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sábado, 9 de enero de 2010

El secreto del solitario

Por Begoña R. Joya.



No puedo explicarlo ni demostrarlo pero sé que hay algo más de lo que conocemos,lo intuyo.

Aunque la intuición no tiene ninguna validez en ciencia estoy convencido de que lo que llamamos intuición está poblado de un conocimiento ancestral que ha pasado a nosotros a través de generaciones,como ocurre con el parecido físico.
En mi antigua casa un vecino tenía exactamente los mismos rasgos que uno de sus tatarabuelos.
Después de tres generaciones,esos rasgos genéticos latentes se habían decidido a cristalizar,movidos quizá por la misma paradoja que rige el resto del universo.La paradoja y la contradicción rigen el desarrollo de nuestro mundo y el de nuestra propia vida.Por ejemplo, nunca pensé que trabajaría en una oficina ,rodeado de papeles todo el día y donde lo más parecido a una aventura es tener un filtreo con Raul ,el interesante de turno y que a su vez ya ha se liado con media oficina .Creo que su éxito radica en que siempre está pendiente de sí mismo y eso desconcierta al género femenino.Ana se sienta en una de las mesas cercana a la mía.Parece muy reservada,pero sin embargo cuando entablas con ella una conversación te das cuenta de que sabe hablar de todo con conocimiento y delicadeza.
Simplemente sólo habla cuando tiene algo que decir,no como el resto de mis compañeros que parece que hablan sólo para darse cuenta de que tienen voz .Y de lo bien que suena.
También está Miguel, siempre sonriente , la estampa de la afabilidad,y sin embargo alguien me contó que se había obsesionado con su antigua novia y la perseguía, y que incluso tenía una orden de alejamiento.Esto lo podía haber pensado de Juan que parece un chulito de barrio siempre fanfarroneando y éste, sin embargo, resulta ser al parecer un ejemplar papá siempre pendiente de sus retoños.Las cosas no son siempre lo que parecen,al igual que las personas tampoco somos lo que parecemos o lo que creemos que somos.Yo mismo parezco un tipo tranquilo,pero en cuanto pruebo el alcohol mis neuronas se dan la vuelta y me sale el tipo peleón siempre a pleito con el resto del mundo.Sé que me califican de solitario.Para ellos soy el típico solitario.
Sin embargo mi mente siempre está lejos en cualquier país distinto al mío ,rodeado de gentes de otras culturas,empapado de otras influencias.Apurando el vaso de nuevas experiencias. Oliendo otros olores ,saboreando otros sabores,escuchando otras lenguas,mirando otros paisajes.Ellos no saben que vivo también pegado a un recuerdo.Que nunca estoy solo.Cada día salimos de casa ella y yo.
Sölo que no la ve nadie.No pueden, porque la llevo conmigo,acomodada en un espacio de mi pensamiento.Abrigada por otros pensamientos ,protegida por el recuerdo.Y nos llevamos de maravilla hasta que algún día ese recuerdo se revuelve en mi interior y se pone pesado y no me deja pensar en otra cosa.Y tenemos que pelearnos para que me deje en paz un rato.Tengo derecho a pensar en otras cosas le digo.Y ella se enfada y tuerce el gesto.Entonces me asalta algo parecido al odio y me gustaría poder arrancarla de mi, desposeerla, arrojarla fuera para siempre.
Entonces alguien pasa a mi lado y me dice “pareces cansado chico”,y yo lo miro y pienso
“que sabrás tú” .Si cada uno de nosotros es como un cofre lleno de secretos y tesoros y miserias y sólo logramos adivinar lo aparente.

martes, 29 de diciembre de 2009

El Áura de Navidad

Por Diego Pérez Sánchez

Aquel descubrimiento del siglo XXI de que el cerebro y la mente no eran más que una misma cosa exponenció el cambio. Para algunos la noticia fue un alivio. El libre albedrío y todas esas supersticiones habían quedado enterrados definitivamente. La mente se movía por pura respuesta a estímulos externos. La Nueva Era y todas las religiones que aún se propagaban en aquel tiempo quedaron fulminadas. Ya no habría más danzas del fuego, no más navidades, no más culto a ídolos de ninguna idea; la autoayuda era una ficción, toda la espiritualidad no era sino un placebo. Artes, literatura, música o poesía eran simples juegos automáticos, que respondían a programaciones cerebrales que se habían creado, a su vez, en respuesta a situaciones emocionales, que a su vez respondían a programas de supervivencia, en un big bang de respuestas condicionadas.

