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jueves, 22 de abril de 2010

En un lugar del futuro



En un punto o lugar del cercano futuro, de cuyo nombre por razones obvias no puedo acordarme, apareció, víctima de un accidente espacio temporal, provocado por las todavía primitivas máquinas del tiempo, uno de los tantos personajes que creíamos de ficción, pero que resultó ser tan real como la estrella que nos alumbra, un personaje que, ya en la época que le tocó vivir, se encontraba un tanto marginado entre sus contemporáneos pues, negándose a padecer un presente que sentía lleno de injusticias, decidió abandonar la comodidad de su hogar para recorrer el mundo intentando subsanarlas.

Fue a caer este pobre hombre a principios del siglo XXI. Le acompañaban su escudero Sancho, su jamelgo Rocinante y el estoico Rustio, que a Sancho cargaba sobre su lomo.

Tras una semana deambulando por los campos, arribaron todos ellos a una gran ciudad y he aqui algunos diálogos y aventuras que vivieron:

“Sin duda, amigo Sancho, todo esto es artificio y traza de los malignos hechiceros que me persiguen. Mira a que sitio tan triste nos han traído, que el mismo infierno parece: mira el semblante de esos hombres, sin un gesto, sin una sonrisa que denote que tienen alma, por eso será que llevan al cuello una soga atada, como presagio de su condena.”

“No, mi señor, he observado que a la soga la llaman corbata y la tienen por símbolo de nobleza, pues quienes la portan son aquellos que no viven de su sudor, sino del ajeno.”

“Extraña costumbre que no hace sino confirmar mis sospechas. Observa esas altas torres que no es posible haya construido ser humano alguno, y esas luces que brillan sin que ningún fuego las alimente, y esos niños hechizados, que el que no ataca o vocifera a sus padres está bajo el poder de esos extraños artilugios que portan en sus manos, del que no separan la vista durante horas, mientras los golpean con los dedos como llamando a una puerta que no puede llevarles sino a la necedad o a la locura”.

“Todo esto es tan contra natura que no puede ser sino venganza de Fristón, ofendido y envidioso por los entuertos que deshice y las injusticias que reparé.”

“Mas lo peor es sin duda esas ruidosas bestias de metal que ensucian el aire con venenosos humos mientras galopan, todas entre ellas mismas entreveradas, y los pobres condenados que dentro padecen su cautiverio. En esto apreciarás la crueldad a que pueden llegar magos y hechiceros cuando se sienten ofendidos en su vil arrogancia.”

“Y mira aquellos follones y malandrines, que con estruendosos pitidos se plantan en medio de las bestias de metal y fingen dirigirlas, cuando no hacen sino enturbiar más el ánimo de los pobres condenados que van dentro. Oh, Sancho amigo, grandes maldades debieron cometer para merecer tan cruel castigo. Por mi fe que en el mismo averno estamos.”

“Mas también pudiera ser, reflexionó Don Quijote, puesto que cautivos somos todos del malvado Fristón, que sean buenas gentes condenadas sin más delito que la mala fortuna de haberse cruzado en el camino de tan vil encantador. Liberémoslos, Sancho, y rompiendo su maleficio podremos tal vez liberarnos nosotros, haciendo de paso el bien suficiente para que hoy sea un dia digno de un buen caballero andante y su fiel escudero, que eres tú Sancho, aunque a veces no parezcas apreciar la dignidad de tu oficio”.

“Mire vuesa merced que por la velocidad endiablada a la que van, varios corceles deben llevar dentro tan extrañas criaturas, y no será menester ponerse en su camino, no vaya vuesa merced a sufrir accidente semejante al de los molinos . . . “

“Calla, Sancho, que este es el día en que se ha de ver el bien que me tiene guardada mi suerte y se ha de demostrar el valor de mi brazo, que nunca fue el miedo compañero de ningún caballero andante”.

