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domingo, 27 de junio de 2010

Ensoñaciones Urbanas



Por Pepe Guerrero


Serajaugsol, aunque pequeña se consideraba una gran urbe situada en un enclave escarpado y montañoso. De origen morisco, fue un emporio de primer orden en su época de esplendor al menos a ojos de los residentes pese a no sobrepasar las tres mil almas. Albergaba en su jurisdicción un sinfín de excelentes cultivos y comodidades que seducían al más exigente hasta el punto de fomentar la envidia de los pueblos limítrofes. Gozaba de gran bonanza, de abundante agua, fresca y cristalina, que manaba de la misma mina del barranco que lo abraza por el costado derecho, encontrándose a menos de trescientos metros y con la cual saciaban la sed del cuerpo y las ansiedades del espíritu.
Conservaban la mayoría de las tradiciones y se reconfortaban sobremanera mitigando las desdichas con mucho amor. De la mina manaban a su vez comprensión y consuelo para las muchachas que acudían con los cántaros sedientos a llenarlos del generoso elemento.
Allí la gente se descalzaba alegre por la calle, se soltaba el pelo plácidamente sacudiéndose el polvo de los zapatos o las miserias que le brotaban interiormente, los secretos, las rencillas entre iguales, o las aventaban a la intemperie en las aireadas eras que se erigían a lo largo y ancho del desnivelado campo.
Las costumbres persistieron durante varias generaciones. Así los quintos celebraban el peculiar ceremonial el día del alistamiento degollando un cordero o una altiva cabra siendo cocinado por las ásperas y arrugadas manos de hombres curtidos en mil batallas -Marruecos, Cuba, Filipinas, Países Bajos o la misma piel de toro-, pero se fueron viniendo a menos y acuciados por la necesidad extrema ello cristalizó en fugas masivas a la Europa Verde, a tierras norteñas o a la otra orilla del charco en la década de los cincuenta y sesenta. Buscaban un nuevo amanecer, unos suculentos ingresos que les permitiesen cabalgar indemnes por el lodazal reinante y abastecerse de materia prima extraída de aquellos territorios hasta entonces desconocidos por ellos.
Posteriormente retornaron con los rostros sonrientes a la tierra madre, la que les vio nacer. Poco a poco fueron adquiriendo un cachito de huerta por acá, un terrenillo de vega o secano por allá, y los enseres de las casas los fueron adecentando y renovando cada uno a su medida, generando chispeantes alicientes que aliviaban la desazón de las cuestas –también la de enero, cuyo frío los achicharraba- que por doquier proliferaban.