Otros, en cambio, recibieron la noticia como un jarro de agua fría. Sus programas mentales les habían condicionado a valorar en extremo sus capacidades egóticas, a menudo para salvaguardar su supervivencia. Habían estado sometidos a situaciones extremas en algún momento de sus vidas y, para la supervivencia de su cerebro lógico, para evitar perder el control racional, se habían refugiado en ideas idealizadas, supuestos fijos, que ahora les impedían adaptarse a la nueva situación. Sus cerebros se habían encallecido y esa rigidez resulto fatal para su supervivencia: los suicidios fueron masivos.

Algunos sobrevivieron gracias a la actuación apresurada de los psicocirujanos que sometieron sus cerebros a ondas magnéticas unidireccionales, mientras daban tiempo a la obtención de suficientes órganos cerebrales para su oportuno trasplante.

Los más adaptados comenzaron a crear proyectos de desarrollo en las nuevas circunstancias. Sus planes se basaban en la intuición, único recurso fiable: toda idea que hubiese necesitado más de un segundo para aparecer en su consciencia era inmediatamente desechada como inútil por contaminada. El tiempo les dio a razón, y, al cabo de pocas generaciones, la mente funcionó por sí misma, como el corazón y el resto de órganos vitales, dejando así que la vida se desarrollase con toda libertad.

Fue quizá este proceso evolutivo -aunque algunos no descartan alguna mutación genética provocada en el tiempo de la aún no explicada salida de Giclas de su orbita, la enana marrón a 50 años luz de la Tierra- lo que originó el enorme desarrolló del aura, y con ello el inicio de la tecnología de transformación bidireccional de materia en energía que nos permite hoy día, inseminado mío, los viajes interplanetarios, que tanto te gustan.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Microrrelatos-Sara Vidal Tanaka


MICRORRELATOS - Sara Vidal Tanaka - (I)


Era un niño que quería llorar copos de nieve. Viajó muy, muy lejos hacia el norte buscando el frío necesario para ello, pero no lo conseguía.

Desistió. Creció. Se convirtió en un adulto más, ridiculizando en su mente todo lo que uno quiere olvidar para no sentirse ridículo.

Un día llegó a helarse por dentro lo suficiente como para cumplir su sueño infantil.

Pero ya no podía saberlo.

Ni siquiera recordaba cómo se derraman las lágrimas.

(Entre lo imposible y lo inalcanzable)

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Fijaba la vista en una nube y me engañaba hasta convencerme de que era yo el que se encontraba en movimiento.

(Sugestionables días de viento)

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Dos espejos frente a frente, a diez centímetros de distancia; y en un lugar equidistante de ambos, flotando en el aire, una pequeña esfera negra.

¿Cuántas esferas se reflejan en los espejos?

(Puntos de vista)

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Moría, me desintegraba, me volvía a recomponer automáticamente. Al igual que todos los que me rodeaban.

Y estaba más preocupado en discutir que ya no se podía decir que estuviéramos “vivos”, puesto que no podíamos morir, que en alegrarme o alarmarme por la novedosa noticia de la inmortalidad.

(Filosofando hasta la muerte)

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Abría los libros y estaban totalmente en blanco. No quedaba un solo libro escrito en la faz de la Tierra, porque todas las letras habían decidido ir a suicidarse al mar.
(Huelga de cultura)