Y diciendo esto arremetió Don Quijote con tal fuerza contra un Nissan Primera que circulaba por la plaza, que a duras penas pudo el conductor evitarle. Pero menos suerte tuvo un Mercedes que venía a continuación, pues enristrando Don Quijote su lanza, tomó la estrella de la marca como punto de mira y fue como alma que lleva el diablo a encajar su lanza y su cabeza en el parabrisas del automóvil cuyo aterrorizado conductor, a punto de caer inconsciente, acertó a preguntar:

“¿Esto es de alguna película que están rodando?”

“¿Película, decís, incauto, ¿qué es eso? ¿sinónimo de encantamiento o hechicería? Dejad de hablar y corred para recobrar la libertad que injustamente os fue arrebatada, que yo os defenderé de los esbirros de Fristón.”

Desmontado del pobre Rocinante, que una vez más había pagado las consecuencias del ímpetu de su amo, saltaba Don Quijote de lado a lado del automóvil empuñando la espada y pinchando y cortando con ella a los airbags que se iban desplegando uno a uno, mientras gritaba:

“De nada te servirán tus malas artes, Fristón, que por muchos odres o vejigas de carnero que pongas en mi camino, he de liberar a este condenado y con ello romperé el maleficio que a esta extraña tierra me tiene atado”.

En esto estaba cuando fueron llegando ambulancias y coches policiales hasta rodear la rocambolesca escena que nuestro incomprendido Caballero de la Triste Figura había creado.

Media hora después ya se encontraba el pobre Sancho declarando en una comisaría, sin comprender la mitad de las preguntas que le hacían, e intentando explicar que nada malo pretendía su señor, sino liberar a los cautivos de las endiabladas criaturas.

Don Quijote, ya internado a las pocas horas en un centro psiquiátrico, no dejaba de vociferar:

“Vente a mi, Fristón, que un caballero solo soy, y de solo a solo quiero probar tus fuerzas y quitarte la vida en pena de la que das a todos estos pobres cautivos. ¿Crees poder engañarme vistiendo de blanco inmaculado, cual si ángeles celestiales fueran, a éstos, tus malditos esbirros?”

Nekovidal 2010 – nekovidal@arteslibres.net

miércoles, 7 de abril de 2010

Mundo mineral

Mundo mineral*

Ah Nils ¿Quieres que subamos al Torcal?
Ah, venga vale.
Aparcamos el coche en un punto del carril desde el que nos era fácil llegar al tajo.
Una tarde espléndida con olor a tomillo, romero y otros olores a los que yo no sabría ponerles nombre. “Todos los colores del verde” que cantara Raimon al País Vasco.
A nuestra espalda el imponente paso de Ventas de Zafarraya y delante, a tiro de piedra, El tajo del Torcal.
Nos aproximamos al borde cuando ya el Sol estaba cerca de su ocaso, Delante de Nosotros, hacia el poniente, nos sorprendía el impresionante paisaje que desde allí se dominaba. Quedamos de pié por un rato anonadados por el espectáculo de aquella infinitud: líneas de montañas al contra luz entre las que se colaban los rayos anaranjados del Sol iluminando las colinas protuberantes del valle ya en sombra.
Intentamos balbucear los típicos comentarios que se hacen ante una visión semejante. Pero entendimos que aquello no era para hablar y decir tonterías que pudieran enturbiar lo mas mínimo aquel inmenso instante. Quedamos en silencio.
Nos sentamos en sendas rocas, uno frente al otro y comenzamos a escudriñar el suelo que teníamos delante, bajo nuestros pies: palitos, piedrecillas, pequeñas plantas, una hormiga que cruzaba, y a comentar sobre lo que veíamos, sobre lo que dicen los científicos en cuanto a la vida, bla, bla, siu, siu.
De pronto nos miramos y rompimos en una carcajada de alegría contenida a dos pasos del llanto. Ambos los dos supimos en ése instante lo pequeños que éramos...

