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sábado, 3 de septiembre de 2011

Una mancha en el vestido


Estaba Andrés paseando una noche de primavera mascullando sus dudas existenciales y sin dar palo al agua, en su indecisión de como pasar esa noche, cuando se cruzó con una dama bellísima de cabello oscuro y de piel blanquísima. Un largo vestido blanco cubría su desnudez, si bien la primavera se presentaba cálida, no le pareció que fuera suficientemente abrigada.
Nunca supo muy bien por qué su mano se deslizó al ala de su sombrero, a la vez que su boca espontáneamente le decía:
- Buenas noches, señorita,¿ no siente frío usted?
Ella se detuvo, aunque tardó bastante en reaccionar y contestarle:
-No, no lo siento, en realidad estoy estupendamente.
Una sonrisa apareció en su bonito rostro, que negaba la presencia de algo que enturbiara su vida.
Sorprendido ya que la primera impresión que recibió de ella fue un gesto de preocupada concentración, se animó a decirle :
-Quiere usted compartir un café conmigo?
Ella lo pensó un breve instante y sonriendo le respondió:
- Porque no, vamos.
Él la cogió del brazo para ayudarla a cruzar la ancha avenida que los separaba de una cafetería,en la que luego comprobaron que la música buena era lo habitual y el café excelente.
Las horas pasaron inexorablemente entre cafés, murmullos y risas a esas alturas de la noche, Andrés se dio cuenta, que en las pocas horas que habían compartido, se estaba enamorando de ella.
De repente algo la sobresaltó y al dar un pequeño respingo volcó algo de café, que manchó la inmaculada falda de su vestido. Hizo un gesto de contrariedad y le dijo a Andrés:
- Lo siento debo irme.

Él como buen caballero de la época, no permitió que se fuera sola y se prestó a acompañarla en un taxi.
Al subirse ella se dirigió al conductor diciéndole escuetamente:
- Lléveme a Chacarita
Al llegar bajó apresuradamente del coche mientras Andrés le decía:
-Detente, espérame, no me has dicho tu nombre, ni donde vives, ¿puedo verte otra vez?
Ella volviéndose lentamente le contestó:
Mi nombre es Laura, Laura Canteros y sin más desapareció en la noche.
Andrés, volvió a subir al coche y dándole sus señas al chófer se relajó esperando la llegada a su casa.
Pasaron algunos días y Andrés no lograba sacarse a Laura de la cabeza,empezó a dar paseos por la zona en que ella se bajo del taxi, por el lugar del primer encuentro pero nada, no daba con ella.
Un día decidió buscarla en el listín telefónico, después de todo su apellido no era tan común y si tenia teléfono, allí estaría, ya que eran pocos los aparatos que había en Buenos Aires, encontró cinco en total y fue llamando uno a uno, recibiendo siempre la misma respuesta:
- Aquí no vive ninguna Laura.