Las costumbres se mudaron con el paso del tiempo. Los gustos tenían otro color, aunque el sol asomara siempre por el mismo lugar. La historia tiende a repetirse. El ser humano sigue tropezando dos veces en la misma piedra. Y entre dimes y diretes la desconexión creció echando raíces donde menos se esperaba y se expandió por inverosímiles vericuetos.
Y saltaron a la palestra la ambigüedad y la doblez. Se robusteció la endeblez de la cabeza humana. Así ocurría que unos vecinos pasaban por la calle de tapadillo pensando en las labores que debían ejecutar ajenos a los demás, otros cruzaban la calle principal disfrazados, con la cabeza apuntando al cielo en actitud chulesca y desafiante, a lo mejor rumiando grandes hazañas. Algunos ya ni se saludaban entre sí o como mucho esbozaban un gesto seco, hueco, mirando para otro lado como si fuesen a hurtarle la cartera o los rayos de sol que les iluminaba, el sol radiante que encendía la mañana.
Un cojo pasaba irradiando desasosiego con aire malhumorado, molesto por toparse con el panadero, que acaso venía masticando chicle o pesadillas o fantasías rotas en el espejo de los días, porque en reiterados sueños se le había aparecido como enemigo irreconciliable. Una mujer con larga cabellera, un oscuro lunar en la mejilla y la nariz torcida por una desafortunada caída daba la mano a los haraganes que vagaban silenciosos por las esquinas; unos cuantos mozalbetes daban los buenos días a unos soberbios carniceros que se subían a lo alto de los árboles amenazantes; el maestro mendigaba paciente a la puerta de unos mendaces iletrados. Eran distintos episodios o facetas de sueños o pesadillas que se concretaban en la rutina diaria.
En ciertas ocasiones el caldo de cultivo consistía en sentirse atrapados por un traidor, o simplemente haberles mojado la oreja en una horrible correría nocturna de juventud al punto de haberles atravesado la afrenta el corazón.
Rememoraba algún desconocido en primavera que había sido maldecido por los ojos de un bizco que se agitaba evanescente perdonándole la vida.
Una joven cruzaba por la calle con minifalda y tacones de aguja, con aires sensuales y de súbito un transeúnte imaginó a Marilyn Monroe al alzarle la falda una nerviosa brisa vespertina mas una tormenta inoportuna comenzó a disparar de repente su artillería de truenos y relámpagos acabando con los amores del sueño.
De cuando en vez esos chisporroteos –soñados, imaginados?- decretaban el comportamiento y despertaban la curiosidad del viandante en tales instantes tan extraños dejándose arrastrar a un mar de ilusiones compartidas o de odios irreconciliables o de tiernos atardeceres en la alborada de la existencia.
Si hombres y mujeres empezaran a vivir sus efímeros sueños, cada fantasma se convertiría en una persona con quien comenzar una historia de amor, de persecuciones, de simulaciones, de malentendidos, de choques, de opresiones, y el carrusel de las fantasías se detendría.

domingo, 20 de junio de 2010

Vivir para Vivir




Por Juan Pérez de Siles



Mientras los demás hacían colas interminables para conseguir un poco de agua de las pocas tomas que quedaban en aquél desierto de escombros perfumado, de aquél olor fétido que se desprendía de los cadáveres mutilados y medio enterrados, él, mirando al horizonte y con la vista desenfocada tal vez para no sucumbir al horror que le rodeaba, seguía fiel a sus principios de no hacer mal a nadie ni aún para defenderse. Caminaba consciente del andar, concentrado en sí mismo. Apenas podía respirar, el fuego intenso y descontrolado que devoraba todo por doquier consumía el aire, pero él seguía, ahora ajustando la respiración al ritmo de sus pasos. Un griterío de fondo de gentes desesperadas interrumpía de cuando en cuando su ensimismamiento libre de culpa puesto que sabía sin la menor duda que nada podía hacer por los demás, ni siquiera por sí mismo.
Sin perder de vista el horizonte vislumbraba un atardecer espléndido al fondo de aquella siniestra calle de una ciudad ya desconocida. Sentía la sed y el hambre. La primera le atacaba sin piedad y empezó a observarla para no pelearse con ella, ni se le ocurriría ponerse a hacer cola y esperar.
Caminaba y caminaba sin tener misericordia con sus pies. Chocaba a veces con otros tan perdidos como él en aquél mare mágnum, ahora choca con una mujer que lleva en sus brazos lo que debió ser su hijo, cruzaron las miradas y él vio que ella no quería nada
Salvo expresar a alguien su infinita desgracia. El no respondía a semejante ataque y continuaba. Ni una lágrima escapaba de sus ojos, el agua era indispensable. Casi iba por el aire mirando al horizonte con la vista desenfocada y atento a todo lo que surgía en su mente para no perder ni un instante discutiendo consigo mismo .Pero la sed, la sed con su monólogo chillón e ininterrumpido casi le hacía ceder a la esperanza del agua segura. El seguía con su mirada puesta en el horizonte y se dio cuenta de que no veía nada en particular y sin embargo lo veía todo incluyendo los fugaces pensamientos que trataban de responder a semejante caos.
Viento, viento tráeme aguacero, viento, viento tráeme canción, triste está la tierra que cultivo yo, como quema el fuego de mi corazón. Le vino a la memoria esta canción de Atahualpa, un día la cantó cuando pensaba que eso era importante, y acompasó sus pasos a ella. Ya volaba, el horizonte seguía allí pero ya no estaba lejos ni cerca, esta allí, donde quiera que pusiera su mirada desenfocada, estaba el horizonte como fondo de todas las tragedias que presenciaban sus ojos.
En esa extraña ausencia en la que se movía si cesar sintió que nunca había estado tan vivo y lúcido y mirando sus manos sabía que no le quedaba otra: Vivir para Vivir. Decidió seguir caminando. Al fin y al cabo nada tenía que perder y nadie en realidad había asegurado que existiera un fin de trayecto.



