentes tipos de información. He reconocido emociones y pensamientos en lo que llamáis aire y como pasaban a través de vuestra propia energía. Por eso, he llegado a la conclusión de que los pensamientos y emociones se transmiten a través de lo que conforma todo y que ahora se conoce como campo electromagnético.

No hay nada totalmente unido ni nada totalmente separado y así es la vida y la muerte. El tiempo, la vida y la muerte se producen intercambiándose continuamente pero sin darnos apenas cuenta.
Todo esto me hace pensar que también puedo vivir aunque me hagan sufrir los sentimientos de todos. Las emociones negativas o dolorosas penetran en mí, trastocando todo mi ser. Soy totalmente vulnerable pues he perdido completamente mi identidad, para recibir la de los demás. Por eso, soy extranjera en mi propia tierra.

domingo, 13 de febrero de 2011

Está lloviendo

Por Pepe Guerrero

Está lloviendo, así que es mejor que nos marchemos cuanto antes, no es cosa de quedarse en plena calle viendo caer el agua sin protección alguna, y expuestos a contraer un desagradable constipado en el hervor de la cuesta de enero, cuando los fríos azotan con furia las mentes y el ambiente por los cuatro costados; aunque parezca una lluvia fina, casi imperceptible, poco a poco va calando los huesos del alma. Y entonces las directrices de la existencia, que hemos trazado, se desvanecen como el humo, y van empujando y marcando el paso por el desquiciado sendero, como el río que ha sido interceptado por el derrumbe del terreno causado por algún terremoto, y cuesta cada vez más desligarse de las ataduras y avanzar por el itinerario esbozado. Así las cosas, las aflicciones físicas y espirituales afilan los largos cuchillos clavándolos en los puntos más sensibles, y se regodean sobremanera sembrando el estupor por donde cruzan.

No obstante, no se puede afirmar que la sequía, como el polo opuesto, sea la panacea para resolver los grandes males que atañen a los seres vivos, porque allí donde arraigan sus redes la población, la flora y la fauna se mueren de pena, sed y hambre. Por ello, cuando se va circulando por los espejismos de una inconmensurable duna, y se vislumbra en el horizonte los resplandores de un fresco oasis los camellos y las entrañas del caminante cambian de color, respirando más seguros.

En consecuencia la solución habrá que buscarla por otros derroteros, allí donde la madre naturaleza sea menos madrastra y más madre, y ofrezca un acto de generosidad reflexionando sobre los múltiples excesos, proporcionando unas dosis equilibradas del líquido elemento, que respeten la vida de los humanos, evitando actuar como viles esbirros en el impetuoso e incierto remolino de las olas, ensañándose con los más débiles, ajenos a todo y sin ninguna culpa.

La cuestión es que no cesa de llover, y necesito salir a buscar leña al monte para encender la chimenea a fin de preparar el sustento diario, sin el cual no es posible conciliar el sueño, pero como está lloviendo a mares, y es muy arriesgado embarcarse en tales circunstancias, no hay más remedio que esperar a que amaine el temporal. No hay duda de que esto puede ocurrir cuando menos se espera en cualquier lugar, sobre todo en zonas de clima húmedo, pero también acontecen lluvias de turbas que se desplazan de un sitio a otro a la misma hora por los mismos puntos. Así, por ejemplo, cuando se va al cine (o a algún espectáculo de masas) un viernes por la tarde y se forma esa cola en la ventanilla, se quitan las ganas de ver la película, al quedar bloqueado en aquel berenjenal de gente que ha acudido anhelante a retirar la entrada, pareciendo que una nube humana empezase a diluviar desesperadamente, al acudir todos en tropel al mismo evento; y cuando finaliza la función y va a empezar la siguiente, el empuje nervioso entre puertas, viéndose impotentes los servicios ante la desmesurada demanda de forma incomprensible, sobre todo cuando son minúsculos y no acaban de salir los dos, o más, vaya usted a saber, que hay en el servicio, vamos, y la cosa se complica aún más si a alguien de la cola le entra de pronto un retortijón envenenado exigiendo in extremis un hueco en el lavabo, para no verse en la tesitura de tener que hacerlo en los mismísimos pantalones, exponiéndose a que lo tachen de cobarde, grosero o descarado, pero no cabe duda de que cuando la tormenta revienta con todo el aparato eléctrico y echa a funcionar toda la maquinaria aquello no hay quien lo pare, y echa por la calle de en medio, sin respetar señalizaciones, normas ni muros de contención, como sucede en las locas algaradas, o en las riadas de ciertos parajes ya habituados a esas disparatadas acometidas, llevadas a cabo en muchos casos por un enclenque riachuelo, que apenas trae agua durante el año, denominándose con toda la razón “río seco”, o acaso como se dice vulgarmente, una mosca muerta, y de buenas a primeras, se le hinchan las narices y empieza a vomitar toneladas de escombros, troncos y piedras, entrando en las viviendas de los vecinos, sentándose a la chimenea sin llamar al timbre ni saludar, pillando a los moradores haciendo sus necesidades o acunados en los brazos de Morfeo, que es lo peor, al no disponer de tiempo material para reaccionar y huir con lo puesto, poniendo tierra de por medio.