Fue al llegar al cuarto número de la guía, cuando después de varios pitidos una voz de hombre seria y poco amistosa respondió:
- ¿Quién es?
Andrés lo saludó primero, diciéndole a continuación, si estaba Laura en casa.
El hombre después de un silencio lo espetó:
- ¿Quien es usted? ¿por qué nos hace esto?
Andrés, no entendía nada, balbuceó una disculpa e intentando hacerse comprender le explicó:
- Mi nombre es Andrés, no quiero molestarlo ni perjudicarlo, solo quiero hablar con Laura, hace algunas noches compartimos un café y no me dió mas que su nombre, vive allí alguna Laura?
La voz del hombre se oía cada vez mas descompuesta:
- Energúmeno, borracho, quien le ha mandado a hacer esta broma de tan mal gusto.
Andrés le respondió:
Disculpe señor pero no lo entiendo y yo no lo he ofendido o eso creo.
Nuevamente la voz tronó en el teléfono:
Laura, nuestra Laura murió hace seis meses.
Un silencio infinito se produjo en la linea telefónica, Andrés no sabía que decir y mucho menos que pensar, cuando recuperó el habla, se deshizo en disculpas, al punto de pedirle formalmente permiso para visitarlo y aclarar esta situación.
Al día siguiente a las cinco en punto, estaba esperando en la puerta de una hermosa casona en Villa del Parque. Las manos le temblaban levemente acusando su nerviosismo, un hombre de mediana edad, aunque su cabello era totalmente blanco, le franqueó la entrada, haciéndolo pasar a un salón en el que había un controlado desorden. Tal como se representa una casa que no solo se habita, sino que se vive,
Paseó por el salón mientras su anfitrión iba a buscar una taza de té para ofrecerle. De repente sus ojos se posaron en una fotografía que reposaba sobre la mes, desde ella una joven le sonreía.
- ¡¡¡¡¡¡No puede ser, es Laura!!!!!
No salia aún de su sorpresa cuando el hombre volvió con una bandeja, cuando vió el rostro de Andrés se sobresaltó, era solo una máscara blanca.
- ¿Qué le sucede? ¿qué ocurre? ¿perdió el valor? ¿ya no quiere disculparse?
Andrés solo balbuceaba frases ininteligibles y se echaba las manos a la cabeza. Parecía verdaderamente un poseso. El padre de Laura lo hizo sentar y beber algo de té. Poco a poco Andrés logró contarle su loca noche con Laura, tal como la vivió. Ahora era el rostro del hombre el que se había tornado ceniciento.
Al día siguiente, ambos se dirigieron al cementerio de Chacarita, el buen hombre con todo su dolor hizo exhumar el cadáver de su h¡ija. Al quedar al descubierto, todo estaba perfectamente en orden, su mayestática belleza permanecia incólume, su vestido blanco como la nieve, intacto, algo sin embargo les llamo la atención, su falda llevaba impresa una mancha de café.


Alicia Gaona

domingo, 21 de agosto de 2011

A cenicienta se le va a caer la ropa



Leonor lucía sus mejores galas en las fiestas del barrio o peñas culturales por las que transitaba; y allí era donde sacaba pecho y lo mejor de sí misma, repartiendo sonrisas y parabienes con entusiasmo, yendo y viniendo con dosis evanescentes por el ambiente variopinto, variando el repertorio según la dirección del viento.
En las tardes veraniegas del lento agosto salía con la fresca a los campos más cercanos a oxigenarse, distraerse y aliviar los turbios humores o perfidias, si las hubiere, pues pese a todo ostentaba en la familia la etiqueta de cenicienta y la duda de que la hada madrina le favoreciese, porfiando con unos y otros sobre quién resultaría ser más fuerte a la hora de la verdad, empecinada en sus silogismos tan sutiles, o quién atesoraba una mayor contundencia viril u hormonal. Las cosas se iban sucediendo en un continuo fluir de engranajes y desvaídas cataratas, destilando llamativos modales mediante una idiosincrasia muy propia, que doblegaba al más pintado o rebelde.
El teatro no le era ajeno, hasta el punto de haber colaborado en breves apariciones o cameos, como acontece con insignes personajes del mundo artístico, y en verdad no se le daba mal, dominando las tablas con aplomo y precisión, pero la función no la finalizaba en el escenario al bajar el telón, sino que la prolongaba en la alfombra roja del día a día, era el espejo donde se plasmaban sus pensares o pesares, y a cada paso que daba se posicionaba en su tesis napoleónica, o montaba toda una pieza teatral a su medida a la intemperie en un periquete, utilizando selectos trucos de demiurgo, insertándolo todo en las páginas en blanco de la convivencia, y reflejando a la postre lo opuesto a lo que había apuntado en la trastienda del guión, en sus entrañas, pero que a ojos del auditorio relucía con nitidez su imagen de persona emprendedora y brillante, brillando con luz propia, haciéndose acreedora de suntuosos halagos y excelsas virtudes, revistiéndola de desbordantes sentimientos de tolerancia y comprensión la mar de exquisitas.
En su quehacer rutinario, sin quererlo o a sabiendas, interpretaba mil versiones de la misma canción, dado su carácter versátil y polivalente, no dando nada por perdido de antemano, o relataba mil y un cuentos a la luz de la luna, o sacaba a la palestra pasajes de célebres comedias y tragedias clásicas, pero hurgando en entresijos banales y a veces procaces, o se preocupaba por el paso del tiempo, filosofando sobre la eternidad del instante o por qué mueren los ríos en el mar y nacen en las cumbres, de modo que a nadie disgustaban los exabruptos o desplantes que exhibía, generando una concordia entreverada con aires inconsistentes, que surtían un efecto embriagador por frescos y espontáneos, de suerte que al analizarlos los presentes así de pronto lo daban por bueno, influidos por el ropaje del envoltorio, aunque no rezumara ni una brizna de sustancia, y el contraste de esdrújulos y agudos acompañados de su gestualidad y aparente grandilocuencia hacían el resto.
Sin embargo era en ese punto donde exprimía el mejor jugo, estrujando limones u otros cítricos de la huerta que cultivaba internamente, o cocinando croquetas de flacos pensamientos servidos en envidiables vajillas, de forma que fascinaba a los comensales de turno mordiendo, hambrientos como estaban, con fruición los exóticos parlamentos que propalaba, desprovistos de atisbos cognitivos; o recitaba célebres sentencias con recetas o raciocinios preñados de montaraces provocaciones utilizando las herramientas más idóneas para sortear los escollos, o se entretenía en hacerse tirabuzones o altaneros moños discurriendo por enrevesados vericuetos.
A veces tonteaba con ciudades literarias –Macondo, Comala, Santamaría- o reminiscencias librescas sobre autores antiguos o modernos, aunque con la argucia de tergiversar las intenciones del creador, nadando contracorriente por turbulentas aguas, no exentas de elucubraciones fantasiosas. Lo ejecutaba con la divisa de pitonisa romana, que lo mismo servía para un roto que para un descosido, al quedarse flotando en la superficie del concepto, sin tocar fondo.
Así un buen día, como si se hubiese empapado a propósito del poema lorquiano, La casada infiel, a pesar de que detestaba ciertas razas –pues tricotaba con blanca lana los guantes de invierno-, fue sorprendida a quemarropa con un obsequio jamás soñado, un canastillo de cañavera –enseres que le chiflaban-, con unos ardientes higos chumbos dentro, trenzado con el duende y la magia de manos gitanas, abordándola por el camino, en un alarde un tanto presuntuoso pero legítimo, impulsado quizá por el espíritu de los ancestros, al surcar por entre sus sienes tales palpitaciones, como la historia del regalo del costurero camino del río, y de esa manera robustecer la leyenda de la raza, y proclamar al mundo la nobleza e hidalguía gitanas, no traspasando las fronteras establecidas, lejos de los desfiladeros de la lujuria,

