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domingo, 4 de noviembre de 2012

El Morado


Las sillas se arremolinaban en desordenado círculo, una procesión de enlutadas mujeres con el rostro tapado por un gran velo, iban tomando asiento indiscriminadamente.
Si alguien le preguntaba a Marisa como había llegado hasta allí, no podría dar norte ni razón, miraba a un lado y otro sin saber que era  aquel sitio infinito y vacio, donde solo se hallaba el desconcertado  círculo de sillas ocupado por esas mujeres vestidas de negro con las caras tapadas, dejando desgranar  en susurros una sarta de oraciones sin sentido para ella.
Una pálida luz lo envolvía todo, Marisa se contempló, llevaba un vestido  de terciopelo morado, de manga larga cerrado hasta el cuello que le arrastraba por el suelo.
Su rubia melena suelta le llegaba a la cintura, le extrañó, ella siempre se recogía el pelo en un moño, solo se lo soltaba para dormir. ¿Y el vestido? Odiaba el morado, le recordaba a pena,  a muerte a soledad.  

Se dirigió hacia el grupo de mujeres sentándose con ellas, el murmullo de la monótona letanía le hacían aflorar todas las penas que mantenía encerrada en el fondo de su alma, un dolor sordo y profundo le subía hacia la garganta amenazando con ahogarla.
La brillante luz que invadió la tenue claridad existente le hizo girar la cabeza, su corazón saltó de alegría, ¡Era él! ¡Por fin! Tenía tantas ganas de verlo.
Le hizo señas con una mano para que se acercara, mientras con la otra daba palmaditas en el asiento de la silla que tenia al lado, él negó con la cabeza mientras le sonreía y le alargaba un ramito de violetas que llevaba en la mano. Una  inmensa llama violeta lo rodeaba por completo, mientras se transmutaba ante sus ojos, la miraba con un amor tan grande que la invadió por completo.
Abrió los ojos, solo había sido un sueño, pero aún se sentía toda embargada de felicidad, solo un sueño…solo un sueño repetía para sí, quería seguir durmiendo, quería estar con él, verlo aunque fuera soñando, al  darse la vuelta en la cama su mano  tocó  algo, lo cogió, era un ramito de violetas.

MARÍA  BUENO.    

Una Ceremonia Inacabada





Leandro iba por el camino con la cabeza gacha y sumido en sus pensamientos. El otoño le intentaba entrar a través de la sotana mientras él iba crujiendo las hojas de los árboles que a su paso de alguna manera se habían independizado. El día era fresco y su vestimenta de poco abrigo por lo que los brazos se cerraban junto a su pecho. ¿Se cubría del frío o protegía su corazón? Las ideas saltaban en su cabeza yendo y volviendo repetidamente sin que él pudiera controlarlas. ¿Por qué había actuado así? El complejo de culpa no le dejaba contemplar la belleza del paisaje otoñal, pero ¿Para qué hace falta un sentimiento sobre el pasado si este no lo podemos cambiar? ¿Por qué se sentía culpable precisamente cuando había hecho lo que creía debía hacer? ¿Por qué no contentaba a los demás? ¡Como si se pudiera contentar a todo el mundo! O como si fueran más importantes las opiniones de los demás que las de él mismo.
Las ideas, los recuerdos, emociones y hojas secas se entremezclaban en una red de sonidos diferentes formando su propia sinfonía. 
Recordaba el templo, las imágenes, la gente mirándole y él, salir corriendo ante la mirada atónita de todos los feligreses.
La gente llenaba aquel día la iglesia por ser la ceremonia de las confirmaciones. Quien no tenía un familiar, tenía un vecino o un amigo. En el pueblo pocas distracciones hay y lógicamente había que aprovecharlas. Leandro se encontraba algo nervioso pues los preparativos y charlas con los muchachos y familia le habían movido muchas ideas y dudas personales. Cuando el obispo hizo su entrada la tensión fue aún mayor pues no le caía bien y se le revolvían las tripas al pensar que tenía que agasajarlo como un gran personaje cuando pensaba que era prepotente, déspota y avaro. Este era el representante de la iglesia que venía a confirmar. ¿Qué era capaz de confirmar? Leandro tenía que dirigir la ceremonia para sus feligreses pero le costaba trabajo ponerse en movimiento para ella.
La salida de la sacristía de los dos sacerdotes fue seguida con gran atención por todos los presentes. Leandro como cura párroco hizo la introducción presentando al obispo y a los que iban a ser confirmados, así como la ceremonia que se iba a celebrar.
 Cuando el obispo se dirigió a los jóvenes el silencio era patente. Ellos se encontraban expectantes y emocionados puestos en pie como les había indicado antes con un gesto.
El obispo con voz fuerte dijo:
¿Creéis en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra?
Y ellos contestaron "Sí creo" mientras Leandro escuchaba intranquilo.
¿Creéis en la santa iglesia católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos, y en la vida eterna?
Todos respondieron al unísono "Sí creo" pero Leandro sintió que algo se movía en su interior.
La ceremonia seguía con creciente malestar de Leandro pues se preguntaba si él realmente creía o quería creer para no tener problemas. La mirada puesta en el suelo para que nadie descubriera su pensamiento.
De repente la voz se dirigió hacia él:
Y vosotros, padres, padrinos y fieles de esta comunidad, ¿asentís con estos confirmados, reconociendo que esta es nuestra fe?
Sin saber que su voz salía de su cuerpo y que era escuchada por todos los asistentes respondió casi en un grito
"No. No creo en nada de eso"
Un clamor general lo despertó de lo que creía eran pensamientos internos y al ver todas las miradas dirigirse hacia él salió corriendo de la iglesia dejando al obispo, confirmados y  resto de la gente conmocionados.
Pasados unos minutos, el murmullo y clamor no dejaba espacio para continuar con la ceremonia ¿cómo se podía hacer esta, si el preparador y representante se había marchado desautorizando dicha confirmación?
¿Por qué tuvo que esperar tanto? o ¿por qué no pudo terminar la ceremonia? porque sencillamente estuvo estirando su conciencia hasta que esta se rompió.
Leandro sigue caminando entre los árboles rojizos, amarillos, marrones y verdosos que se encuentran bordeando el sendero y que él no sabe a donde lo lleva.

