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lunes, 22 de febrero de 2010

Neuro
inmuno
sicología


Por Diego Pérez Sánchez

Al principio estaba el verbo…
Y el lenguaje está en la base, si no de la creación, del pensamiento al menos. Hay vida sin la palabra quizá, pero es caos. On mani padme om. Mantras, tantras, oraciones, rezos y plegarias, por citar algunos de los medios que el hombre ha usado desde que adquirió el lenguaje para elevar su espíritu, mejorando así su salud física y mental.
La palabra tiene un poder evocador de una magnitud aún desconocida. Su uso indebido respecto a Dios, el espíritu creador, conforma el segundo mandamiento de Moisés, inmediato después del de amar a Dios (no usaras el lenguaje en vano); tras no matarás a tus semejantes, encontramos “no mentiras”.
El poder de la palabra es conocido desde que el hombre existe, pues sin ella él no existe como tal. La posesión del lenguaje nos hace hijos de Dios, sus iguales. Cada palabra producida recrea un pensamiento y tras él, efecto mariposa, innumerables neuronas se apresuran a organizarse, enviando infinitas señales al aparato motor que, a su vez intentará desencadenar una reacción apropiada, normalmente ya ensayada, a través de un complejo sistema nervioso que trasportará las señales a los músculos: bíceps, labios, corazón, etc. Si la señal se ve interceptada en algún punto por otra señal contraria, crea un bloqueo de energía en ese punto. La célula aprende: cuando llegue una nueva señal estimulante la bloqueará, pues habrá aprendido a realizar esa función. No tardará mucho en funcionar tan oportunamente que el bloqueo enfermará al órgano adyacente o a otra parte refleja a la que impida el paso de energía.
Por el contrario, una palabra que envíe una señal diáfana (quizá sea necesario repetirla mucho rato, para no desviar de ella nuestra atención), llegará sin interrupción a su destino, limpiando y reordenando las conexiones celulares a su paso, sean neuronas, fibras nerviosas, linfáticas o musculares.
Nuestro cuerpo funciona porque queremos que funcione y de la manera en la que se lo pedimos. Quien, por ejemplo, ante una percepción negativa, reacciona culpabilizándose de alguna manera por ello, creará las condiciones para desencadenar una reacción depresiva que, si no es contrarestada a tiempo con ideas de autoestima, le conducirá a la locura y a la muerte.
El pensamiento se basa en asociaciones de ideas y estas se hacen conscientes a través del lenguaje, de esos símbolos que son las palabras, y estas están almacenadas en la mente en grupos asimilados por su significado y por su sonido. La mera evocación de una palabra trae asociada toda una serie de conceptos y sonidos relacionados, que estimulan nuestro sistema a todos los niveles y en la dirección asociada a ellos.
Podemos controlar nuestras emociones y sanearlas con la mera evocación de ideas positivas, como podemos enfermarnos recreándonos en pensamientos morbosos. Y esta capacidad de elegir, de expresar nuestros deseos, es lo que nos hace humanos, compartiendo con Díos la capacidad de crear y de recrearnos a nosotros mismos.
Quizá ha llegado el momento de, en la tradición judeocristiana, resumir aún más los mandamientos divinos en uno sólo: “Nos harás el gran favor de amarte sobre todas las cosas”.

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