* Principio Abierto de Begoña Ramírez Joya para la tertulia Entrelineas

domingo, 6 de junio de 2010

El secreto de la vida



por Diego Pérez Sánchez

Entró en la caverna, decidido a descubrir de una vez por todas, el misterio de la creación. No radicaba, de eso sí que no le cabía la menor duda, en la repetición, por eso sabía que tenía que alejarse de su ego, siempre buscando reflejos y espejos en los que proyectar su engreído sí mismo, el mismo que, buscando seguridad, repetía los mantras en aquel monasterio donde le llevo su engañosa búsqueda. No, no era buscando en el pasado, ni en nada conocido, donde podría encontrar lo desconocido, lo verdaderamente creativo y nunca visto. Sólo en aquella caverna podría desvelar los misterios, deshacerse de las sombras que perseguían sus días.
Entró, sin pensarlo más, como atraído por un fuerte imán hacia el centro de la tierra. ¡Qué curioso que en los libros de astrología se hiciese tanto hincapié en el sol y la luna, en planetas y estrellas lejanos, y no se mencionase la tierra! Como por nuestro ego, estamos tan penetrados por ella que ni la vemos. Pero está ahí, y nos sujeta con su fuerza geocéntrica, impidiéndonos volar, como una madre temerosa y cauta.
El pasillo se hacía cada vez más angosto y la oscuridad enunciaba su triunfo, lenta pero confiada, inexorable, envolviendo su temblorosa decisión. No tenía miedo, ¿qué podía pasarle? En el peor de los casos, y si no encontraba nada, siempre podía volverse atrás, a la monotonía de sus días, la vacuidad de sus noches, el cómodo desamparo de lo conocido.
Siguió penetrando más y más los entresijos de aquella gruta, de la que había desaparecido ya todo rastro de luz diurna, pese a que el sol brillaba en su cenit.
El frío de aquella noche inviolada le calaba los huesos y su piel tensa, impulsándolo a moverse con mayor rapidez, siempre adelante. Empezó a olvidar el tiempo que llevaba dentro de aquella caverna, caminando con prisa, siempre hacía dentro, como buscando el fondo. El estrecho pasillo descendía efectivamente, con una inclinación vertiginosa, pero esto, más que detenerlo, lo invitaba a avanzar. El frío se fue trasformando en calor: sin apenas percibirlo se encontró ardiendo, abrasado por la luz.

domingo, 2 de mayo de 2010

El pulpo,los pulpos y yo




Mari Carmen Martinez



Venían amigos a comer le habían pedido que prepara pulpo a la gallega ,pero a ella cocinado así no le gustaba : siempre se le antojaba demasiado seco por más aceite que le pusiera ,además hacia tiempo que se le había acabado el pimentón de la Vera y hasta que no volviera su amigo Felix a Caceres no le volvería atraer...

No ,lo cocinaría en fritillo ,como en pisto ,era más jugosos. Además con una buena ensalada verde delante y una tarta de queso de postre tenia un menú más que equilibrado.

Tenia que darse prisa ,para llegar pronto al mercado.

Los mariscos y los pescado ,mejor a primera hora ,incluso si se podía verlos descargar ,así se aseguraba que no le vendía mercancía atrasada.

Adoraba los mercados. De hecho ,al igual que otras personas cuando visitaban una ciudad nueva no se perdían iglesias y museos , ella no dejaba de visitar los mercados d abastos. El ruido ,los olores ,el colorido de los puestos,los alimentos peculiares del lugar...esos puestos donde te reconocían extraña y te daban a probar...