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
La regalé un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme…

Entre tanto Leonor deambulaba con petulancia de patricia romana, hechizada por el regalo del canastillo, sintiéndose cortejada y protagonista por la súbita conquista por aquellas agrestes campiñas mediante sus sensuales e inteligentes armas.
Los programas de la tele, manantial inagotable de emanaciones estelares, que proliferan por doquier, le suministraban los nutrientes pertinentes para levantar el vuelo y picotear en los ansiados frutos, merced a la ferviente delectación nocturna de tan sublimes empresas, en donde ilustres personajillos, con melena o calvos, luchan a sangre y fuego por labrarse un porvenir, el más encumbrado posible, emulando peripecias o ínclitas epopeyas, raptos de elenas, veleidades de penélopes, intrigas mitológicas, incansables viajes de apuestos ulises o gulliveres, gestas de sansones interviniendo en los reality shows de supervivientes u otros similares, cada uno de su madre y de su padre, haciendo de su capa un sayo en islas perdidas por los mares del sur o del norte, enfrentándose en una sucia pelea por la subsistencia, como parodia del destierro del paraíso terrenal por su testarudez o mala uva, debiendo ganarse el sustento con el sudor de su frente, cazando o pescando chismes en aquellos infranqueables parajes. Tales lugares son presentados a los telespectadores como misteriosos y perdidos en la vía láctea, pero elegidos a conciencia por egregios cerebros, previo meticuloso y detallado estudio del share de oro del que va a disfrutar, con idea de hacer su agosto, extrayendo la máxima rentabilidad, y allí, con sus respectivas máscaras, cada cual juega el papel que se le ha asignado en el minúsculo teatrillo que asoma por la pantalla, donde se fragua o fomenta la gresca, la idiotez, lo esperpéntico, lo rijoso, lo chocante, lo insulso, a través de íntimas puñaladas, zancadillas, besos escandalosos, heridos abrazos, odios, rumores de órdago, manejando a su antojo todos los hilos los jerifaltes. Escenifican auténticas batallas campales remedando los espectáculos romanos entre las fieras y los gladiadores en los anfiteatros –pan y circo-.
Y es precisamente en esos escenarios tan cuidados y selectos donde se amasan las trazas de la tramoya de Leonor, muy circunspecta y orgullosa de sí misma, al engullir con voracidad los dislates de los concursantes, consiguiendo gran acopio de material para satisfacer las inquietudes más trascendentales, que en noches de ociosa desventura o en futuras actuaciones llevará a la práctica, configurando todo un universo displicente e inane en el entorno íntimo de la pareja, acorde con los detritus que poco a poco se han ido sedimentando en las capas cerebrales, formando la estructura de su trauma mental.
Por ende el canastillo de cañavera, en su caso, con frescos higos chumbos, podría servir de sustento para la supervivencia de quien, a falta de pan tierno y sentido común, se enrede en trapisondas baldías o descarnadas de la vida, con lúbricas ensoñaciones que probablemente coadyuven a que a cenicienta se le vaya a caer la ropa.