sábado, 12 de diciembre de 2009

La sinestesia



Por Pepe Guerrero

La vida se hacía insoportable en el planeta. Hasta los gatos no saciaban sus sentimientos. Los gestos cansinos y monótonos afloraban por los rincones. El letargo obligado de los moradores ya harto enfurecidos alargaba sus garras por los recovecos más recónditos sin ningún miramiento y fue proliferando como setas en el bosque dormido de la vida. No arribaban soluciones a fin de evitar la mortandad incomprensible que se expandía calladamente en mitad de la tormenta.
EL mundo de los humanos no caminaba alegre, satisfecho; iba como viejo navío haciendo aguas por todas partes. La vida peligraba y las criaturas se habían quedado estupefactas, inmóviles, sin voz en las gargantas, sin armas ni entusiasmo. Adolecían de empuje, de una efusión rabiosa que derribara los muros de su existencia.
Todo ello hizo que estallaran las metralletas del arte, la pintura, la música, la escritura, la escultura. Las palabras pronto sacaron el pie del tiesto, se soltaron el pelo y se echaron a la calle exhibiendo sus mejores galas. Nunca habían visto la luz esos fenomenales fonemas tan disparatados e incoherentes a simple vista. Siempre habían sido abortados, tildados de sórdidos o antipáticos, no se sabe el porqué.
Las nuevas corrientes no tardaron demasiado en florecer. Un buen día, allá por tierras helenas y romanas se bajaron los pantalones los industriosos de la creación ante el expectante foro que los contemplaba, y se fueron tatuando e inundando los papiros, los papeles, los muros y las pizarras de fisonomías y posturas nuevas, imágenes inéditas, metáforas inimaginables, surgiendo de su vientre, de su ferviente tinta un hermoso y genuino hallazgo, la locura del vocablo en carne viva, lo que todos estaban ansiosamente buscando.
La túnica de la sinestesia, como el manto de la tarde, fue cubriendo dulcemente los sembrados de los cultivadores de la escritura, Se disfrazaron a ojos vistas de los más incrédulos, lo que se dice a lo bestia, de forma que no los conociera ni la madre que los alumbró en una noche tan especial. De repente los colores, los números más dispares se pusieron el mundo por montera y exclamaron todos a una, revolución, subversión, adelante mis compinches, esta batalla la vamos a ganar, y pasaremos a los enemigos de la mezcolanza de los sentimientos, del universo sensible a sangre y fuego de besos irrepetibles e irreparables.
Hasta aquí hemos llegado, pensaron, y desde ahora en adelante la tristeza será dulce si la untamos con rica miel de la Alcarria, y la tarde la haremos de plata de ley, o para que no sean menos los esbeltos álamos del río los vestiremos de púrpura para oírles murmurar en una fuga de almíbar.
Los hombres opinaban que las desdichas todavía tenían remedio y cirugía, que estaban a tiempo, y empezaron a disfrazar y enriquecer las sensaciones en una gigantesca caldera donde echasen a hervir exquisitos cócteles de fríos o chillones colores y sordas alegrías que asomarían con su pico y ojos por un cálido horizonte de perros, o acaso nubes de chispeantes golondrinas como antesala de una primavera nunca jamás vivida.
En un esplendoroso repertorio de flautas, guitarras, acordeones y pianos de verdes sonidos, bailarían sevillanas en la bruma de la vida, besándose con la mirada y acariciando con el resplandor del alma los alientos más sutiles o pusilánimes.
Entre tanto la humedad de oro de su mano relucía en la lejanía del collado sobre los roncos pasos de una tierra amarga, que sin embargo se sentía acariciada por el azul claro de un refulgente amanecer, una inolvidable y maciza alborada brotando cual cristalina agua del firmamento.

lunes, 30 de noviembre de 2009

la ceguera



Por Alicia Gaona


En la oscuridad de la sinrazón no veo nada, no siento nada, ni frío ni calor, ni un tacto suave ni una superficie rugosa, el silencio me inunda como en la peor pesadilla, y no hay aromas en el aire. No sé donde estoy ni por qué no tengo recuerdos, sólo a veces me parece flotar entre elementos que también flotan a mi alrededor, pero no los veo, no los huelo, ni los escucho, tampoco los saboreo, no me trasmiten ni frío ni calor. 
De repente , algo me atrae fuertemente y empiezo a escuchar los ruidos propios de un hospital, huelo profundamente la asepsia y los medicamentos, los sabores amargos me invaden la boca, me revuelvo entre suaves y cálidas sábanas, poco a poco siento mi cuerpo dolorido aunque aún no entiendo qué ha sucedido, no recuerdo nada, sólo sé que estoy en algún lugar y respiro.
Sin embargo la oscuridad aún me rodea, muchas voces discutiendo forman una gran algarabía en este lugar con sentidos asépticos, ellos dicen, ha vuelto, ha regresado, ahora podemos mantener la esperanza. Sin embargo, aun sin poder recordar sigo moviéndome en la oscuridad.
No veo, mis ojos se mueven pero no veo, no sé quienes son ellos ni quién soy yo. No sé quién soy si no veo, no sé quienes son si no los veo, no reconozco las voces, aparentemente volví a la vida aunque no sé de donde.Pero qué vida es esta que me espera sin saber quien soy, adonde voy y de donde vengo, sin ver caras queridas si las tuve, sin ver los peligros que me rodean. Siento manos amenazantes por todos lados, me tocan, me abrazan, son cálidas, pero tengo miedo, adonde estoy, quien soy, de donde vengo, quiero ver, no me importa no oler, no quisiera escuchar, que mis papilas gustativas no reconozcan nunca mas, ni el dulce, ni el amargo, ni la acidez , que no escuche mas las melodías que algún día salieron de un instrumento, que no escuche voces, pero dame luz, quiero ver, tengo miedo, no puedo vivir sin luz, tengo miedo.

