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martes, 22 de septiembre de 2009

Malas compañias




Por Chiara Franchini

Trastorna el sueño con pesadillas,
hace luchar contra el sufrimiento,
no permite felicidad sin pensamientos,
sugiere no olvidar tu ego,
hace pensar en el ayer y el mañana olvidando el presente,
hace pensar en lo que no tienes y no eres olvidando lo que tienes y eres,

Te dirige hacia el miedo en vez de a la sorpresa:
es la mala compañia que todos llevamos dentro,
con la que nos queda la esperanza de hacer amistad,
apretando la mano izquierda a la derecha
en signo de la uniòn que nos lleve a la paz.


¿POR QUÉ ME ENGAÑASTE?

Te engañé porque fui sincera en un momento de irrepetible emoción

EN FUGA

La prepotencia del invierno enviaba burlona, con cuarenta y nueve dias de anticipaciòn, sus suaves copos, blancos de engañosa pureza. El dìa se anunciaba vacìo, sin ningun aliciente, excepto aquella unica cita vespertina que servìa de meta comùn al pueblo entero. El reloj de cucù que cuando era pequeña querìa tanto, parecìa haberse transformado en su peor enemigo. Las manecillas, que de niña se divertìa en adelantar, hurtando el tiempo para ver repetidas veces el pajarito de madera rebotar fuera de su casita anunciando la hora, rompìan el silencio destacando el tictac del reloj. Margherita las miraba trastornada, imaginando que eran baquetas de director de orquesta paradas, las baquetas de las órdenes que ella misma dirigìa: “Antes que el tiempo concluya, tienes que hacer esto, después eso y después aquello...!” Se había dado esa orden por miedo, ya que recordaba al pajaro cuco marcar momentos felices, del mismo modo, si no hubiera
hecho pronto algo especial, en el futuro no habria recordado la vida que llevaba ahora. Pensaba que si hubiera roto la monotonìa del tiempo en que ella se estaba disipando, hubiera recordado el tiempo que vivìa en aquel momento. Estaba convencida de que haciendo algo inusual, aùn cuando aquella empresa hubiera concluido, no se desvanecerìa, prolongada en el recuerdo de haber hecho algo extraordinario.
Era la angustia del tiempo que pasa sin dejar recuerdos, su prisión, y Margherita se evadìa cabalgando el tiempo a base de pasar páginas. Leía. Leìa historias de personajes desconocidos con quienes se identificaba, delegando en ellos su destino, historias en las que se mezclaban pasado y futuro. El pasado empapado del sentido que sólo la razón del después sabe dar, y el futuro, cargado de la responsabilidad de custodiar la esperanza en la felicidad. Margherita encargaba al pasado la tarea de resolver el enigma de una existencia ya vivida, y al futuro la tarea de dar derecho de ciudadanìa a los deseos. A través de la lectura, Margherita había entendido que, en cualquier lugar al que se dirigiese, siempre llevarìa con ella una maleta que nunca vaciarìa sino que llenarìa, y se prometiò a si misma que intentaría llenarla cada dia de la manera mejor. Se trataba del equipaje de su memoria, lo más estable que podìa poseer: por siempre y en
cualquier lugar.
Pero, sin imbargo, al haber tenido esta preciosa intuiciòn, mientras el tiempo fluìa monótono, Margherita se quedaba absorta en la eternidad de los pensamientos, leyendo y fantaseando con la mente, asì que su equipaje se quedaba igual por miedo a ser llenado de malos recuerdos. De esta manera pasaba sus dias y asì un sentido de nauseabunda amargura la asaltaba cuando el dia morìa sin dejarse recordar.
“Tic, tac, tic tac”, en la habitaciòn de Margherita el tiempo sonaba con insoportables pasos de tirano.

En las otras habitaciones de la casa todo parecía moverse a una velocidad diferente: “¿Dónde diablos has puesto mi jersey negro?”
La hermana de catorce años de Margherita, Carlotta, gritaba a Daniela, su gemela, acusándola de robarle siempre la ropa que ella solía preparar la vispera de las escasas ocasiones importantes en las que se concedía disfrutarlas. Los pasos enfadados de Carlotta hacía la habitación de Daniela retumbaban en toda la casa, uniendose a los reproches del padre: “¡Siempre con retraso!” y a los gritos de la madre: ”¡Dejad de pelearos y moveos que falta un cuarto de hora, no quiero quedar como la que siempre llega con retraso!”

