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martes, 17 de abril de 2012




Tertulia Entrelineas.
Encuentro de escritura en acción. Nerja. Abril 2012



Pintar un huevo:

Un lienzo, en blanco. El amarillo, la esfera del sol. Nuestro sol, el cada día como el pan. Y sus haces de luz transparentes, como la clara. Invisibles pero presentes. Me pregunto ¿Cuántas cosas invisibles estarán siempre presentes?.
Ese pájaro que se ha colado con su canto ¿las verá? ¿Será eso lo que nos está cantando?

El tertuliano invitado:

Se coló por la ventana, se invitó él mismo.
Su gorgojeo acompañaba nuestra conversación y a veces se imponía con rotundidad de pájaro.
Algo tendré que decir también pues formo parte
Como vosotros de este planeta llamado tierra.
Aunque para nosotros los pájaros sería más apropiado planeta aire, que es nuestro medio habitual.
Tenemos la ventaja de poder bajar de vez en cuando a la tierra firme. Esa que se pisa.
Acostumbrados como estáis a pisar tierra, pisáis también la flor que os regala su perfume mientras la estáis pisando.

La llave:

La llave y la clave, ambas abren una puerta o un nuevo pensamiento. La ranura que coincida con la muesca de la llave y las razones que conduzcan a descifrar el enigma.
El héroe mitológico que consigue encontrarse a sí mismo y descubre que no es necesaria la llave y que esa es la clave.

El incendio (de Roma) :

La ciudad amaneció entre llamas, que como gigantes de fuego se comían a dentelladas todo aquello que encontraban a su paso. Roma y su imperio habían llegado a lo más alto y cuando se llega arriba ya sólo queda bajar o volar. Lo que ha alcanzado su máxima madurez, plenitud o belleza comienza su declive. Por eso el máximo esplendor y la caducidad se acompañan inseparablemente. Caminan de la mano, como dos hermanos inseparables en perpetuo desacuerdo a los que une la sangre. A cada instante vivido lo acompaña un instante de muerte, el postrero, el que ya vivimos, como consume la llama que finalmente también será consumida.

Begoña. Abril 2012.
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La llave

La llave, sin saber nadie como, se cayó de su alcayata. Impactó contra el suelo y saltó desviada hasta caer por el abismo del sumidero. Decían que era la última llave y ahora todas las puertas estarían cerradas. Había sido la llave maestra y ahora es la llave perdida. Las cerraduras permanecen sólidas y bloqueadas guardando los secretos de la vida.

De pronto alguien dijo: “oíd todos y mirad conmigo: no hay ni puertas, ni muros, ni cadenas…”. Nadie le hizo caso, pero él seguía hablando, y su voz era como un soplo que iba desde los valles del corazón hasta las cumbres de la mente.

El incendio de Roma

Las llamas del gran incendio que consumía a la pérfida babilonia, nido de oprobio y de pecado, de prostitución de todo tipo y de todo tipo de usura, quemaron las últimas hojas de papiro que contenían las palabras del profeta. El Apocalipsis que había advertido, futuro inminente del imperio impío, ardía junto a las casas, animales y personas de su gloriosa capital.

¿Quién prendió la mecha? Eso parecía ser en la catástrofe lo de menos. Para unos sería éste, para otros aquellos. El oxígeno, combustible universal, hacía arder con la misma imparcialidad las casas del arrabal que los lujosos palacios y templos. Al cabo, sobre las ascuas de infames y mártires, refulgiría con más fuerza aún el Imperio.

Pintando huevos

A Luis le gustaba pintar. Veía el mundo desde una óptica muy cromática, donde los colores predominaban sobre las formas. Los pigmentos que usaba en sus obras solían ser colores primarios y además lo prefería en polvo. En las disoluciones y mezclas solía usar el agua, así como aceites y trementinas, pero el resultado nunca parecía ser el deseado. Jamás llegaba a la viveza de los colores sensibles, mucho menos a la magia de los que concebía en su activa imaginación.

Un día le vino la solución como caída del cielo, del cielo de la boca de su amigo Juan (en este caso), pues éste, en una sobremesa, experto como era en soltar chascarros, ocurrencias y chistes, le dio por contar el de la sopa y los dos mariquitas. Uno le pregunta al otro, “¿Oye, tú cómo te tomas la sopa?” “Yo, con un huevo dentro.” “¡Ojú qué postura más difícil!”.

A Luís, con la risa, se le iluminó la mirada. Todo lo imaginaba ahora con la textura y contraste que la clara del huevo le proporcionaría a la solución y mezcla de sus pigmentos, y a sus laboriosos cuadros, donde quería atrapar la luz que, con su propia cadencia, vibra en todas los colores del mundo, del mundo de los sentidos y de aquel que albergaba en sus fantasías

El tertuliano invitado

La reunión era a las nueve de la noche. Pero el inicio de la misma, tratándose de españoles, siempre se demoraba de media a una hora. Ese día Vicente, a quien había invitado uno de los miembros de aquella inusual tertulia, decidió asistir. Y no porque estuviera aburrido, sino porque no tenía nada mejor que hacer. Pensó que como era su primer día no llegaría demasiado temprano, tampoco excesivamente tarde, así que las 9,30 en punto, ya estaba frente al portal del edificio donde tenían la sala de reuniones. Llamó al portero automático pero nadie le contestó. Esperó unos minutos y nadie aparecía con la intención de entrar en el inmueble. Al cuarto de hora de titubeante espera, apareció un hombre mayor del que tiraba un perrito con su correa. Ninguno de los dos resultó ser de la tertulia. Comprobó el día por si acaso: viernes, el día señalado, y volvió a llamar. Nada. Al cabo de media hora, se marchó intrigado más que defraudado.

El tertuliano invitado fue el único que asistió ese día a la reunión.

Franjamares, Tertulia Entrelíneas, abril de 2012