No es raro la acción de las riadas, pues acaece en multitud de ocasiones en los espacios más inverosímiles, en que asimismo son arrastrados por la corriente los pormenores que se suceden en el día a día, lo rutinario o lo trascendental, y antes de fenecer no les da tiempo de pronunciar el último testimonio, que justifique su presencia en este mundo, y poder desahogarse exclamando en la oscuridad de la noche o a la luz del día, con o sin permiso del verdugo, confieso que he vivido, y así, al menos, hacerle ver a la naturaleza y a los allí presentes que tiene corazón, que ha respirado y que en tiempos pretéritos luchó como el que más por las causas justas y vitales, dando el do de pecho, sin andarse por las ramas, y podía ir con la cabeza bien alta, mirando al porvenir, que se le torcía muy a su pesar, pero que no por eso le iba a impedir sentirse orgulloso por haber realizado en este mundo todo cuanto se le antojó en buena lid, sin perjudicar a nadie.

Pero como el corazón es tan imprevisible, y hay tantas frutas por cortar en el jardín de la existencia, y corren el riesgo de pudrirse si no se recolectan a su debido tiempo, por ende él quería libar las esencias más sutiles que deambulan por el ambiente, sacarle jugo y no pasar de puntillas como un escurridizo huésped por las esquinas o plazas, donde se exponía la flor y nata de los manjares, porque ante todo quería atrapar la belleza y gozar de todo cuanto germina en derredor.

No aspiraba a ser un donjuán ni mucho menos, anhelaba sembrar armonía y contento allí por donde transitaba, intentando satisfacer los espíritus más delicados, inquietos y exigentes. Por ello, aunque su alma de artista bullicioso reventaba en primavera como un capullo en flor, no obstante regaba con valentía, desprendimiento e imaginación los campos que tocaba.

Y así, en una perenne pugna por eternizarse en la brevedad del viaje por el orbe, antes de que arribasen las horas ortivas del postrero día, con toda la solemnidad que se requiere en tan solemnes momentos, únicos e irrepetibles en la vida humana, pudo expresar con la satisfacción del deber cumplido, y pese a que estaba lloviendo sin parar, lo que más ansiaba, confieso que he vivido, y dicho esto se marchó feliz haciendo mutis por el foro.

martes, 25 de enero de 2011

El valor de los refranes


Diego Pérez Sánchez

Hay un momento en la vida que no por ser el último es el menos importante. Todo lo contrario, gracias a él la vida cobra su auténtico significado y con él se cierra el espacio y el tiempo, desapareciendo las dimensiones; lo que deja borroso, desfigurado y nulo, cualquier valor, por importante que pareciera hasta entonces.
En ese momento es en el que ,si algún valor tenemos, que demostrarlo hemos, y ya no ante nadie, disimulando, tratando de engañar con patrañas, apariencias y trucajes; sino ante nosotros mismos, sea lo que sea que seamos. Y habremos de estar preparados, pero, si ni siquiera sabemos quien somos, ocultos tras nuestra imagen a nosotros mismos, no habremos sabido ni como hacerlo, perdiendo todo a cambio de nada.
Podemos perder toda una vida, nuestra única vida conocida -aprehensible, real y realizable- buscando valores que no tenemos, acaparando ficciones trasnochadas y objetos destartalados, en una palabra, acicalándonos; pero cuando caigan las máscaras, cuando sólo nos quede el alma, desnuda de objetos y valores amurallados, entonces sabremos el auténtico valor de los refranes, y tendremos algo para olvidar, y algo para recordar, aunque probablemente de lo primero sea todo y de lo segundo nada.
Pero, mientras tanto, en el teatro de la vida, y para todos sus espectadores, señoras y señores, ante ustedes: “Tanto tienes, tanto vales”, tragedia en tres lapsos, y ríanse del absurdo.