Margerita miró en su armario, ningun vestido la invitaba a despojarse de lo que llevaba. Apartó la cortina y con la punta de la nariz pegada al vidrio se puso a seguir a los primeros paesanos que salían de casa.. El alcalde y su esposa, la beata ama de llaves de la iglesia y su familia, el contable Perfectos con su señora, la arquitecta Rosetón con su marido pintor que unos metros atrás esbozaba una carrera para alcanzarla y así siguiendo a todos los demás hasta confluir en la misma calle que llevaba al cementerio.

“Vamos que las campanas ya han dado los primeros toques, cojed los cirios que nos vamos”.
Todos estaban ya preparados para salir de casa, todos menos Margherita que había elegido no acudir a aquella cita. Su madre entró en su habitación asombrandose al verla todavía con su ropa de casa: “¿Todavía estas así?”, le preguntó “¿Qué haces, no vienes?” Margherita se giró hacía ella y después de un impercetible momento de duda suspiró sin dar respuesta, regresando con la mirada a los transeuntes. La madre molesta se contuvo, cerrando enfadada la puerta y saliendo de casa con el resto de la familia.

Era el dos de noviembre y como cada año se recordaba a los difuntos camino del cementerio para visitarles.
La nieve empezaba a tejer su capa sobre las calles hasta cubrir cada hueco.
Margherita cerró la puerta a su espalda y se puse en la cola con los ultimos del pueblo que se dirigián a la ceremonia.
Al llegar al cementerio Margerita lo superó proseguiendo en dirección del parque infantil. En el ultimo trecho de la calle se cruzó más de una vez con la mirada estremecida de los paesanos que avanzaban en dirección opuesta a la suya, saludó visiblemente incomoda y sintió respuestas con tono de pena. Pareció leer entre los pensamientos de aquellas personas un “¡paz a su alma!”

Finalmente alcanzó el pequeño parque de juegos y puntó la mirada directamente al juego previamente elegido. Se sentó, apenas cabía entre las dos cadenas, habian transcurrido varios años desde cuando balancearse en el columpio era una diversión diaria y se sentía euforica ante la idea de repetirlo.
El columpio oscilaba atrás evitando la nieve, después adelante soltando los copos que resbalaban en gotas sobre la cara de Margherita.

Adelante y atrás, adelante y atrás, un zumbido de oraciones en la lejanía se iba debilitando, adelante y atrás, hasta desvanecer. Las luces de los cirios en el horizonte se difuminaban cada vez mas, hasta desaparecer, adelante y atrás, adelante y atrás.

Fugándose del tiempo, una solitaria Margherita en invierno:
Adelante y atrás, adelante y atrás, adelante...

miércoles, 16 de septiembre de 2009

¿Por qué me engañaste?

Por Franjamares

¿Por qué me engañaste? Quizá porque no sabías tratar sin complejos ni obsesiones con la verdad, de igual modo conmigo, tampoco contigo mismo… ni con nadie… Y yo, sólo esperaba ser engañado.

Lo estoy pensando
, pero también estoy pensando en esto y en aquello y en lo de más allá, y en cosas que ni siquiera puede acercar a la luz del consciente porque se piensan con la mente profunda… Lo estoy pensando pero la maraña de todos mis pensamientos no me deja pensar. La celosía afiligranada que siempre quise que fuera mi mente, el encaje bello y perfecto de mis ideas ideales, se retuerce casi siempre entre temblores de ondas pasadas, destemplanzas dispares, contingencias y peligros del porvenir y por todo cuanto mi mente piensa que hay que hacer o teme que puede pasar…
Lo estoy pensando… pero prefiero detener mis pensamientos por un mágico instante de silencio, rasgar la telaraña o el encaje de mis ideas y desnudo entonces de juicios y prejuicios, abandonado a la emoción del miedo para observarlo en su verdadero hábitat ilusorio, flotar por un instante en las aguas del infinito de donde surgimos un día y adonde iremos otro sin más remedio.
Lo estoy pensando: es mejor no pensar para observar desde la quietud de mi ser, quién es el que piensa por mí.

