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lunes, 27 de junio de 2011

Vikingos






Alguien me preguntaba, hace un tiempo, qué fue lo que hizo de los griegos uno de los pueblos clave de la cultura occidental. Puesto que era algo sobre lo que me había interrogado a mi mismo hacía años, respondí con la conclusión a la que llegué en su momento: ser un pueblo tan viajero como curioso.
Si se compara con la cultura egipcia, más antigua y sin duda más poderosa en muchos aspectos, pero de mucha menor influencia en la historia, se comprende fácilmente la diferencia. Los egipcios vivieron durante decenas de siglos prácticamente encerrados en torno al Nilo, mientras que los griegos viajaron incansablemente y tuvieron, además, la suerte de que uno de sus primeros y mejores viajeros fuera también un buen historiador: Herodoto.
Herodoto, viajero incansable, aprendió a mirar lo diferente sin juzgar, algo que hoy sabemos imprescindible en cualquier buen historiador, pero esa actitud era una innovación en su época, como sigue siendo una rareza en la nuestra. Lejos de hablar de pueblos o personas salvajes, crueles o primitivos, se limita Herodoto a describir sus costumbres, sus ropas y formas de expresarse, siempre evitando adornar o deslucir esa información con cualquier opinión personal.
Ese arte de evitar el juicio cargado de prejuicios les llevó a dudar, y a partir de la duda germinó la filosofía, luego la aritmética, y de la mano del pensamiento matemático, el embrión de la ciencia. Surgió luego la oratoria, para debatir y poder, siempre de la mano de la duda, aumentar los conocimientos adquiridos compartiéndolos. En lo social nació, inevitablemente, algo parecido a lo que hoy día llamamos democracia.
Se transformó así Grecia en una cultura que aún hoy nos asombra en algunos aspectos, mientras en otros no puede evitar mostrar la rudeza de la época en que floreció, una cultura que es estudiada en las escuelas de prácticamente todas las demás culturas humanas.
Un papel similar de pueblo viajero, aprendiz y maestro a la vez de las diferentes tonalidades a que puede dar lugar la imaginación humana, lo tuvieron en la mitad norte de Europa los vikingos o normandos, que no se dedicaban, como nos han contado las crónicas cristianas medievales, exclusivamente a la piratería, sino mayoritariamente al comercio de ideas y mercancías.
Su enorme influencia en la mitad norte del continente fue decisiva para crear una forma de vida que, vista desde nuestro ombligo cultural, el Mediterráneo, nos puede parecer simple o primitiva, pero que fue lo suficientemente pujante como para tomar el relevo de los imperios y culturas del sur en los últimos dos siglos, aunque ello diera lugar tan sólo, justo es decirlo, a dos siglos más de colonialismo europeo.
Se puede decir, simplificando la historia, que esos dos pilares de pueblos viajeros y navegantes, ambos aficionados a buscar lo desconocido, incluso dentro de sus propias mentes, son los que han soportado el peso de nuestros complejos, carencias y grandezas culturales.
Ese fue el principio del camino de una cultura, la occidental, tan agresiva y guerrera como cualquiera, pero que supo conservar el tesoro del saber dudar, ese ejercicio que todos creemos saber hacer y tan pocos son capaces de llevar a cabo.
Ese tesoro, la duda, compensó en parte una historia llena de guerras de colonización, genocidios y dolor porque, a través de la duda, surgió en algunas de esas mentes occidentales la ciencia, de la que podemos estar orgullosos, y esa misma duda hizo surgir poco después los derechos humanos, pues alguien se atrevió a dudar que algún dios hubiera decidido para los humanos un eterno e inamovible sistema de castas.
La duda es, al mismo tiempo, el mejor ejercicio y alimento para la mente, tanto como un veneno que puede destruirla, pues es tal su poder, que la dosis debe ser exactamente la justa y, paradójicamente, sólo una mente sana sabe apreciar cuál ha de ser esa dosis.
Si hablamos con un buen científico, asombra con que facilidad asume la duda cuando no encuentra una respuesta ante determinada pregunta. Por el contrario, una persona integrista, bien en ideas políticas, religiosas o de cualquier tipo, o una mente enferma, son incapaces de cuestionar, ni por un instante siquiera, la idea o credo en que se encuentran cerradas.
El autoengaño ha destruido la capacidad de dudar, tal vez como patético mecanismo de defensa, y la mente ya se habrá transformado en un erial donde ninguna idea razonable o constructiva puede germinar.
De ese pequeño pueblo que supo alimentarse con la duda seguirán hablando los seres humanos durante siglos, mientras a los otros, poderosos, crueles y autoengañados en su enajenación, le reservará la historia el espacio gris de las guerras y los imperios.
Porque la civilización, o la persona, que ha perdido la capacidad de dudar estará, en consecuencia, absolutamente convencida de que es el resto del mundo, o al menos a quien no pueda manipular y sumergir en su juego, quien tiene un problema, y ese es y será, para su desgracia y la de quienes estén cerca, su gran e irresoluble problema.