Por Pepe Guerrero



sábado, 30 de julio de 2011



LA MEDUSA AUSENTE

El día era extremadamente caluroso y no conseguía respirar con la normalidad acostumbrada. El calor me convertía en agua: pelo, ropa y cuerpo chorreaban por todos lados; mientras que en una extraña contradicción parecía ser lo que me faltara. Si me movía, sudaba y si me quedaba quieta, también. La incomodidad era grande y el deseo de buscar una solución rápida, aunque fuera momentánea, mayor.
Saqué un helado del congelador que, si bien era algo delicioso de tomar, no me solucionó ni una pequeña pincelada del problema.
Me fui a la playa donde chapoteé en el agua y allí pude disfrutar un rato y conseguir mi objetivo hasta que un gran revuelo cubrió la costa. Los gritos y carreras tomaban todas las direcciones y yo, esperando lo peor, salí rápidamente del agua y por no desmerecer, me puse a correr. Como no veía nada y nadie parecía dispuesto a contarme lo que ocurría, me fui a un chiringuito a tomarme un refresco. Un camarero bastante locuaz me explicó que la causa del terror era el regreso de una medusa que todos conocían pues residía allí por temporadas y se había ausentado, por cuestiones familiares. Por eso, no la esperaban. Cuando terminé mi refresco, la playa parecía haber sido el lugar donde se había desarrollado una batalla campal. Las sombrillas, tumbonas, hamacas y demás accesorios playeros estaban desperdigados y tirados por todos lados. Una numerosa cantidad de personas se encontraban en diversas posiciones, como heridos de guerra pues era de un tamaño bastante respetable y regresó como dueña del medio acuático expulsando por las buenas y por las malas a todo el que se hubiera atrevido a invadir su hogar.
El enfrentamiento estaba claro. De un lado, la medusa que se pavoneaba dentro del agua y nos miraba con descaro. Del otro lado, los bañistas y sucedáneos que la mirabamos con respeto y temor. La tensión se podía cortar. El silencio era tan grande que hasta el aire se calló.
¿Cómo podíamos llevarla mar adentro o tierra afuera? No era fácil el diálogo con ella.
Se hizo una asamblea en la playa y se creó una comisión. Ella se quedó extrañada pues no conocía las formas democráticas. En su mundo prevalecía la ley de la fuerza y le llamó la atención. Ella ponía mucho interés de todo lo que se comentaba y tanto interés puso que quiso intervenir y cuando le dejaron la palabra se perdieron del todo pues tiene muchos brazos que levantar y cogido el gusto no hay quien la haga callar.
Ahora se reúne en las plazas y quiere ir a Bruselas como una indignada más.