                                                                                Lola 2/11/2012









El camino




Se dice que para hablar de algo con propiedad, hay que conocerlo bien primero. Bien, yo me he debido levantar hoy con el píe izquierdo, dispuesto a soslayar la regla, al menos parcialmente. Hoy quiero hablar de los best-seller, así dicho ya en español desde que tengo uso de razón, es decir, memoria. Y recuerdo que entonces sí me documente con voracidad sobre estos escritores y sus ríos de tinta, aunque, por ser la época del hambre, tuve que conformarme con lo que se tejía  en este país medieval: la asturiana Corín Tellado y el toledano Marcial Lafuente Estefanía. Leí algunos cientos de sus novelas, pero no cubrí con ello la décima parte de su producción. Supongo que las dictaban, de tres en tres, a afanosas secretarias, o secretarios, que aún no estaba la mujer como para trabajar en los teclados. Estas lecturas, atemperadas poco después con Salgari, Julio Verne y Defoe, dieron el paso a la adolescencia. Aún entonces leí a Michener, esta vez un solo libro, el entonces best seller Hijos de Torremolinos, que como suele ocurrir, ya nadie recuerda. Hablaba de los hippies o, mejor dicho, de las aventuras de los niños de papa que, por entonces, habían llegado a Torremolinos, y cómo sus hábitos chocaban a sus papás californianos. Todo volvía al orden antes de acabar la historia. Creo que en alguna parte se hacía mención a los nativos, pero más como decorado. Por entonces descubrí maravillado a Dostoievski, Baroja, Stendhal, Hesse, Flaubert, Sartre, Goethe, y tantos otros, poco leídos en su tiempo, y que nunca serían best seller, porque se leerían en todas las generaciones, sin prisa, como debe hacerse el amor. Y, ya bien adulto, me atreví con algún otro escritor entretenido. Tragué el primer tocho de Auel, Los hijos de la tierra, y casi terminé el segundo. Había vuelto a la tierra, con un romanticismo primitivo y ecológico y El clan del oso cavernario me vino al dedo. El segundo me recordó demasiado a Corin Tellado, aunque la protagonista era una mujer muy liberada que se parecía más a los llaneros solitarios de Estefanía. No cejé por ello en mi empeño y algunos años más tarde me enfrasqué en otro best seller, lo que implica un gran valor, pues suelen ser todos muy tochos. La cantidad cuenta y, sus honestos autores no quieren que el público piense que dan gato por liebre. Más vale que sobre que no que falte. A Los pilares de la tierra le sobra de todo, aunque a mi parecer le faltaba lo esencial. No tiene alma. Lo dejé desesperado antes de la página 100, después de grandes esfuerzos por seguir, esperando siempre que, al volver la hoja, me sorprendiese con una pequeña epifanía, algo que no fuesen mediocres pasiones, historias vulgares. No obstante, años más tarde cayó en mis manos en inglés, que empezaba a conocer, y lo leí con agrado pues su lenguaje sencillo, sin adjetivos, sus frases cortas de fácil sintaxis, sus personajes predecibles, su historia lineal, sin complejidades, alimentaban mi capacidad de lectura en esa lengua, satisfaciendo mi ego. Aprendí algún vocabulario sobre capiteles, arcos, bóvedas y celosías. Y sobre cómo funciona un best seller.
El libro de evasión, como el futbol, tiene una gran función social. Sus mediocres ensoñaciones ayudan a una fácil identificación, y nos ayudan a olvidar la miseria de nuestras vidas, sin plantearnos cuestiones que quizá nos impedirían dormir, con lo que al día siguiente –son libros para leer antes de acostarse, pues producen somnolencia- no estaríamos bien dispuestos para el trabajo. Ayudan a sobrellevar la monotonía de la vida cotidiana, sin inquietarnos demasiado y, como el futbol, facilitan nuestra vida social: durante la jornada laboral, en nuestros ratos de asueto, podemos charlar con cualquier vecino sobre el avatar de sus protagonistas o la última jugada de Maradona. Podemos opinar, relacionarlo con acontecimientos de nuestro diurno trajinar, sin menoscabo para estos. Y, quizás, ayudan a que algunos, algún día, se animen a leer literatura. Lo que, con visión histórica, no es poco. Al menos, quiero considerar que para mí fueron una etapa en el camino.

