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lunes, 30 de noviembre de 2009

la ceguera



Por Alicia Gaona


En la oscuridad de la sinrazón no veo nada, no siento nada, ni frío ni calor, ni un tacto suave ni una superficie rugosa, el silencio me inunda como en la peor pesadilla, y no hay aromas en el aire. No sé donde estoy ni por qué no tengo recuerdos, sólo a veces me parece flotar entre elementos que también flotan a mi alrededor, pero no los veo, no los huelo, ni los escucho, tampoco los saboreo, no me trasmiten ni frío ni calor. 
De repente , algo me atrae fuertemente y empiezo a escuchar los ruidos propios de un hospital, huelo profundamente la asepsia y los medicamentos, los sabores amargos me invaden la boca, me revuelvo entre suaves y cálidas sábanas, poco a poco siento mi cuerpo dolorido aunque aún no entiendo qué ha sucedido, no recuerdo nada, sólo sé que estoy en algún lugar y respiro.
Sin embargo la oscuridad aún me rodea, muchas voces discutiendo forman una gran algarabía en este lugar con sentidos asépticos, ellos dicen, ha vuelto, ha regresado, ahora podemos mantener la esperanza. Sin embargo, aun sin poder recordar sigo moviéndome en la oscuridad.
No veo, mis ojos se mueven pero no veo, no sé quienes son ellos ni quién soy yo. No sé quién soy si no veo, no sé quienes son si no los veo, no reconozco las voces, aparentemente volví a la vida aunque no sé de donde.Pero qué vida es esta que me espera sin saber quien soy, adonde voy y de donde vengo, sin ver caras queridas si las tuve, sin ver los peligros que me rodean. Siento manos amenazantes por todos lados, me tocan, me abrazan, son cálidas, pero tengo miedo, adonde estoy, quien soy, de donde vengo, quiero ver, no me importa no oler, no quisiera escuchar, que mis papilas gustativas no reconozcan nunca mas, ni el dulce, ni el amargo, ni la acidez , que no escuche mas las melodías que algún día salieron de un instrumento, que no escuche voces, pero dame luz, quiero ver, tengo miedo, no puedo vivir sin luz, tengo miedo.

lunes, 23 de noviembre de 2009

El Guitarrista de la Esquina




Por Lola Carmona


Gustavito era un niño perfecto, orgullo de sus padres y preferido de sus maestros. Era un niño que todo lo intentaba hacer como los adultos querían. Gustavito no te ensucies en el parque y él se sentaba en un banco viendo jugar a los demás, pero quedándose impecable. Por mucho que disfrutaran los demás niños jugando, más disfrutaba él cuando regresaba a su hogar y recibía las alabanzas de todos los que allí en ese momento estaban. Os comunico que su madre tenía una peluquería, barata y clandestina, en el salón de su casa. Eran muchas las admiraciones y alabanzas referentes a lo buenísimo que era, y eso, a él le gustaba.
En el colegio ocurría algo parecido pues su maestra sabía que las mejores libretas y los libros más cuidados eran siempre de nuestro amigo. Cuando hacía falta que alguien hiciera algo, allí iba Gustavito, y eso, a él le encantaba.
Fue pasando el tiempo y nadie se dio cuenta de que se estaba mimetizando en una sombra que reflejaba los deseos de los demás y en la que él había pospuesto los suyos confundido por la necesidad de aprobación.
Un día, al pasar por una plaza, se encontró en una esquina con un hombre que hacía saltar sentimientos al rasgar las cuerdas de su guitarra. Gustavo, pues ya había crecido y dejado el diminutivo, se quedó extrañado ante el desajuste emocional que estaba ocurriendo en su interior. El cantante era de edad indefinida, por lo menos para nuestro muchacho y bastante desarrapado; pero lo que más llamaba la atención de Gustavo eran los sonidos expulsados con las manos y que iban adornados con gestos de la cara.
Se sentó en un banco de la plaza y estuvo un montón de horas embobado contemplándolo y sintiendo cada nota que saltaba de aquel instrumento de madera como si fueran chispas de un fuego. Poco a poco dejo de ser él y empezó a convertirse en dedos en gestos, en música. Allí estuvo hasta que aquel guitarrista dejó de tocar. Con las notas en la cabeza y una sonrisa extraña se fue a la casa donde estaban preocupados por el retraso, inconcebible en él.
La mesa puesta con el padre, la madre, la tía y el abuelo esperando para cenar. Él por primera vez en su vida no daba ninguna explicación sólo expresaba aquella extraña sonrisa ante la mirada sorprendida de los demás. Al final de la cena cuando terminaron de saborear las natillas con galleta que había de postre dijo solemnemente. “Ya sé lo que voy a ser, guitarrista de la esquina”

domingo, 8 de noviembre de 2009

Una mirada al mar

Por Begoña R.J.

Lanzo una nueva mirada al mar, camino despacio contemplando con entusiasmo esa inmensa mancha azul que inunda mis sentidos, que me transmite la grandeza y enorme belleza de la naturaleza, de la tierra.

Un ser vivo que lucha como nosotros por mantener su equilibrio, que responde a las agresiones de su entorno. Una leve brisa acaricia mi rostro y no puedo evitar una pequeña punzada de nostalgia en mi estómago. A veces parece que el mar nos llama como si aún fuéramos peces y en parte todavía le perteneciéramos. Encamino mis pasos hacia el centro de la ciudad, y allí los bares se encuentran abarrotados, la ciudad bulle en sus entrañas y busco refugio en un pequeño local que trae a mi memoria la bohemia parisina .Me acomodo en rincón algo apartado pero agradable.

Desde mi estratégica posición veo a la gente que entra y sale, a los que ya han consumido su tiempo, a los que buscan saciar su hambre. Un par de tipos llama mi atención, su atuendo desaliñado contrasta con el del resto de la clientela. Se acomodan en una mesa cercana a la mía. El más joven parece estar hambriento, tal vez una noche de juerga ininterrumpida o tal vez quehaceres más inconfesables. Me aventuro a pensar que son chaperos.

Algo en su aspecto me ha inclinado a este pensamiento; incluso puede que se trate de una pareja que realiza de forma ocasional este tipo de servicios para salir adelante. La realidad posee diversas capas, espacios en los que cada uno de nosotros se mueve; capas que a veces se mezclan, se tocan,

que asaltan nuestra retina y nos hace partícipes de una postal que no es la que estamos acostumbrados a ver. En los escasos metros de cualquier local, se pueden mezclar de forma totalmente azarosa.

Adivino en esta pareja de amigos o de amantes, un cansancio cercano al tedio. y ese tedio inunda mi ánimo por unos instantes. Por las miserias de nuestro mundo que se entrelazan con sus grandezas y nos dejan en el paladar un regusto agridulce De manera incansable y a veces inconsciente busco el sentido de toda esta realidad y más aún el de mi propia existencia.

Rastreo las posibles señales en una senda difuminada en la que a veces un pequeño destello da sentido a todo. Cada vez me angustia menos esa búsqueda, voy adivinando poco a poco que encierra en sí misma su propio secreto.