Por ahora se quedaba con el de la Boqueria y con el de Valencia...Bilbao y Sansenxo tampoco estaba mal le traían recuerdos...recuerdos de la Ría,del Gugenheim ,recuerdo del mar...



Compraría tres pulpos pequeños mejor que uno grande .Siempre estaban más tiernos y costaba menos cocerlos .Odiaba el método del apaleamiento en la orilla para ablandar el pulpo y tambien el meterlo en agua caliente agua fría para romper las proteínas...



Tres pequeños ,allí estaban sobre el mármol des puesto,andando ,reptando,deslizando es ,huyendo.



“- Hola Fina ,saludo efusiva mente a la pescadera de confianza ( la carne y el pescado en puesto de toda a vida ,de confianza le había enseñado su madre...) Pon me esos 3 pulpillos.

-Acaban de traerlos te saldrán bien , no te olvides del laurel...

-No no me olvidaré...



Se paso por el café del mercado .Hacia tiempo que su estomago no toleraba los churros ,de allí de allí ni de ningún lado,pero seguí gustando el café . Tenia algo especial y Pepe siempre con sus bromas ,su barriga oronda debajo de blanco delantal le contaba algún chiste nuevo y la hacia sentirse bien ,le gustaba sobre todo a primera hora cuando aun no había demasiada gente.





Compró la verdura al final para no ir demasiado cargada.



Al llegar a casa ,metió los pulpitos en el fregadero. Dispuso la verdura en la mesa auxiliar y fue a cambiarse : En la cocina nunca con ropa de calle. Cuando volvió de la habitación,los pulpos se habían salido de la pila y deambulaban por el granito de la encimera :

“-¡Pero bueno abrase visto!”

Cuando estaba a punto de coger uno para devolverlo al seno y ponerse a limpiarlo, mientras el agua hervía ,escuchó como una vocectita que decía:



-¡Dejanos ,dejanos,dejanos!...¿ Había oído algo o estaba alucinando?

Pero si aun no había bebido nada ,acostumbraba a tomar una copa de vino mientras cocinaba . ..pero no aun no había tomado nada de nada .

_¡Dejanos,dejanos ,dejanos...!

Ahora eran tres vocecitas al unisono las que gritaban ..

¿ Que pasaba?

¡Dejanos y te enseñamos un secreto!

Devuélvenos al mar ,devuélvenos,devuélvenos, devuélvenos...





Ya no oye las voces fuera de si ,las escucha en su cabeza en una suerte de conversación telepática...

-Dejanos ,dejanos ,dejanos y te enseñamos un secreto...

-Está bien ,está bien ,está bien os dejaré...

¿A ver cual es ese secreto?

Si nos liberas ,te enseñaremos a abrazar a la gente ,para que nunca se vaya de ti...

¿ Ah si?

Si y te enseñaremos a acariciar a los hombres como si tuvieras ocho patas y ventosas. Estábamos aprendiendo o en nuestra escuela del mara ,cuando nos sacaron ...

Vaya ,vaya con los pequeñajos...pensó



-Dejanos ,dejanos,dejanos

¿ Pero me tendré que convertir en sirenita con aletas y branquias?

-No ,no ,no para nada,para nada...



-Vale os soltaré a ver¿ qué tengo que hacer?



Danos tus manos ,nos vamos a enrollar en tus muñecas para cortar la circulación un poco

¿ Un poco ,un poco ? Que sea un poco ¡Eh! Sin trucos...



Que si ,que si ,que si ,que será solo un poco mientras 2 de nosotros nos enrollamos en tus muñecas ,un tercero te pinchara con su uña y te inyectará un poco de tinta....

-¡De tinta !

¿ Pero dolerá ? ¿y si soy alérgica ?

-Dolerá un poco pero valdrá la pena ya veras...y alérgica ,¿no has comido nunca calamares en su tinta o arroz negro?