lunes, 31 de agosto de 2009

El negocio farmacéutico


El Negocio Farmacéutico


Diego Sánchez


Occidente investiga y produce la mayor parte de las posibles drogas utilizadas para restaurar la salud. En el sistema sanitario español como en el de la mayoría de los otros países desarrollados, la sanidad de los ciudadanos es una cuestión de estado, siendo su gratuidad desde casi absoluta a relativamente precaria.
El sistema público español de sanidad garantiza a todos los ciudadanos el acceso a los recursos materiales y humanos del estado cuando nos encontramos enfermos. Sobre cómo se eligen esos recursos y el tipo de medicina a la que se puede tener acceso no hay ningún debate.
Los españoles que tienen la cultura suficiente para tener acceso a otras formas de recuperación de la salud, suelen tener los medios económicos para procurársela. Esto último queda favorecido en general por la enorme diferencia positiva de costes de la mayoría de medicinas alternativas.
No obstante, el estado ha ido históricamente seleccionando la medicina farmacopeica. Esto tiene sin duda una sencilla explicación: las empresas farmacéuticas, y por encima de ellas, los laboratorios tienen unos enormes beneficios. Sólo estados en necesidad extrema y, normalmente acusados de revolucionarios y mal vistos por la comunidad internacional se atreven ocasionalmente a producir genéricos, es decir la parte activa, efectiva, de una medicación, y a ponerlos en venta a su precio real.
Generalmente el ciudadano, de manera más o menos subvencionada paga sumas exorbitas por las medicaciones patentadas por los laboratorios que fijan sus precios con una total ausencia de competencia. El precio en diferentes farmacias de un mismo medicamento es exactamente el mismo, salvo que sea una medicina alternativa, en cuyo caso el precio es libre y la competencia hace que los precios sean muy variados. Incluyo en estos el agua destilada, por ejemplo, un producto que puede variar entre 60 cts. y 4 euros litro sin una apreciable diferencia de calidad.
La farmacéutica, tocante al gran negocio de la medicina oficial, es un lobby perfectamente cerrado. Cada farmacia tiene un territorio adjudicado y nadie más puede competir dentro de su territorio. Las normativas ministeriales, bajo el mando de los laboratorios y el lobby farmacéutico, impedirán que los productos alternativos puedan tener una publicidad y comercialización. No están prohibidos sino sometidos a pruebas aplicables exclusivamente a la farmacéutica química. Un producto ha de contener una cantidad conocida e invariable de sustancias químicas para poder ser reconocido. Esto excluye como medicina cualquier producto natural, es decir todo aquello que ayudó a conservar la salud de la humanidad durante miles de años, para cederle el puesto a la producción químico-sintética de las últimas décadas.
Estos productos mayoritariamente sintéticos son compuestos artificialmente
simples, descompensados por tanto. Cada día vamos descubriendo sus perniciosos
efectos secundarios tanto en las personas que los usan como en el medio ambiente
en general. Su coste social y económico es enorme. ¿Cómo detener, reformar al
menos, este sistema sanitario, convertirlo en un sistema al servicio de los ciudadanos?
Creo que la respuesta está en frenar el poder del lobby farmacéutico, la liberación de
la salud y el debate sin tabúes por toda la sociedad del modelo de sanidad que deseamos.
El beneficio a muy corto plazo compensaría el esfuerzo y sería nuestra mejor inversión
en el futuro de la humanidad pues- sin duda en esto estemos todos de acuerdo- la salud
es lo primero.

sábado, 22 de agosto de 2009

Buenas compañías



Alicia Gaona

Préstame tu oído, cuando así lo necesite
yo te prestaré mi voz.
Préstame tu voz que hoy la necesita mi oído.
Préstame tu fuerza, te la devolveré en agradecimiento.
Préstame tu alegría
y solo tomaré lo que necesito, para dejarte aún alegre.