Lola Carmona

lunes, 27 de junio de 2011

Vikingos






Alguien me preguntaba, hace un tiempo, qué fue lo que hizo de los griegos uno de los pueblos clave de la cultura occidental. Puesto que era algo sobre lo que me había interrogado a mi mismo hacía años, respondí con la conclusión a la que llegué en su momento: ser un pueblo tan viajero como curioso.
Si se compara con la cultura egipcia, más antigua y sin duda más poderosa en muchos aspectos, pero de mucha menor influencia en la historia, se comprende fácilmente la diferencia. Los egipcios vivieron durante decenas de siglos prácticamente encerrados en torno al Nilo, mientras que los griegos viajaron incansablemente y tuvieron, además, la suerte de que uno de sus primeros y mejores viajeros fuera también un buen historiador: Herodoto.
Herodoto, viajero incansable, aprendió a mirar lo diferente sin juzgar, algo que hoy sabemos imprescindible en cualquier buen historiador, pero esa actitud era una innovación en su época, como sigue siendo una rareza en la nuestra. Lejos de hablar de pueblos o personas salvajes, crueles o primitivos, se limita Herodoto a describir sus costumbres, sus ropas y formas de expresarse, siempre evitando adornar o deslucir esa información con cualquier opinión personal.
Ese arte de evitar el juicio cargado de prejuicios les llevó a dudar, y a partir de la duda germinó la filosofía, luego la aritmética, y de la mano del pensamiento matemático, el embrión de la ciencia. Surgió luego la oratoria, para debatir y poder, siempre de la mano de la duda, aumentar los conocimientos adquiridos compartiéndolos. En lo social nació, inevitablemente, algo parecido a lo que hoy día llamamos democracia.
Se transformó así Grecia en una cultura que aún hoy nos asombra en algunos aspectos, mientras en otros no puede evitar mostrar la rudeza de la época en que floreció, una cultura que es estudiada en las escuelas de prácticamente todas las demás culturas humanas.
Un papel similar de pueblo viajero, aprendiz y maestro a la vez de las diferentes tonalidades a que puede dar lugar la imaginación humana, lo tuvieron en la mitad norte de Europa los vikingos o normandos, que no se dedicaban, como nos han contado las crónicas cristianas medievales, exclusivamente a la piratería, sino mayoritariamente al comercio de ideas y mercancías.
Su enorme influencia en la mitad norte del continente fue decisiva para crear una forma de vida que, vista desde nuestro ombligo cultural, el Mediterráneo, nos puede parecer simple o primitiva, pero que fue lo suficientemente pujante como para tomar el relevo de los imperios y culturas del sur en los últimos dos siglos, aunque ello diera lugar tan sólo, justo es decirlo, a dos siglos más de colonialismo europeo.
Se puede decir, simplificando la historia, que esos dos pilares de pueblos viajeros y navegantes, ambos aficionados a buscar lo desconocido, incluso dentro de sus propias mentes, son los que han soportado el peso de nuestros complejos, carencias y grandezas culturales.
Ese fue el principio del camino de una cultura, la occidental, tan agresiva y guerrera como cualquiera, pero que supo conservar el tesoro del saber dudar, ese ejercicio que todos creemos saber hacer y tan pocos son capaces de llevar a cabo.
Ese tesoro, la duda, compensó en parte una historia llena de guerras de colonización, genocidios y dolor porque, a través de la duda, surgió en algunas de esas mentes occidentales la ciencia, de la que podemos estar orgullosos, y esa misma duda hizo surgir poco después los derechos humanos, pues alguien se atrevió a dudar que algún dios hubiera decidido para los humanos un eterno e inamovible sistema de castas.
La duda es, al mismo tiempo, el mejor ejercicio y alimento para la mente, tanto como un veneno que puede destruirla, pues es tal su poder, que la dosis debe ser exactamente la justa y, paradójicamente, sólo una mente sana sabe apreciar cuál ha de ser esa dosis.
Si hablamos con un buen científico, asombra con que facilidad asume la duda cuando no encuentra una respuesta ante determinada pregunta. Por el contrario, una persona integrista, bien en ideas políticas, religiosas o de cualquier tipo, o una mente enferma, son incapaces de cuestionar, ni por un instante siquiera, la idea o credo en que se encuentran cerradas.
El autoengaño ha destruido la capacidad de dudar, tal vez como patético mecanismo de defensa, y la mente ya se habrá transformado en un erial donde ninguna idea razonable o constructiva puede germinar.
De ese pequeño pueblo que supo alimentarse con la duda seguirán hablando los seres humanos durante siglos, mientras a los otros, poderosos, crueles y autoengañados en su enajenación, le reservará la historia el espacio gris de las guerras y los imperios.
Porque la civilización, o la persona, que ha perdido la capacidad de dudar estará, en consecuencia, absolutamente convencida de que es el resto del mundo, o al menos a quien no pueda manipular y sumergir en su juego, quien tiene un problema, y ese es y será, para su desgracia y la de quienes estén cerca, su gran e irresoluble problema.