_Si claro que si ,me salen buenos los primeros y arroz negro ,arroz negro el insuperable arroz negro del restaurante 7 puertas de Barcelona ,claro que si .

-Pues entonces no temas nada ,dejate hacer ,ya veras que bien .

Después nos pones en agua con sal y nos llevas al mar ...y una cosa más : Si puede ser no comas de aquí en adelante ningún animal o al menos no comas pulpos .Forma parte del trato ,debemos proteger la especie...la especie y el mar ..que el hombre ,al igual que salío de él ,un día se salvará volviendo...



-Pues si que sabéis ,para ser pulpos tan pequeños ,si... Adelante pinchadme ...

Tendió sus dos brazos ,la inocularon ,no dolío.



Los metió en un cubito con agua sal y se los llevo al mar..los devolvió...



Tendría que hacer patatas fritas y huevo y esperaba no incumplir el acuerdo por lo de los huevos...



Con el tiempo comprobó que no . Cuando abrazaba a alguien un extraño olor a salitre la invadía y tenia que ser moderada en sus abrazos sino a la persona abrazazada le salían pequeños morados con forma de ventosita...



En cuanto a ser octopussy en la cama esperaba no tardar en comprobarlo.

Preguntas sin respuesta


Alicia Gaona

Particularmente creo que no hay preguntas sin respuestas. Todo tiene una respuesta la conozcamos o no. Podríamos plantearnos los problemas mas existenciales y complicados y si diésemos con la disciplina adecuada seguramente tienen o tendrán una respuesta.
Quizá la mayor duda de preguntas sin respuesta, sean las acciones y reaccionas humanas, quizá cada relación en cualquier instancia y en cualquier grado de intimidad se plantean mil preguntas sin respuestas, pero las tendrían si esas relaciones las encaráramos desde la más amplia honestidad. 
A que me refiero: cuantas veces hay padres que se preguntan sobre como actúan sus hijos, sin pensar que probablemente en algún momento de su pasado les hemos inculcado aun cuando sea implícitamente la misma conducta que hoy airean, o como cuando se muere alguien y uno se pregunta por qué el o por qué ella y  la respuesta aunque desagradable es: ¿ y por qué no? 
En los afectos tratamos de ver a las personas que apreciamos - queremos, como nos gustaría que sean, es eso practico? pienso que no, por un tiempo mas corto o mas largo según el tipo de relación que sea, se puede vivir mas o menos confortablemente, pero llegara un momento en que nos planteamos una triste pregunta...que paso? nada no paso nada, no hubo un cisma en nuestros corazones, ni en el de las otras personas, solamente pasa que de alguna manera descubrimos que esa persona no es, como quisiéramos o como la vimos y no es que ellas pierdan la careta, ya que lo mas común es que nunca la tengan, somos nosotros los que nos calzamos las gafas de la realidad y lo que vemos no nos gusta. 
Sin embargo a pesar de mi signo zodiacal tan asentado a la tierra y tan poco propenso a volar, no puedo dejar de reconocer lo hermoso que es volar, dejar que la imaginación sortee obstáculos, dance entre vericuetos increíbles y nos de día a día placeres desconocidos, eso puede ocupar un espacio de tiempo en el que al modo de la mejor meditación nos abstraemos de todo y solo soñamos, pero hay que ser un poco prácticos  y no caer en grandes desasosiegos, hay que saber que es más conveniente de vez en cuando, poner los pies en la tierra, tantear la realidad y ser conscientes de que no era mas que un sueño. 
Soñar es bueno mientras conservemos apretada en un puño mientras volamos, la mas pura realidad. De esta manera todas las preguntas tienen respuesta y la mayoría de las veces esa respuesta no nos puede dañar, ya que mas allá de los sueños las conocemos desde siempre. 

jueves, 22 de abril de 2010

En un lugar del futuro



En un punto o lugar del cercano futuro, de cuyo nombre por razones obvias no puedo acordarme, apareció, víctima de un accidente espacio temporal, provocado por las todavía primitivas máquinas del tiempo, uno de los tantos personajes que creíamos de ficción, pero que resultó ser tan real como la estrella que nos alumbra, un personaje que, ya en la época que le tocó vivir, se encontraba un tanto marginado entre sus contemporáneos pues, negándose a padecer un presente que sentía lleno de injusticias, decidió abandonar la comodidad de su hogar para recorrer el mundo intentando subsanarlas.