Tan pequeños que hasta nuestra sombra se había extinguido entre los arbustos, y la luz vencida del ocaso apenas bañaba nuestros contornos. Brillaba ahora encima de las rocas, realzándolas, dándoles vida, encendiendo nuestra imaginación debido a sus formas caprichosas. Se recortaba un perfil de hombre parecido al de Quevedo; árboles de piedra se erguían, fuelle de abrasados acordeones parecían otras peñas más elevadas que aún captaban el tono añil del firmamento.
Nos adentramos aclimatados a la nueva luz que ya parecía emanar de las mismas calizas, rocas de 150 millones de años. El sonido de las aves se apagaba, vencida la furia amorosa de minutos antes, y ahora los cárabos ululaban entre las sombras salpicando apenas el silencio. Un sendero sinuoso corría entre pinos arbustos y peñascos flanqueado en ciertos puntos con flechas de madera, que marcaban algún itinerario turístico. Era fácil adentrarse en aquel camino mágico. Andabas un solo paso y parecía que penetraras tres veces más en el seno de ese mundo mineral y vivo, donde las piedras también tenían vida y costaba diferenciar su latido del de las plantas y animales. La naturaleza era una y no hacía distinciones. Nosotros mismos sentíamos su verdad por dentro y por fuera.
Quebrantamos el sendero de las flechas y los pasos libres nos llevaron a una planicie plantada de rocas que crecían hacia el cielo. Sus formas caprichosas eran refugio y cauce del viento del sur y las lluvias de poniente. Bajamos por una vereda que descendía a los pies de un angosto desfiladero, donde oímos rodar las aguas de un riachuelo.
Abajo, la escasa luz de la noche estrellada, aún sin luna, apenas penetraba entre la maleza y la línea mineral de la quebrada.
¿Nos habíamos perdido? Era evidente que hacía rato que las flechas quedaron atrás, que ya nada marcaba el terreno y que, inevitablemente, habíamos perdido todas las migas de pan de nuestro retorno. Sí. La memoria de por donde habíamos pasado se confundía ahora entre la espesura de formas y vagábamos por el desfiladero sin saber siquiera por dónde habíamos entrado. La magia perdía su brillo. La preocupación erizaba nuestros vellos a la vez que lo hacía el descenso de la temperatura; comenzaba a notarse un airecillo helado que soplaba serpenteante por el arroyuelo cada vez más ruidoso.
¿Donde estamos? ¿Como hemos llegado hasta aquí?… pensábamos en voz alta buscando el atisbo de alguna salida, perdidas las referencias, los puntos cardinales, e incapaces de leer el mapa orientador del firmamento.
Volvamos hacia atrás. Por aquí no se ve ninguna salida. Nils llevaba razón. La oscuridad se cernía en el corazón del torcal y dos hombres caminaban perdidos en su laberinto.
Hay que guardar la calma. Caminando en una sola dirección lograremos salir. Era yo ahora el que aconsejaba con el frío entre los dientes, buscando en el cielo algún punto de referencia. Una estrella gorda y colorada destacaba entre las demás a escasa altura del horizonte de piedras.
Aquella. Dijo Nils. Venga, contesté, esa señora nos sacará de aquí. Nos guiamos pues de su fulgor, como magos de oriente dentro de un descomunal decorado calcáreo de occidente. Trepamos por una grieta subiendo hasta el umbral del desfiladero. La estrella nos seguía, nos llamaba; tintineaba su luz cálida en medio de campo abierto y tortuoso. Resbalamos, tropezamos, caímos, nos levantamos, ascendimos, descendimos, escalamos, saltamos y avanzamos hasta que nuestra amiga alumbró la pintura blanca de una de las flechas del camino acotado.
Volvíamos a reír con más fuerza incluso que antes; ahora sí que éramos pequeños, pero nos sentíamos felices de serlo, afortunados por latir en medio de la naturaleza como un elemento más del entorno. La confianza recelada nos había extraviado más aún; la tranquilidad nos puso un faro en el cielo que evitó nuestro naufragio. Somos pequeños y somos grandes; lo de arriba es abajo; el mundo mineral también tiene su consciencia; dos hombres perdidos nunca lo están si confían en sus pasos.

*Relato de final abierto, empezado por Juan Pérez de Siles y terminado por Franjamares, tertulia Entrelíneas, Nerja (Málaga), abril 2010.