No absorbas mi esencia,
nací libre como los pájaros,
libre como el agua del manantial,
libre como las palabras salidas de mi boca.
En libertad te encontré,
en libertad te elegí y en libertad te perderé.

Acompáñame, pero no intentes guiarme.
dame aire, mucho aire,
para respirar sin sentir tu perfume.
para decidir sin notar tu influencia,
para vivir sin amarras.
Entonces, sí volveré a ti
con el corazón dispuesto.

martes, 4 de agosto de 2009

El amor





A veces la vida, siempre tan tragicómica y juguetona, nos toca con su varita mágica y nos encontramos en medio de un torbellino al que podemos intentar identificar como torrente hormonal o caos bioquímico o, simplemente, dejar de lado la sinrazón de la razón y reconocer que nos hemos enamorado.

Sucede entre dos y cinco veces a lo largo de la vida humana, pero una es suficiente para no olvidarlo jamás.

De repente, nuestros sentidos eligen otras normas de conducta, otras reglas de juego, nuestra mente baila al son de una música que no sabes muy bien cómo has compuesto a medias con otra persona. Trastocas completamente tu orden de prioridades y, por decirlo en pocas palabras, vas por la vida sin saber muy bien si vas o vienes.

Tan intenso es a veces el juego, que son muchos los que dejan transcurrir su vida rehuyendo volver a caer en él una vez que lo han conocido. El miedo, siempre tan libre, manda o intenta mandar imponiendo su patética tiranía.


Por el contrario, si no temes navegar esos mares de extrañas tormentas agridulces, al cabo del tiempo caes en la cuenta de que de casi todo te puedes enamorar, y es entonces cuando la vida, acostumbrada a ser generosa con quien lo es, te empieza a señalar las claves para navegar: las olas de las emociones ya no son peligrosos juegos malabares, sino el ciclo lúdico de un tiovivo y ya no importa qué sucederá, sino captar en cada instante cuanto sucede y saborearlo.


De esta forma la vida, transformándonos en locos lúcidos, nos apadrina y nos protege del miedo al miedo, de la vida sin color y de los colores únicos, nos toma en sus brazos y, con la amabilidad de una buena amiga, nos enseña la lección más hermosa, la que nos hará pasear de su mano en adelante: que sin importar mucho la forma que adopta, nada existe que valga la pena vivir que no vaya acompañado de amor.



Nekovidal 2009 – nekovidal@arteslibres.net

viernes, 17 de julio de 2009

Olores y perfumes


Olores y perfumes

Por Diego
Al bajar del avión fue a recoger las maletas. El asombro por todo lo que veía a su alrededor le impedía pensar y se dejó empujar por la multitud hasta la cinta por la que desfilaban los equipajes. Iban desapareciendo a gran velocidad y se preguntó si en aquel desbarajuste su maleta no desaparecería antes de que pudiese siquiera localizarla. Al poco tiempo, lo que le pareció un fantástico milagro, la localizó e, imposibilitado por el gentío para acercarse en su dirección, esperó pacientemente que llegase a su alcance, dudando siempre que alguien no se le adelantase. Las extrañas condiciones en que se desenvolvía todo le hacían desconfiar de todo y de todos. El milagro se realizó plenamente y pronto tuvo consigo sus queridos enseres, en realidad nada de lo que no hubiese podido fácilmente prescindir. Le sirvió sobre todo para relajar su ansiedad expectante.
Con la maleta en la mano se dirigió a la parada del autobús del aeropuerto. Pagó una suma insignificante a alguien que le ofreció un papel arrugado e indescifrable y con el en la mano subió al autobús.
Aún quedaba algún asiento libre y se sentó. Al poco entraron varias familias y se levantó para ofrecer su asiento a una anciana. Esta lo miro extrañada y no se inmutó. Quince minutos después el vehiculo rebosaba de viajeros y equipajes y permanecía con el motor apagado. Cuando por fin se oyó rugir el motor el contacto entre los cuerpos allí amontonados era exactamente el mismo que el de las sardinas en una lata. El aire había dejado de moverse y la temperatura, ya de por sí bastante alta, había subido algunos insoportables grados. El olor a humanidad iba sustituyendo al oxigeno y pronto se vio haciendo esfuerzos para respirar.
El autobús tomó por una autovía en construcción y con un lento ronroneó fue recorriendo sus baches. Esbeltas mujeres semidesnudas, descalzas, portaban espuertas de esparto llenas de tierra sobre sus cabezas.
El hormigueo de trabajadores era apabullante. Luís observaba todo con los ojos muy abiertos pese a la intensa luminosidad del día.
Cuando llegó al centro de la ciudad y descendió del autobús sintió como una bofetada de olores de todo tipo, imposibles de identificar como perfumes diferenciados. Sus sentidos se sintieron inundados por aquel caos de sensaciones.
“He llegado a mi destino”, se dijo.