Fue a caer este pobre hombre a principios del siglo XXI. Le acompañaban su escudero Sancho, su jamelgo Rocinante y el estoico Rustio, que a Sancho cargaba sobre su lomo.

Tras una semana deambulando por los campos, arribaron todos ellos a una gran ciudad y he aqui algunos diálogos y aventuras que vivieron:

“Sin duda, amigo Sancho, todo esto es artificio y traza de los malignos hechiceros que me persiguen. Mira a que sitio tan triste nos han traído, que el mismo infierno parece: mira el semblante de esos hombres, sin un gesto, sin una sonrisa que denote que tienen alma, por eso será que llevan al cuello una soga atada, como presagio de su condena.”

“No, mi señor, he observado que a la soga la llaman corbata y la tienen por símbolo de nobleza, pues quienes la portan son aquellos que no viven de su sudor, sino del ajeno.”

“Extraña costumbre que no hace sino confirmar mis sospechas. Observa esas altas torres que no es posible haya construido ser humano alguno, y esas luces que brillan sin que ningún fuego las alimente, y esos niños hechizados, que el que no ataca o vocifera a sus padres está bajo el poder de esos extraños artilugios que portan en sus manos, del que no separan la vista durante horas, mientras los golpean con los dedos como llamando a una puerta que no puede llevarles sino a la necedad o a la locura”.

“Todo esto es tan contra natura que no puede ser sino venganza de Fristón, ofendido y envidioso por los entuertos que deshice y las injusticias que reparé.”

“Mas lo peor es sin duda esas ruidosas bestias de metal que ensucian el aire con venenosos humos mientras galopan, todas entre ellas mismas entreveradas, y los pobres condenados que dentro padecen su cautiverio. En esto apreciarás la crueldad a que pueden llegar magos y hechiceros cuando se sienten ofendidos en su vil arrogancia.”

“Y mira aquellos follones y malandrines, que con estruendosos pitidos se plantan en medio de las bestias de metal y fingen dirigirlas, cuando no hacen sino enturbiar más el ánimo de los pobres condenados que van dentro. Oh, Sancho amigo, grandes maldades debieron cometer para merecer tan cruel castigo. Por mi fe que en el mismo averno estamos.”

“Mas también pudiera ser, reflexionó Don Quijote, puesto que cautivos somos todos del malvado Fristón, que sean buenas gentes condenadas sin más delito que la mala fortuna de haberse cruzado en el camino de tan vil encantador. Liberémoslos, Sancho, y rompiendo su maleficio podremos tal vez liberarnos nosotros, haciendo de paso el bien suficiente para que hoy sea un dia digno de un buen caballero andante y su fiel escudero, que eres tú Sancho, aunque a veces no parezcas apreciar la dignidad de tu oficio”.

“Mire vuesa merced que por la velocidad endiablada a la que van, varios corceles deben llevar dentro tan extrañas criaturas, y no será menester ponerse en su camino, no vaya vuesa merced a sufrir accidente semejante al de los molinos . . . “

“Calla, Sancho, que este es el día en que se ha de ver el bien que me tiene guardada mi suerte y se ha de demostrar el valor de mi brazo, que nunca fue el miedo compañero de ningún caballero andante”.

Y diciendo esto arremetió Don Quijote con tal fuerza contra un Nissan Primera que circulaba por la plaza, que a duras penas pudo el conductor evitarle. Pero menos suerte tuvo un Mercedes que venía a continuación, pues enristrando Don Quijote su lanza, tomó la estrella de la marca como punto de mira y fue como alma que lleva el diablo a encajar su lanza y su cabeza en el parabrisas del automóvil cuyo aterrorizado conductor, a punto de caer inconsciente, acertó a preguntar:

“¿Esto es de alguna película que están rodando?”