Nekovidal 2011 – nekovidal@arteslibres.net


PARADOJAS

El concepto de paradoja, cuando profundiza en él, atemoriza al ser humano, especialmente al occidental, porque lo presiente como un peligro para su ego, para lo que cree equivocadamente que es la esencia de su ser.
Es una incertidumbre similar a la sentida ante la idea de la muerte, el eterno miedo humano a cuanto no puede incluir en su fantasía constante de creer que puede controlar algo de lo que acontece a su alrededor.
Nekovidal 2011 – nekovidal@arteslibres.net

martes, 7 de junio de 2011

Nosotros también estamos Indignados


¡¡LA DECISION!!

Mariano se levantó aquella mañana, totalmente decidido, se afeitó se duchó, desayunó a conciencia y como era hombre precavido, preparó un tentempié por si acaso. Fina, su mujer, seguía con la vista todas sus maniobras sin decir ni pio, tan solo un gesto contrariado en la cara y el movimiento de cabeza denotaban su disgusto.
El estaba feliz, se sentía vivo y joven, como ya no recordaba cuando.
Fina no pudiendo aguantar más, abrió la boca. – ¡Pero Mariano, recapacita! Que tú ya no estás para esos trotes
-Para esos y para muchos más –contesto él.
-Te recuerdo que tú ya estás jubilado.
-Tú lo has dicho mujer, jubilado ¡pero no muerto! Y siguió preparando su mochila, mientras notaba como la adrenalina le corría por las venas haciéndole sentir en ebullición.
-¡Que alegría haber tomado las calles otra vez! Recordaba sus años de estudiante, las carreras esquivando a los guardias, los palos, los gases lacrimógenos, los días de cárcel, el mayo francés, los ideales que poco a poco sin apenas darnos cuenta fueron enfriándose, para convertirnos en autómatas que formaban parte de un sistema con el que nunca estuvo de acuerdo. Ahora iba a unirse a los indignados, porque así se sentía él. Desde que se jubiló y dejó de formar parte del engranaje del sistema, volvió a ser persona, a ser él mismo, un día sí y otro también gustaba de andar perdido por esos mundos, informándose, aprendiendo, descubriendo otras culturas otras formas de vida. Aquella ventana abierta por la que se introducía para perderse por esos mundos cibernéticos le hizo reafirmarse en lo que ya sabía, ¡lo bella que es la vida! Y que a pesar de los pesares, en el corazón de los humanos sigue anidando el amor. Existen aún cosas buenas en la mayoría de nosotros, esperanzas, ideales, ilusiones y ganas de cambiar el mundo. Pero también comprendió que nada había cambiado, el planeta entero seguía regido por una horda de canallas sin conciencia ni escrúpulos, donde lo que imperaba era el poder y el dinero.
- Escucha mujer, no podemos seguir mirando para otro lado,
Mientras ellos se reparten el pastel, el pueblo recoge las migajas.
Pero como gota a gota el agua horada la piedra ha llegado el momento de las preguntas, de cuestionar las cosas, de abrir los ojos, de tomar conciencia, las gentes se rebelan y toman las calles y protestan y piden justicia, trabajo digno, salarios justos, protestan contra el sistema, contra los endiosados gobernantes, los prepotentes banqueros, los corruptos empresarios, los quiero y no puedo y los incontables lameculos.
Es un movimiento no sólo de jóvenes, son los parados, parejas con niños, emigrantes, jubilados y todos los que han despertado.
Por eso yo me voy a tomar las calles, voy a estar con ellos, a apoyarlos, me voy y no sé cuando volveré o si volveré.
-¡Y yo Mariano! Yo también voy – Dijo Fina en un arrebato- También yo he despertado.
- ¡Temblad proxenetas de la justicia!
- ¡Temblad políticos fariseos!
-¡Temblad especuladores!
-Las masas están abriendo los ojos, las ovejas se convierten en leones, es una reacción mundial en cadena, el pueblo tiene hambre y sed de justicia. Nadie ha dicho que sea fácil, nosotros solo lo vislumbramos, las generaciones futuras lo vivirán.
Mirándose a los ojos sonrieron, y cogiéndose de la mano, salieron a tomar las calles.
MARÍA BUENO. (TERTULIA ENTRELINEAS)