lunes, 23 de noviembre de 2009

El Guitarrista de la Esquina




Por Lola Carmona


Gustavito era un niño perfecto, orgullo de sus padres y preferido de sus maestros. Era un niño que todo lo intentaba hacer como los adultos querían. Gustavito no te ensucies en el parque y él se sentaba en un banco viendo jugar a los demás, pero quedándose impecable. Por mucho que disfrutaran los demás niños jugando, más disfrutaba él cuando regresaba a su hogar y recibía las alabanzas de todos los que allí en ese momento estaban. Os comunico que su madre tenía una peluquería, barata y clandestina, en el salón de su casa. Eran muchas las admiraciones y alabanzas referentes a lo buenísimo que era, y eso, a él le gustaba.
En el colegio ocurría algo parecido pues su maestra sabía que las mejores libretas y los libros más cuidados eran siempre de nuestro amigo. Cuando hacía falta que alguien hiciera algo, allí iba Gustavito, y eso, a él le encantaba.
Fue pasando el tiempo y nadie se dio cuenta de que se estaba mimetizando en una sombra que reflejaba los deseos de los demás y en la que él había pospuesto los suyos confundido por la necesidad de aprobación.
Un día, al pasar por una plaza, se encontró en una esquina con un hombre que hacía saltar sentimientos al rasgar las cuerdas de su guitarra. Gustavo, pues ya había crecido y dejado el diminutivo, se quedó extrañado ante el desajuste emocional que estaba ocurriendo en su interior. El cantante era de edad indefinida, por lo menos para nuestro muchacho y bastante desarrapado; pero lo que más llamaba la atención de Gustavo eran los sonidos expulsados con las manos y que iban adornados con gestos de la cara.
Se sentó en un banco de la plaza y estuvo un montón de horas embobado contemplándolo y sintiendo cada nota que saltaba de aquel instrumento de madera como si fueran chispas de un fuego. Poco a poco dejo de ser él y empezó a convertirse en dedos en gestos, en música. Allí estuvo hasta que aquel guitarrista dejó de tocar. Con las notas en la cabeza y una sonrisa extraña se fue a la casa donde estaban preocupados por el retraso, inconcebible en él.
La mesa puesta con el padre, la madre, la tía y el abuelo esperando para cenar. Él por primera vez en su vida no daba ninguna explicación sólo expresaba aquella extraña sonrisa ante la mirada sorprendida de los demás. Al final de la cena cuando terminaron de saborear las natillas con galleta que había de postre dijo solemnemente. “Ya sé lo que voy a ser, guitarrista de la esquina”

domingo, 8 de noviembre de 2009

Una mirada al mar

Por Begoña R.J.

Lanzo una nueva mirada al mar, camino despacio contemplando con entusiasmo esa inmensa mancha azul que inunda mis sentidos, que me transmite la grandeza y enorme belleza de la naturaleza, de la tierra.

Un ser vivo que lucha como nosotros por mantener su equilibrio, que responde a las agresiones de su entorno. Una leve brisa acaricia mi rostro y no puedo evitar una pequeña punzada de nostalgia en mi estómago. A veces parece que el mar nos llama como si aún fuéramos peces y en parte todavía le perteneciéramos. Encamino mis pasos hacia el centro de la ciudad, y allí los bares se encuentran abarrotados, la ciudad bulle en sus entrañas y busco refugio en un pequeño local que trae a mi memoria la bohemia parisina .Me acomodo en rincón algo apartado pero agradable.

Desde mi estratégica posición veo a la gente que entra y sale, a los que ya han consumido su tiempo, a los que buscan saciar su hambre. Un par de tipos llama mi atención, su atuendo desaliñado contrasta con el del resto de la clientela. Se acomodan en una mesa cercana a la mía. El más joven parece estar hambriento, tal vez una noche de juerga ininterrumpida o tal vez quehaceres más inconfesables. Me aventuro a pensar que son chaperos.

Algo en su aspecto me ha inclinado a este pensamiento; incluso puede que se trate de una pareja que realiza de forma ocasional este tipo de servicios para salir adelante. La realidad posee diversas capas, espacios en los que cada uno de nosotros se mueve; capas que a veces se mezclan, se tocan,

que asaltan nuestra retina y nos hace partícipes de una postal que no es la que estamos acostumbrados a ver. En los escasos metros de cualquier local, se pueden mezclar de forma totalmente azarosa.

Adivino en esta pareja de amigos o de amantes, un cansancio cercano al tedio. y ese tedio inunda mi ánimo por unos instantes. Por las miserias de nuestro mundo que se entrelazan con sus grandezas y nos dejan en el paladar un regusto agridulce De manera incansable y a veces inconsciente busco el sentido de toda esta realidad y más aún el de mi propia existencia.

Rastreo las posibles señales en una senda difuminada en la que a veces un pequeño destello da sentido a todo. Cada vez me angustia menos esa búsqueda, voy adivinando poco a poco que encierra en sí misma su propio secreto.