“¿Película, decís, incauto, ¿qué es eso? ¿sinónimo de encantamiento o hechicería? Dejad de hablar y corred para recobrar la libertad que injustamente os fue arrebatada, que yo os defenderé de los esbirros de Fristón.”

Desmontado del pobre Rocinante, que una vez más había pagado las consecuencias del ímpetu de su amo, saltaba Don Quijote de lado a lado del automóvil empuñando la espada y pinchando y cortando con ella a los airbags que se iban desplegando uno a uno, mientras gritaba:

“De nada te servirán tus malas artes, Fristón, que por muchos odres o vejigas de carnero que pongas en mi camino, he de liberar a este condenado y con ello romperé el maleficio que a esta extraña tierra me tiene atado”.

En esto estaba cuando fueron llegando ambulancias y coches policiales hasta rodear la rocambolesca escena que nuestro incomprendido Caballero de la Triste Figura había creado.

Media hora después ya se encontraba el pobre Sancho declarando en una comisaría, sin comprender la mitad de las preguntas que le hacían, e intentando explicar que nada malo pretendía su señor, sino liberar a los cautivos de las endiabladas criaturas.

Don Quijote, ya internado a las pocas horas en un centro psiquiátrico, no dejaba de vociferar:

“Vente a mi, Fristón, que un caballero solo soy, y de solo a solo quiero probar tus fuerzas y quitarte la vida en pena de la que das a todos estos pobres cautivos. ¿Crees poder engañarme vistiendo de blanco inmaculado, cual si ángeles celestiales fueran, a éstos, tus malditos esbirros?”

Nekovidal 2010 – nekovidal@arteslibres.net

miércoles, 7 de abril de 2010

Mundo mineral

Mundo mineral*

Ah Nils ¿Quieres que subamos al Torcal?
Ah, venga vale.
Aparcamos el coche en un punto del carril desde el que nos era fácil llegar al tajo.
Una tarde espléndida con olor a tomillo, romero y otros olores a los que yo no sabría ponerles nombre. “Todos los colores del verde” que cantara Raimon al País Vasco.
A nuestra espalda el imponente paso de Ventas de Zafarraya y delante, a tiro de piedra, El tajo del Torcal.
Nos aproximamos al borde cuando ya el Sol estaba cerca de su ocaso, Delante de Nosotros, hacia el poniente, nos sorprendía el impresionante paisaje que desde allí se dominaba. Quedamos de pié por un rato anonadados por el espectáculo de aquella infinitud: líneas de montañas al contra luz entre las que se colaban los rayos anaranjados del Sol iluminando las colinas protuberantes del valle ya en sombra.
Intentamos balbucear los típicos comentarios que se hacen ante una visión semejante. Pero entendimos que aquello no era para hablar y decir tonterías que pudieran enturbiar lo mas mínimo aquel inmenso instante. Quedamos en silencio.
Nos sentamos en sendas rocas, uno frente al otro y comenzamos a escudriñar el suelo que teníamos delante, bajo nuestros pies: palitos, piedrecillas, pequeñas plantas, una hormiga que cruzaba, y a comentar sobre lo que veíamos, sobre lo que dicen los científicos en cuanto a la vida, bla, bla, siu, siu.
De pronto nos miramos y rompimos en una carcajada de alegría contenida a dos pasos del llanto. Ambos los dos supimos en ése instante lo pequeños que éramos...