Diego

El camino


El camino

El camino fue largo, muy largo, acostumbrada a viajar en avión sentarme en un coche, tren o autobús me costó bastante. Sin embargo por diferentes razones que en su momento pensé valederas, decidí irme en autobús. 
Recuerdo que ya hace mucho tiempo solía recorrer dos o tres veces por año una distancia de dos mi kilómetros generalmente en coche, sin embargo y a pesar de no ser la única ni la principal conductora, inevitablemente hacia una importante parada aproximadamente en la mitad del camino, que incluía cena y hotel prosiguiendo el camino luego de un merecido descanso. Nunca hice los dos mil kilómetros sin ese importante descanso.
Esta vez el coche era un autobús y repetir costumbres del pasado no eran oportunas por diferentes razones. 
Tuve tiempo de pensar, tengo esa mala costumbre, mi mente no para, cuesta callarla, calmarla y mucho mas distraerla.
El camino, el increíble silencio que reinaba y el ocio forzoso me daban la oportunidad de hacerlo. La carretera no era mi responsabilidad por lo que podía dejar vagar mente y mirada aún cuando cerrara los ojos y siguiera solo mirando hacia dentro.
Me dí cuenta una vez mas, aunque esta muy gráficamente,  que lo importante no es llegar, lo importante es el camino, durante el haces planes, sueñas, saboreas el dulzor de los buenos momentos que pasarás, los lugares que visitarás, las personas que estrecharas entre tus brazos y tantas cosas como grande sea tu propia fantasía. 
El camino tiene momentos hermosos de paisajes increíbles y de encuentros inesperados, situaciones divertidas, extrañas, dantescas.................. sin embargo llegar, de alguna manera es romper la magia, chocar con la realidad, terminar una etapa, poner punto final a algo, despedirse de una parte nuestra que para siempre hemos dejado ahí.
Quizá por eso tantos buscadores pueblan el Camino de Santiago día a día y año a año, no digo que muchos no hayan encontrado lo que buscaban o bien se hayan encontrado a si mismos con él, pero sí me animo a decir, sin nunca haberlo hecho, que la importancia del camino, no solo ese si no de cualquier camino, es totalmente metafórica, somos nosotros mismos haciendo el camino de nuestras vidas, con tropezones,  encuentros y desencuentros, momentos radiantes, situaciones de desanimo, y muchos, muchos momentos de soledad y reflexión. 
Cada vida es un camino, y cada ser humano es un camino en si mismo, por eso voy o vengo, vivo y disfruto, recuerdo con amor a todas y cada una de las personas que han compartido mi camino,  que me han guarecido de la lluvia o el frío, o me han acercado un pañuelo para secar las lágrimas de algún infortunio, pero ya no están, ellos quedaron en el camino. 
Por alguna razón  yo sigo en el y la encuentre o no, tengo que seguirlo con entusiasmo, alegría y mucho agradecimiento ya que como dice Eladia Blazquez: "no es lo mismo que vivir honrar la vida". 
Intento honrar la vida, por lo que trato día a día de seguir el camino y disfrutar de los  buscadores caminantes que me acompañan hoy. 
No siempre es fácil.


Alicia