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miércoles, 7 de abril de 2010

Mundo mineral

Mundo mineral*

Ah Nils ¿Quieres que subamos al Torcal?
Ah, venga vale.
Aparcamos el coche en un punto del carril desde el que nos era fácil llegar al tajo.
Una tarde espléndida con olor a tomillo, romero y otros olores a los que yo no sabría ponerles nombre. “Todos los colores del verde” que cantara Raimon al País Vasco.
A nuestra espalda el imponente paso de Ventas de Zafarraya y delante, a tiro de piedra, El tajo del Torcal.
Nos aproximamos al borde cuando ya el Sol estaba cerca de su ocaso, Delante de Nosotros, hacia el poniente, nos sorprendía el impresionante paisaje que desde allí se dominaba. Quedamos de pié por un rato anonadados por el espectáculo de aquella infinitud: líneas de montañas al contra luz entre las que se colaban los rayos anaranjados del Sol iluminando las colinas protuberantes del valle ya en sombra.
Intentamos balbucear los típicos comentarios que se hacen ante una visión semejante. Pero entendimos que aquello no era para hablar y decir tonterías que pudieran enturbiar lo mas mínimo aquel inmenso instante. Quedamos en silencio.
Nos sentamos en sendas rocas, uno frente al otro y comenzamos a escudriñar el suelo que teníamos delante, bajo nuestros pies: palitos, piedrecillas, pequeñas plantas, una hormiga que cruzaba, y a comentar sobre lo que veíamos, sobre lo que dicen los científicos en cuanto a la vida, bla, bla, siu, siu.
De pronto nos miramos y rompimos en una carcajada de alegría contenida a dos pasos del llanto. Ambos los dos supimos en ése instante lo pequeños que éramos...

Tan pequeños que hasta nuestra sombra se había extinguido entre los arbustos, y la luz vencida del ocaso apenas bañaba nuestros contornos. Brillaba ahora encima de las rocas, realzándolas, dándoles vida, encendiendo nuestra imaginación debido a sus formas caprichosas. Se recortaba un perfil de hombre parecido al de Quevedo; árboles de piedra se erguían, fuelle de abrasados acordeones parecían otras peñas más elevadas que aún captaban el tono añil del firmamento.
Nos adentramos aclimatados a la nueva luz que ya parecía emanar de las mismas calizas, rocas de 150 millones de años. El sonido de las aves se apagaba, vencida la furia amorosa de minutos antes, y ahora los cárabos ululaban entre las sombras salpicando apenas el silencio. Un sendero sinuoso corría entre pinos arbustos y peñascos flanqueado en ciertos puntos con flechas de madera, que marcaban algún itinerario turístico. Era fácil adentrarse en aquel camino mágico. Andabas un solo paso y parecía que penetraras tres veces más en el seno de ese mundo mineral y vivo, donde las piedras también tenían vida y costaba diferenciar su latido del de las plantas y animales. La naturaleza era una y no hacía distinciones. Nosotros mismos sentíamos su verdad por dentro y por fuera.
Quebrantamos el sendero de las flechas y los pasos libres nos llevaron a una planicie plantada de rocas que crecían hacia el cielo. Sus formas caprichosas eran refugio y cauce del viento del sur y las lluvias de poniente. Bajamos por una vereda que descendía a los pies de un angosto desfiladero, donde oímos rodar las aguas de un riachuelo.
Abajo, la escasa luz de la noche estrellada, aún sin luna, apenas penetraba entre la maleza y la línea mineral de la quebrada.
¿Nos habíamos perdido? Era evidente que hacía rato que las flechas quedaron atrás, que ya nada marcaba el terreno y que, inevitablemente, habíamos perdido todas las migas de pan de nuestro retorno. Sí. La memoria de por donde habíamos pasado se confundía ahora entre la espesura de formas y vagábamos por el desfiladero sin saber siquiera por dónde habíamos entrado. La magia perdía su brillo. La preocupación erizaba nuestros vellos a la vez que lo hacía el descenso de la temperatura; comenzaba a notarse un airecillo helado que soplaba serpenteante por el arroyuelo cada vez más ruidoso.
¿Donde estamos? ¿Como hemos llegado hasta aquí?… pensábamos en voz alta buscando el atisbo de alguna salida, perdidas las referencias, los puntos cardinales, e incapaces de leer el mapa orientador del firmamento.
Volvamos hacia atrás. Por aquí no se ve ninguna salida. Nils llevaba razón. La oscuridad se cernía en el corazón del torcal y dos hombres caminaban perdidos en su laberinto.
Hay que guardar la calma. Caminando en una sola dirección lograremos salir. Era yo ahora el que aconsejaba con el frío entre los dientes, buscando en el cielo algún punto de referencia. Una estrella gorda y colorada destacaba entre las demás a escasa altura del horizonte de piedras.
Aquella. Dijo Nils. Venga, contesté, esa señora nos sacará de aquí. Nos guiamos pues de su fulgor, como magos de oriente dentro de un descomunal decorado calcáreo de occidente. Trepamos por una grieta subiendo hasta el umbral del desfiladero. La estrella nos seguía, nos llamaba; tintineaba su luz cálida en medio de campo abierto y tortuoso. Resbalamos, tropezamos, caímos, nos levantamos, ascendimos, descendimos, escalamos, saltamos y avanzamos hasta que nuestra amiga alumbró la pintura blanca de una de las flechas del camino acotado.
Volvíamos a reír con más fuerza incluso que antes; ahora sí que éramos pequeños, pero nos sentíamos felices de serlo, afortunados por latir en medio de la naturaleza como un elemento más del entorno. La confianza recelada nos había extraviado más aún; la tranquilidad nos puso un faro en el cielo que evitó nuestro naufragio. Somos pequeños y somos grandes; lo de arriba es abajo; el mundo mineral también tiene su consciencia; dos hombres perdidos nunca lo están si confían en sus pasos.

*Relato de final abierto, empezado por Juan Pérez de Siles y terminado por Franjamares, tertulia Entrelíneas, Nerja (Málaga), abril 2010.

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