Nekovidal 2011 – nekovidal@arteslibres.net


PARADOJAS

El concepto de paradoja, cuando profundiza en él, atemoriza al ser humano, especialmente al occidental, porque lo presiente como un peligro para su ego, para lo que cree equivocadamente que es la esencia de su ser.
Es una incertidumbre similar a la sentida ante la idea de la muerte, el eterno miedo humano a cuanto no puede incluir en su fantasía constante de creer que puede controlar algo de lo que acontece a su alrededor.
Nekovidal 2011 – nekovidal@arteslibres.net

martes, 7 de junio de 2011

Nosotros también estamos Indignados


¡¡LA DECISION!!

Mariano se levantó aquella mañana, totalmente decidido, se afeitó se duchó, desayunó a conciencia y como era hombre precavido, preparó un tentempié por si acaso. Fina, su mujer, seguía con la vista todas sus maniobras sin decir ni pio, tan solo un gesto contrariado en la cara y el movimiento de cabeza denotaban su disgusto.
El estaba feliz, se sentía vivo y joven, como ya no recordaba cuando.
Fina no pudiendo aguantar más, abrió la boca. – ¡Pero Mariano, recapacita! Que tú ya no estás para esos trotes
-Para esos y para muchos más –contesto él.
-Te recuerdo que tú ya estás jubilado.
-Tú lo has dicho mujer, jubilado ¡pero no muerto! Y siguió preparando su mochila, mientras notaba como la adrenalina le corría por las venas haciéndole sentir en ebullición.
-¡Que alegría haber tomado las calles otra vez! Recordaba sus años de estudiante, las carreras esquivando a los guardias, los palos, los gases lacrimógenos, los días de cárcel, el mayo francés, los ideales que poco a poco sin apenas darnos cuenta fueron enfriándose, para convertirnos en autómatas que formaban parte de un sistema con el que nunca estuvo de acuerdo. Ahora iba a unirse a los indignados, porque así se sentía él. Desde que se jubiló y dejó de formar parte del engranaje del sistema, volvió a ser persona, a ser él mismo, un día sí y otro también gustaba de andar perdido por esos mundos, informándose, aprendiendo, descubriendo otras culturas otras formas de vida. Aquella ventana abierta por la que se introducía para perderse por esos mundos cibernéticos le hizo reafirmarse en lo que ya sabía, ¡lo bella que es la vida! Y que a pesar de los pesares, en el corazón de los humanos sigue anidando el amor. Existen aún cosas buenas en la mayoría de nosotros, esperanzas, ideales, ilusiones y ganas de cambiar el mundo. Pero también comprendió que nada había cambiado, el planeta entero seguía regido por una horda de canallas sin conciencia ni escrúpulos, donde lo que imperaba era el poder y el dinero.
- Escucha mujer, no podemos seguir mirando para otro lado,
Mientras ellos se reparten el pastel, el pueblo recoge las migajas.
Pero como gota a gota el agua horada la piedra ha llegado el momento de las preguntas, de cuestionar las cosas, de abrir los ojos, de tomar conciencia, las gentes se rebelan y toman las calles y protestan y piden justicia, trabajo digno, salarios justos, protestan contra el sistema, contra los endiosados gobernantes, los prepotentes banqueros, los corruptos empresarios, los quiero y no puedo y los incontables lameculos.
Es un movimiento no sólo de jóvenes, son los parados, parejas con niños, emigrantes, jubilados y todos los que han despertado.
Por eso yo me voy a tomar las calles, voy a estar con ellos, a apoyarlos, me voy y no sé cuando volveré o si volveré.
-¡Y yo Mariano! Yo también voy – Dijo Fina en un arrebato- También yo he despertado.
- ¡Temblad proxenetas de la justicia!
- ¡Temblad políticos fariseos!
-¡Temblad especuladores!
-Las masas están abriendo los ojos, las ovejas se convierten en leones, es una reacción mundial en cadena, el pueblo tiene hambre y sed de justicia. Nadie ha dicho que sea fácil, nosotros solo lo vislumbramos, las generaciones futuras lo vivirán.
Mirándose a los ojos sonrieron, y cogiéndose de la mano, salieron a tomar las calles.
MARÍA BUENO. (TERTULIA ENTRELINEAS)

miércoles, 27 de abril de 2011

Día del libro y sábado de gloria


23 de Abril de 2011
día del Libro y Sábado de Gloria

Por Begoña Ramirez Joya



Y dijo el Quijote a Sancho,”Amigo Sancho con la iglesia hemos topado”