domingo, 5 de julio de 2009

Dama de noche

Por Franjamares

No, no hablaré de la dama de noche. Ella será quién dirá de mí a su momento. Su perfume de anochecer es ya todo un discurso. Mi discurso. Habla de recobrada armonía, de regocijo, de paz… Así me siento en este instante de mi vida, en esta meseta cálida en la cual ya puedo merecer, donde el horizonte es de roca lejana y el aire limpio deja en el corazón y los pulmones una delectación incomparable. No importa el pasado, no es más que un montón de escombros de memoria que tendré poco a poco que barrer. No importan los problemas del día a día, suelen ser pequeñas voces que te dicen cosas: hay que sacar de ellas lo sustantivo, sin más apuro. La belleza de la vida es lo más importante. Esta noche incipiente la puedo comprobar, no ya con mis sentidos, que se fascinan con ese cielo encendido de rojo, los rayos de sol invicto tras la montaña, y su luz vesperal que atraviesa las formas alumbrándolas por dentro, sino también veo la belleza con los ojos de mi alma de hombre.

Sin embargo, este olor de la dama de noche, mujer ideal, que cruza el jardín como un recuerdo intenso, no deja llamarme, de provocarme. Siento ahora, en este instante presente y dilatado, que puedo estar en paz con mi vida, con mi conciencia, con mis recuerdos, incluso puedo estar en paz con mis errores, con mis sombras… con las manías, con ese destino pegado a mi carne que me hizo caer hasta las pecinas en el alveolo de la locura. Sí a veces estoy loco... Y entonces lo estuve… En aquel tiempo la dama me tenía obsesionado, no sabía qué hacer para tenerla, para compartir un mismo espacio, aunque fuera a la fuerza… Estaba ciego a tal punto: que fui yo quien desconectó los cables de la batería de su coche, quien fingió salir en ese momento y ofrecerse para llevarla al trabajo; quien sufrió una especie de calentura, de remolino de ideas que confundía su cariño de amiga por la entrega total de una amante esclava, fui en definitiva quien en medio de este ventarrón mental intenté hacerla mía sin la respuesta de su sonrisa…

Pero no fue mía, ni podía serlo jamás de ese modo. La dama de noche retuvo para sí su perfume no dejándome olerlo… y yo cercené mis narices para no poder sentir más esa delicia irresistible, esa tentación. Huí, como un niño tras una travesura imperdonable. Estuve lejos tanto un tiempo hasta serenar mi conciencia y soltar por el desagüe la culpa ya bendecida, hasta que el péndulo de mi alma volvió a subir y me hice más liviano, más permeable al amor, capaz de amar por encima de todo.

Regresé y su nombre seguía escrito en el buzón de la verja al lado del mío. La vi pasar un día junto a mí: ella desvió la mirada. Esta tarde busqué las mejores rosas del jardín, abrí la verja temeroso y toqué en su puerta… Me abrió con gesto serio. Los segundos pasaron lentos… Al fin sonrió levemente y me hizo pasar…

--Preciosas rosas, y lo bien que huelen… ¿qué andarás buscando hoy?

--Son el regalo perfecto, para su hermosa dama, de un marido enamorado…

--No, si lo que es labia no te falta… Anda, pasa para adentro… voy a poner las rosas en agua… Ahí en la cocina he preparado té. Lo tomamos y recogemos a la pequeña.