Tan pequeños que hasta nuestra sombra se había extinguido entre los arbustos, y la luz vencida del ocaso apenas bañaba nuestros contornos. Brillaba ahora encima de las rocas, realzándolas, dándoles vida, encendiendo nuestra imaginación debido a sus formas caprichosas. Se recortaba un perfil de hombre parecido al de Quevedo; árboles de piedra se erguían, fuelle de abrasados acordeones parecían otras peñas más elevadas que aún captaban el tono añil del firmamento.
Nos adentramos aclimatados a la nueva luz que ya parecía emanar de las mismas calizas, rocas de 150 millones de años. El sonido de las aves se apagaba, vencida la furia amorosa de minutos antes, y ahora los cárabos ululaban entre las sombras salpicando apenas el silencio. Un sendero sinuoso corría entre pinos arbustos y peñascos flanqueado en ciertos puntos con flechas de madera, que marcaban algún itinerario turístico. Era fácil adentrarse en aquel camino mágico. Andabas un solo paso y parecía que penetraras tres veces más en el seno de ese mundo mineral y vivo, donde las piedras también tenían vida y costaba diferenciar su latido del de las plantas y animales. La naturaleza era una y no hacía distinciones. Nosotros mismos sentíamos su verdad por dentro y por fuera.
Quebrantamos el sendero de las flechas y los pasos libres nos llevaron a una planicie plantada de rocas que crecían hacia el cielo. Sus formas caprichosas eran refugio y cauce del viento del sur y las lluvias de poniente. Bajamos por una vereda que descendía a los pies de un angosto desfiladero, donde oímos rodar las aguas de un riachuelo.
Abajo, la escasa luz de la noche estrellada, aún sin luna, apenas penetraba entre la maleza y la línea mineral de la quebrada.
¿Nos habíamos perdido? Era evidente que hacía rato que las flechas quedaron atrás, que ya nada marcaba el terreno y que, inevitablemente, habíamos perdido todas las migas de pan de nuestro retorno. Sí. La memoria de por donde habíamos pasado se confundía ahora entre la espesura de formas y vagábamos por el desfiladero sin saber siquiera por dónde habíamos entrado. La magia perdía su brillo. La preocupación erizaba nuestros vellos a la vez que lo hacía el descenso de la temperatura; comenzaba a notarse un airecillo helado que soplaba serpenteante por el arroyuelo cada vez más ruidoso.
¿Donde estamos? ¿Como hemos llegado hasta aquí?… pensábamos en voz alta buscando el atisbo de alguna salida, perdidas las referencias, los puntos cardinales, e incapaces de leer el mapa orientador del firmamento.
Volvamos hacia atrás. Por aquí no se ve ninguna salida. Nils llevaba razón. La oscuridad se cernía en el corazón del torcal y dos hombres caminaban perdidos en su laberinto.
Hay que guardar la calma. Caminando en una sola dirección lograremos salir. Era yo ahora el que aconsejaba con el frío entre los dientes, buscando en el cielo algún punto de referencia. Una estrella gorda y colorada destacaba entre las demás a escasa altura del horizonte de piedras.
Aquella. Dijo Nils. Venga, contesté, esa señora nos sacará de aquí. Nos guiamos pues de su fulgor, como magos de oriente dentro de un descomunal decorado calcáreo de occidente. Trepamos por una grieta subiendo hasta el umbral del desfiladero. La estrella nos seguía, nos llamaba; tintineaba su luz cálida en medio de campo abierto y tortuoso. Resbalamos, tropezamos, caímos, nos levantamos, ascendimos, descendimos, escalamos, saltamos y avanzamos hasta que nuestra amiga alumbró la pintura blanca de una de las flechas del camino acotado.
Volvíamos a reír con más fuerza incluso que antes; ahora sí que éramos pequeños, pero nos sentíamos felices de serlo, afortunados por latir en medio de la naturaleza como un elemento más del entorno. La confianza recelada nos había extraviado más aún; la tranquilidad nos puso un faro en el cielo que evitó nuestro naufragio. Somos pequeños y somos grandes; lo de arriba es abajo; el mundo mineral también tiene su consciencia; dos hombres perdidos nunca lo están si confían en sus pasos.

*Relato de final abierto, empezado por Juan Pérez de Siles y terminado por Franjamares, tertulia Entrelíneas, Nerja (Málaga), abril 2010.