En la esquina un reciente marido embotarga la tarde, haciendo engordar su estómago, comiendo todo lo que solícitamente le ofrecen esposa y suegra una a cada lado, mientras deshoja la margarita del aburrimiento bien avenido, con la bendición de la santa madre iglesia. La procesión ya ha salido, la amenaza de lluvia la ha retenido casi media hora pero las calles se han impregnado de olor a incienso y poco a poco va tomando forma la representación. Los de los carritos de chuchearías se incorporan con cara desnortada, sin saber muy bien a qué carta quedar, pues la lluvia los ha mantenido bajo cobijo toda la mañana. Quitan cuidadosamente el plástico que envuelve la mercancía, a lo mejor todavía la tarde se enmienda y mejor para todos .Menuda Semana Santa sin santos en la calle, dónde y cómo ahuyentar la sombra del temido aburrimiento. En la acera de enfrente Pilar ,la hija del médico ,el único que entonces había en el pueblo, le arregla al lazo a una niñita, reciente abuela es de suponer. Todos viven en la capital, los pueblos no sirven para educar a los hijos de la gente con posibles, como se decía antes. Al pueblo se vuelve para las fiestas de guardar. En mi niñez visité un par de veces a su padre. Como no había seguro social la gente se pagaba el médico como podía. Y siempre me llamó la atención que su casa estuviera justo enfrente de la Iglesia. La lucha por la vida y los misterios de la muerte se daban la mano, puerta con puerta, por así decir. El olor a incienso es tan fuerte que te embriaga en una especie de sopor no sé si denominarlo místico. El caso es que entre la representación de la pasión de cristo tan vehemente llevada a cabo por todos los penitentes y el fuerte olor entra uno casi en una especie de trance, en el que se mezclan tradición y fe sin que llegue uno a distinguir exactamente donde empieza una y termina la otra. A mi lado unos púberes confunden sabiamente Santidad con fiesta y para ellos está claro que el paso procesional es sólo el aperitivo de la fiesta que vendrá después. De repente suena el himno, y te preguntas qué tiene que ver el himno nacional con la fe religiosa o lo que fuere que queramos llamarlo. Pues nada, mires por donde mires, pero ahí suena en los oídos de todos los presentes dejando claro que en el mundo terrenal religión y política han ido siempre de la mano y aún más que la política se ha servido de la religión al igual que la otra ha hecho ídem llegado el punto y la necesidad. La simbiosis ha sido tal que en la guerra civil española se quemaron Iglesias como forma de protesta contra el poder político. Por eso cuando escucho esta musuquilla patria a las puertas de una iglesia y desfilan gota a gota mantillas y penitentes y penitentes y mantillas y autoridad competente, me vienen a una memoria que no tengo pues no es mi época sino otra, esas otras procesiones marcadas por la intolerancia y el autoritarismo donde o se estaba donde se tenía que estar o no se estaba. Y luego la mirada vuelve a posarse en esos rostros satisfechos al tiempo que compungidos, no olvidemos que es cristo muerto el que pasean por las calles. La orgullosa con su mantilla, y qué bien le queda la peineta y que mal los zapatos que he escogido, que aunque son muy bonitos me van a matar los pies toda la noche, pero sarna con gusto no pica y y toca hacer penitencia aunque sea con el tacón de aguja. En otro tiempo tal vez un adinerado cacique hubiera esperado ansioso a quitarle la mantilla a una supuesta conquista. Escondiendo el deseo entonces llamado pecado bajo la oscuridad de cualquier portal. Para al día siguiente ir a confesarlo y quedarse tranquilo y amparado en el secreto de confesión, rezando tres avemarías y un padre nuestro .O quizá ni eso porque ese cuento del pecado se lo creen sólo los cuatro mentecatos que trabajan para mí de sol a sol. Yo ya sé que el único Dios es el dinero y para ese vivo y trabajo y es el que purga mis deseos y mis pecados. Pero eso no ha de saberlo nadie ,al pueblo hay que tenerlo despistado y entretenido con santones y vanas esperanzas de un mundo mejor, pero no en este mundo que en este mundo con los que disfrutamos el banquete ya somos muchos y sobramos la mitad. Y si hace falta se aniquilan unos cuantos en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, amén.¿no es verdad señor cura? Que si uno mato a uno de estos infieles indeseables que a veces ni fe tienen no comete uno pecado?, y el señor cura se relame el resto de flan de huevo recién hecho que le acaban de servir de postre en casa del señor alcalde y dice que sí pausadamente inclinado la cabeza hacia adelante. Y por encima de todo esto y por detrás y por delante y por dentro y por fuera la fe de verdad de la gente de verdad que cree lo que hace y hace lo cree. Porque al fin y a la postre todo creencia es respetable si respeta, todo credo, toda fe, toda idea que defienda la integridad de las personas y defienda la vida. Por eso ahora posas la mirada en ese río de gente con la vela en la mano y sientes el mismo respeto que desearías para ti, para todos en cualquier época, en cualquier lugar, con cualesquiera que fuera tu- su pensamiento.

domingo, 3 de abril de 2011

El Génesis según Einstein


En el principio había Dios, y Dios creó al hombre, y lo hizo a su imagen y semejanza.
En la oscuridad de la noche Dios se levantó una mañana sin día y miró hacia su soledad sin límites.
Sintió un profundo aburrimiento.
Necesitaba algo con lo que entretenerse y, tras hacer algunas cabalas intemporales, su frente se iluminó. Harto de mirar a ninguna parte, decidió que había de crear el espacio y, para prolongar la existencia del mismo, el tiempo.
Nadie sabe cuánto tardó, pues aún no existía el tiempo; menos aún con qué medirlo.
Y vio Dios que aquello era bueno, y sintió que su gozo se expandía con la contemplación de aquellos vastos espacios que se multiplicaban con el tiempo.
Pero el tiempo puso límites a su imaginación, y vio Dios su vacío interior reflejarse en aquellos desnudos espacios. Se dio cuenta de su error al crear aquellos vacíos; percibió, así mismo, cómo el tiempo limitaba su espíritu, convirtiendo en monótonas secuencias, en repeticiones insalvables, su gozo primigenio. Su creatividad había quedado limitada por aquellas coordenadas que él mismo había dispuesto. Y, por primera vez, sintió que había cometido un grave error y, por su excesivo alcance, lo llamo pecado. Se sintió expulsado, sin posible vuelta atrás, sin redención, de aquel estado paradisiaco en el que, sin saberlo, había vivido previamente; de aquella nada sin límites que, en su percepción sin referentes, le había resultado tan odiosa. “El mal ya está hecho”, se dijo. Y el sentimiento escapó proyectado y ocupó los espacios infinitos.
Para ponerle puertas al campo, Dios proyectó su infinito espíritu positivo y así nacieron los cuerpos estelares y, tras ellos, la luz que les relacionaba y daba forma. Y vio Dios que esto era bueno y, su creatividad exaltada, comenzó a jugar con las luces y las sombras, con las formas y colores; reorganizando la materia y creando infinidad de vínculos entre las partículas, que chocaban entre sí, bailaban, corrían y jugueteaban en círculos y espirales. Y, por alguna ley que escapó a su control, apareció la vida: materia consciente de ser materia, reflejo del espíritu divino, capaz de reproducirse y aprender, aunque lenta y dolorosamente, con los cambios. Y Dios receló de aquello que, sin proponérselo, había creado.
Pasó muchas eras analizando aquello que progresaba en su universo, escapando a su control.
Reflexionó, como nunca antes había hecho, sobre la posible formación de aquel brote, y dedujo que su origen se encontraba en la curvatura del espacio, que hacía que se envolviese a sí mismo, creándose así la consciencia.
Buscando entre recuerdos futuros, encontró la solución. Se trataba de inculcar un cuadrado en la parte más desarrollada y, por tanto, más vulnerable, del fenómeno vital. No tardó una diezmillonésima de segundo en alcanzar su objetivo: Adán.
Ahora, debido a su irredimible estupidez de haber creado el tiempo, sólo tendría que esperar.

Diego Pérez.Tertulia Entrelineas.